Sólo Dios es de fiar

“Dios no es de fiar”. Lo dijo D. José Saramago.La confianza es experiencia fundamental de la vida humana. Nacimos necesitados de todo, y, como necesitados, aprendimos a confiar, lo que nos permitió aprender a vivir. El regazo de la madre, los brazos del padre, el seno familiar fue para nosotros una representación del mundo que nos recibía y en el que, poco a poco, empezamos a movernos confiadamente.

A esa confianza en la vida que aprendimos de nuestros padres, los cristianos unimos la confianza en Dios, una disposición del corazón que, a lo largo de la vida, vamos aprendiendo de Jesús de Nazaret.

A Dios, Jesús le llamaba Abbá, que es palabra llena de confianza. Jesús sabía que Dios, con amor de Padre, se ocupa de sus hijos, como se ocupa de las aves del cielo para alimentarlas, y de los lirios del campo para vestirlos.

Claro que de Jesús cualquiera podría pensar que, si no era un embaucador, era en todo caso un iluso. De ahí la necesidad para nosotros de entrar a su escuela en las horas oscuras de su noche, cuando despojado de vestidos y destrozada la piel, a Jesús, como plato único de la vida, le han quedado injurias, insultos y vino mezclado con hiel. Son las horas en las que todos, letrados y senadores, curiosos, pretorianos y bandidos interrogamos a Jesús sobre la confianza: “Se ha fiado de Dios: que lo libre si es que lo ama. Pues ha dicho que es hijo de Dios”. En realidad, no preguntábamos: dábamos por cierto que, con Jesús, moriría también su confianza en Dios.

Pero en aquella hora, a media tarde, cuando el futuro del crucificado era sólo la muerte, “Jesús gritó con voz potente: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Y en aquel grito, en aquel salmo, el corazón halló confesada y concentrada la esperanza del mundo. Jesús, abandonado de su Dios, entregado a una noche de la que él mismo ignora el porqué, continúa diciendo: “Dios mío, mi Dios”.

Lo dijo Jesús: “Dios merece confianza”.


+ Fr. Santiago Agrelo
Arzobispo de Tánger
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