1.-. Es la fiesta de nuestros padres, abuelos, familiares, conocidos y amigos que ya han llegado a al Cielo para siempre.
2.- Pensamos poco en el Cielo. San Pablo nos dice que es algo maravilloso, pero inexplicable. Dice así hablando del Cielo: "Ni el ojo vio, ni el oído oyó", no podemos explicar la maravilla de la unión con Dios; tal vez por eso cuesta mucho pensar en el Cielo. Aunque nuestro amor a Dios ha de ser puro, por ser quien es, conviene de vez en cuando pensar en el Cielo. Al fin y al cabo ha de ser nuestra morada permanente. Así lo esperamos.
3.- Yo lo imagino como un océano de gozo. Y el alma en él, perdida como la esponja en el mar. Empapada por todas las partes de la dicha de Dios. Jamás podremos agotar este océano de felicidad, porque es infinito, por ser Dios mismo quien nos da tal placer y alegría. Seremos allí el mismo gozo; por dentro y por fuera de nuestra alma. ¿Qué nos importará entonces haber sufrido mucho o poco?
4.- ¡Propongo pensar más en el Cielo! Merece la pena de vez en cuando fijar nuestra mirada allí y aumentar la virtud de la esperanza. Allí estaremos rodeados de gozo de Dios. Hemos de alegrarnos dándonos cuenta de la promesa de Dios a sus elegidos. Pensar que Él nos va guiando poco a poco hacia esta Patria definitiva. Cristo nos lo ha prometido. Vamos a gozarnos ya desde ahora con esta gran ilusión.
José María Lorenzo Amelibia
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