El otoño de la vida

Hoy nadie quiere ser llamado viejo. Esa misma palabra resulta casi ofensiva, a pesar de que actualmente envejecemos mucho más que antes, gracias a los avances de la medicina. El salmo 90 de la Biblia dice: “Aunque uno viva setenta años y el más robusto hasta ochenta, la mayor parte son fatiga inútil porque pasan aprisa y vuelan”.
Hay muchas personas, no especialmente robustas, que pasan de los ochenta y cada vez es más frecuente hallar centenarios; pero incluso ellos estarían de acuerdo con el Salmo al decir que el tiempo vuela.
¿Qué podríamos decir a tantas personas que han entrado en el otoño de la vida? Hay un tesoro de consideraciones, que me sirven para el propósito de hoy, en un documento escrito por un anciano: Juan Pablo II.
El Papa Wojtyla escribió en 1999, seis años antes de su muerte, una Carta a los ancianos que contiene observaciones tan bellas como el papel importantísimo que jugaron algunas personas de edad en la Historia Sagrada, en la vida de Cristo y en nuestra salvación. Cita, del Antiguo Testamento, a Abraham y Sara, y también a Moisés, ya mayor en años cuando Dios le encargó su misión de hacer salir de Egipto al pueblo escogido. Asimismo recuerda a Tobías y a Eleazar, cuyo martirio y testimonio son propios de un hombre con canas.
Del Nuevo Testamento trae a colación a Isabel y Zacarías, ya ancianos, que fueron padres “porque para Dios nada es imposible”; y al anciano Simeón, quien exclama “ahora Señor ya puedes llevarme…” y a la profetisa Ana, de la que concreta la edad: 84 años. También Nicodemo era mayor, aunque capaz de “nacer de nuevo”.
¿Qué quiso decirnos el Papa con esos ejemplos? Que Dios tiene planes para las personas independientemente de su edad. No es como esos empresarios que publican anuncios de contratación indicando: “Abstenerse los mayores de cuarenta años”. Dios contrata nuestros servicios cuando quiere, nos llama a distinta hora, como a aquellos jornaleros del Evangelio, y de todos espera una respuesta.
Los ancianos de hoy tienen una misión muy importante en la Iglesia: transmitir el Evangelio, con su palabra y con su ejemplo. Ellos son quienes anuncian la buena nueva a las nuevas generaciones, a los hijos y también a los nietos, de quienes son algo más que “canguros”: son portadores de la enseñanza que ellos mismos recibieron acerca de la felicidad de una vida de acuerdo con las enseñanzas de Cristo.
Ellos mismos, a su vez, deben ser respetados y amados. Se les debe gratitud. No les podemos dejar solos, ni pensar que es al Estado a quien corresponde socorrerles o atenderles si lo necesitan. Son un tesoro para nosotros y su atención es un signo elocuente de que vivimos como verdaderos cristianos.
† Jaume Pujol Balcells
Arzobispo metropolitano de Tarragona y Primado