SER TODO PARA DIOS

VIVIR EN RECOGIMIENTO
Lo hemos oído muchas veces: quien mucho habla con los hombres, poco hablará con Dios. Hasta hace pocos años nunca había entendido del todo esta frase; me parecía un poco huraña. Pero Dios busca el recogimiento. El Espíritu santifica las almas por amor. Toda persona que se convierte de verdad a Dios se va dando cuenta de todo esto.


Por otra parte es necesario este contacto con Dios dentro del silencio para cargarnos de esa electricidad divina. La lámpara solo alumbra cuando está en contacto con el fluido eléctrico, sin movimientos bruscos, en paz. Si dedicáramos la mitad de tiempo que invertimos en conversaciones inútiles a estar recogidos junto a Dios, cómo cambiaríamos nosotros y cómo iría cambiando nuestro entorno... Lo sencillo es huir de sí, salir hacia afuera en una actividad febril. Para ser la Marta del Evangelio, conviene antes aprender a ser la María, enamorada de Jesús. Me gusta de vez en cuando pensar en los tiempos primeros de mayor fervor.

Fue maravilloso y seguirá influyendo en mi vida: quedar como prendido en las mallas de la mirada de Cristo, en sus palabras. Vibrando de entusiasmo cómo trabajaba por El, sin mezcla de respeto humano. Quisiera que el recogimiento interior me fuera llevando cada vez más a aquella "via antiqua" que creo tantas veces hemos recordado.

No podemos merecer por nuestras fuerzas estar en contacto continuo con Dios; nadie lo puede. Hace falta que El nos llame. Pero podemos disponernos, desearlo (aun cuando también pare ello sea necesario la gracia de Dios). Para ello el camino único es el desprenderse de apegos, el ser mortificado. Yo nunca me canso de meditar esto de continuo. Y me parece que algo he adelantado.
Ese contacto continuo con Dios ha de ser nuestro refugio de seguridad, nuestra casa que nos preserve de la intemperie. ¡Qué bien descansar junto al Señor, para luego salir al exterior y poder darnos al cumplimiento del deber y a nuestros semejantes! El nos ha dado estos deseos... pues a devolverle las obras de amor al prójimo.

Me encantan los hombres de vida interior que llevan siempre dentro de sí como una santa manía de animar a todos a la oración, al servicio de Dios. Pero cuando se ve que les sale del corazón, cuando no es una rutina, cuando se trata de la sobreabundancia de su alma en los ratos de oración. ¡Quién pudiera! La gente no se ríe de ellos. Los respeta y les parece normal. No cansan sus repeticiones por la unción que rezuman siempre. ¡Quién pudiera recuperar los años perdidos! ¡Quién pudiera vivir sólo para servir a Dios!

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