FRUSTRACIONES

Algunas veces pienso en las frustraciones de mi vida y siento una tentación de rebeldía, despecho o indignación. Advierto entonces que es muy difícil asimilar los fracasos. Luego, reflexiono así: "No me puedo dejar llevar de estos impulsos negativos; degeneran invariablemente en odio camuflado y desprecio a personas o instituciones". Creo que a otros muchos les sucederá lo mismo que a mí. Por eso invito a quienes alguna vez han sentido esta disimulada tentación tomen un descanso y, ahora con gran paz, piensen un poco.


Lo primero que viene a nuestra mente en estas circunstancias para librarnos del demonio de la tristeza y enojo es la clásica sentencia. "Dios escribe derecho con líneas torcidas". Este pensamiento real y positivo, propio de un creyente, causa ya paz a nuestras almas. Máxime si analizamos la propia vida, y constatamos con objetividad una gran temporada de nuestra existencia. Lo positivo siempre supera a lo negativo. Y conviene, sobre todo en los momentos de baja anímica, cuando peor nos salen las cosas, ser ecuánimes al analizar los resultados obtenidos en el pasado.

Cuando nos encontramos en el ojo del huracán, máxime si los propios fracasos son causados por la malicia envidiosa de ciertos compañeros, produce excelentes resultados constatar cómo han reaccionado personas santas en circunstancias similares a las nuestras. Así escribía el Beato Rafael Arnáiz: "Por el camino que el Señor me lleva, he tropezado muchas veces y he pasado amarguras muy hondas; he tenido que hacer continuas renuncias, he sufrido decepciones, y hasta ilusiones que yo creía más santas, el Señor me las ha truncado. Él sea bendito".

Con esta postura tan positiva, asumiendo el propio fracaso en cuestiones de salud y reacciones de terceras personas, Arnáiz aprendió una lección hermosa, guiado por la gracia de Dios: amar a los hombres tal y como son, y no tal y como quisiéramos que fueran. Y su alma experimentó una transformación que él llamaba serenidad, como una gran paz para sufrir y para gozar; sin agitaciones nerviosas que a nada conducen; sin emociones sensibles precursoras de tristeza. Aprendió a sentirse amado de Dios a pesar de su pequeñez. Normalmente se encontraba envuelto en una alegría serena, abandonado en el océano de amor de Dios Padre. Y sentía como una voz interna de Dios que le decía: "A ti te doy luz para ver, te entrego un corazón para amarme; no llores en el camino que yo te he trazado".

Merece de verdad la pena no regodearnos en las mazmorras de nuestras frustraciones. Más vale reaccionar a tiempo; porque en nuestras vidas puede brillar entonces una gran luz.


José María Lorenzo Amelibia
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