El obispo que tenía dos hijos

Pero así fue. Y a sus 60 años, tuvo que irse a su casa. Y es que, al final, la vida con su engranaje implacable siempre termina imponiéndose. La vida y el amor vencen de nuevo a la ley. Aunque muchos entre las filas clericales más conservadoras lo vean como una derrota.
Casos como el suyo demuestra fehacientemente la necesidad de aprobar ya el celibato opcional.
Casos como el suyo demuestran el desaprovechamiento de recursos humanos por parte de una institución que, a veces, pone sus leyes (puramente humanas y coyunturales) por encima del anuncio del Reino de Dios. Si Don Gabino fue un buen cura y un excelente obispo durante casi 40 años, ¿por qué tiene que dejar de serlo ahora?
Casos como el suyo demuestran que, en la institución eclesial, se permite casi todo con tal de que no se sepa, de que permanezca en lo oculto. Es la eterna cantinela de la hipocresía, que conduce a muchos clérigos a una doble vida. Una doble vida en la que los más perjudicados son siempre sus hijos (no reconocidos) y sus mujeres (siempre ocultadas).
Don Gabino seguirá siendo obispo in aeternum. Sólo que no podrá ejercer su ministerio. Otra sutileza eclesiástica: ser sin poder ejercer. Como si se pudiese prohibir a alguien ser padre espiritual o bendecir en nombre de Dios...
Pero Roma decide y los fieles, que seguro apostarían para que Don Gabino siguiese ejerciendo, callan. O no se les pregunta. Pero llegará un día en que también en la Iglesia surgirán espontáneamente los Indignados. Para reivindicar el derecho del pueblo de Dios a ser oído en su propia casa. Para exigir que la eucaristía prime sobre la forma del ministerio célibe o casado. ¡Y no tardará!
José Manuel Vidal