Puestos

Me gustaría ver a fondo en la vida de los santos cómo reaccionan cuando les quitan un puesto al cual estaban muy acostumbrados; en él practicaban obras buenas; había sido algo así como la razón de ser de su vida. Un lugar de verdadera vocación.


Más aún me gustaría ver cómo reacciona interiormente un padre de familia santo, cuando pierde su puesto de trabajo y no dispone ya de medios para el sustento propio y el de sus hijos.

Es que veo el fondo de mi corazón como abrumado solamente al pensar en esta posibilidad.
Se revuelve mi ser entero cuando un aprovechadillo me pide
colaboración, le ayudo todo lo que puedo y luego me ignora por completo. Me ha usado de trampolín para su lucimiento personal.

Estas penas son hondas y dan ganas de mandarlos a paseo. ¡Cuánto cuesta después incluso tratarlo! Y he de amarle porque Dios nos pide querer incluso a estos enemigos aprovechados.

Hoy más que enemigos declarados abundan los oportunistas sin conciencia. Quiero reaccionar ante estos casos como lo hacían los hombres que han vivido centrados en Dios.
Sé que siempre te has dado cuenta de la importancia de la vida espiritual: dejarlo todo para encontrar al Todo. Así debiéramos ser de desprendidos con relación al puesto que ocupamos en religión o en la sociedad. A eso se reduce en gran parte, creo yo, el esfuerzo ascético de la perfección. Es preciso andar cuesta arriba. Cuando sopla fuerte el "viento a favor" del amor de Dios, todo parece liso y suave. ¡Maravilloso! Pero en momentos de sequedad, en aquellas noches oscuras del alma...
Este "dejarlo todo" no sólo es propio del estado de virginidad, también del matrimonio. "Dejarlo todo" afectivamente no significa el despreciar a nuestra familia y amigos, sino el no agarrarnos a ellos como al bien supremo, y estar dispuestos a la separación cuando el Señor quiera.

Dejarlo todo el virgen. Que no busque la compensación en el dinero, en la buena mesa, en los puestos destacados.
Dejarlo todo para encontrar al Todo. Vacío el corazón.
Pero darnos cuenta de la sublime realidad, -¡la tuya y la mía, la eterna!:- Jesús permanece en nuestras almas. Y nosotros estaremos siempre con El como lo están los bienaventurados, aunque ahora no lo experimentemos con aquella sublime visión de que nos ha de acompañar por toda la eternidad.

José María Lorenzo Amelibia

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