Soledad: deseada o forzosa


Me decía un amigo: Me gusta la soledad. Pero no en un total aislamiento. Meterte en una casa de campo, a media hora de la ciudad, resulta saludable. Pero internase en el desierto tiene que dar sensación de angustia.

¡La soledad! ¡Tan deseada y tan temida al mismo tiempo! Quienes forzosamente han de convivir en una casa pequeña, sin posibilidad de hallar un reducto para encontrarse a solas consigo mismo, sufren y no conseguirán realizarse como personas.

Los seres humanos necesitamos reflexionar, planificar, concentrarnos en algo, escribir, ponernos en contacto con Dios. Para todo ello optamos por lugares silenciosos, apartados de ruido y del barullo.

Pero, ¡cuánta diferencia existe entre el derecho y la obligación de vivir en soledad! La misma distancia que entre lo bueno y lo malo, el dolor y el placer. Para millones de personas la soledad forzosa constituye un drama. Mayor aún, si por añadidura están rodeados de gente. ¿Quién puede sentirse a gusto en ciudad extranjera, cuyo idioma desconoce?
Hoy fijamos nuestra atención en un mundo especial: en hermanos nuestros que han de permanecer siempre postrados; convivir con el dolor; depender de otras personas para realizar cualquier acto cotidiano. Podían desfilar junto a nuestra imaginación el anciano, el minusválido, el enfermo crónico, la viuda que no acaba de adaptarse a su nueva situación.

Por fortuna muchas parroquias y personas de buena voluntad están dispuestas a prestar su comprensión, ayuda y cariño a quienes sufren problemas de índole físico o psicológico. Tan sólo es preciso abrirse, manifestar a alguien la propia situación. Lo peor resulta cerrase en sí mismo.

Me confesaba un amigo con sinceridad: "Desde que ha muerto mi mujer, hace ya casi dos años, no consigo levantar cabeza."

Para lograr vivir una existencia con mediana satisfacción, es preciso asumir ante todo el propio problema íntimo; llámese minusvalía física, enfermedad o abandono del marido. Después dejar la iniciativa a nuestra imaginación controlada. Es una condición previa para vencer la soledad forzosa. Se nos ocurrirán muchas soluciones, siempre y cuando organicemos nuestro ánimo de forma positiva. Y la amarga soledad se habrá convertido en grata compañía con uno mismo y con nuestro Dios Trascendente.

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