Del desprestigio a la dignificación

La imagen del político hipócrita, maquiavélico, corrupto e implacable con quien no piensa como él contrasta con la de no pocos que son personas de profundas convicciones y sentido ético, estadista, capaz de someterse a la crítica pública, sin que su primer argumento sea la descalificación y el insulto hacia quien pone en tela de juicio o exige pruebas de su honestidad o buen comportamiento.
La política no es sucia o mala por su vinculación con el ejercicio del poder. Este es uno de sus rasgos definitorios. Lo criticable son las motivaciones para acceder al poder, los medios empleados y las maneras de ejercerlo. Ante una campaña electoral ya en acción, el llamado a la reconciliación y a la paz, no es un ingenuo llamado a algo imposible. Vemos con preocupación rasgos de intransigencia y abuso de poder para encrispar los ánimos y convertir en un campo de batalla la contienda, para que la irracionalidad y los fanatismos nos lleven a situaciones límites inconvenientes para el desarrollo de la vida cotidiana.
Hay que revalorizar la política y fomentar una democracia, más participativa por parte de los ciudadanos, pero también más consciente de la necesidad de poderes públicos y privados, más autónomos, capaces de servir de balanza y equilibrio, en el afán, la tentación, de concebir la política como la eliminación del otro y el ejercicio absoluto de los privilegios del poder.
La política pertenece a la condición humana. Tenemos que organizar y vivir la vida en común. La política es un instrumento para construir un orden social justo.
En ella se juega la realización humana, la vida buena y justa en sociedad. La política es búsqueda del bien común y no tanto la imposición de una única manera de ver y actuar en sociedad. La participación política es un derecho y un deber, una responsabilidad de todas las personas. Es un subterfugio querer pasar como apolítico, simple y llanamente, para no asumir la tarea de ser constructor de la sociedad que se quiere y desea, para bien de todos.
Para quienes nos confesamos creyentes en el Dios de la vida, la fe cristiana tiene una ineludible dimensión política, pues coloca al ser humano, especialmente al pobre, como prioridad total, no tanto del discurso sino de las realizaciones. El amor al prójimo es también político y constitutivo de la caridad para que sea posible un país en el que quepamos todos, sin distingos, sin odios, sin retaliaciones.
Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo