Piacenza, el cardenal que rompe estereotipos

Está visto que los clichés no funcionan con nadie y menos con los príncipes de la Iglesia. Mis esquemas preconcebidos se vinieron abajo de inmediato, cuando llegó un cardenal alto, elegante, maduro pero joven, de ojos azules, cercano, sencillo, amable y de modales exquisitos.
De entrada, ya me ganó por su forma de saludar franca y natural. Da la mano con fuerza (sin hacer daño). Tras darme la derecha, apoyó la izquierda sobre nuestras manos. En un entrañable signo de confianza y familiaridad. Un saludo como a un amigo de toda la vida, que inmediatamente te gana.
Y, encima, sonríe sin parar. Y gasta bromas sobre los periodistas, que tienen fama de ser malos. "Una fama parecida a la que tenemos los cardeales", dice, con sorna, y se ríe.
Habla y engancha con su suave acento (creo que de Génova). Habla con autoridad, pero sin darse importancia. Habla del acontecimiento de la beatificación que acabamos de vivir o de la impropia distinción entre conservadores y progresistas o de los clichés que se le asignan. Eso si, habla con convicción y hasta con pasión. Se nota que le sale de dentro lo que dice.
-¿Duro yo? Sono duro e morbido (duro y suave), como corresponde a cualquier obispo, explica entre risas.
Y, por supuesto, accede encantado a hacerse una foto conmigo, mientras bromea: "Ésta puede ser una foto histórica".
Me siento a gusto y él parece que también. Y así pasan más de 20 minutos. Se despide con la misma amabilidad, una vez que su segundo, monseñor Morga, le dice que quiero asistir a la audiencia del Papa y, como no tengo entrada, va a mandar a uno de sus empleados para acompañarme.
Es como ir con Moisés delante. En la Plaza de San Pedro a rebosar, fuimos pasando controles, hasta llegar a los guardias suizos y, tras superarlos, pude situarme al lado del altar del Papa, a unos 5 metros de distancia. Gracias a monseñor Morga y al cardenal Piacenza. El cardenal duro, dicen las crónicas. Ya me gustaría que nuestros eclesiásticos "duros" fueron como el prefecto del Clero. Pero, en Roma, todo es distinto, los eclesiásticos van de servidores y de gente normal y el poder está mucho más repartido.
Grazie tante, Eminenza duro-morbido.
José Manuel Vidal