CUANDO VEMOS EL PELIGRO

Llevamos en nuestro organismo la fragilidad, la debilidad, y a la vez, una asombrosa capacidad de reacción y superación. Nadie se libra de la enfermedad, de tensiones y dificultades, de peligros. A mí se me grabó de forma indeleble esta experiencia:


Era de regreso de vacaciones. Estábamos detenidos en una caravana de coches en un atasco de circulación. De pronto veo por el retrovisor un camión que se me echaba encima a una velocidad imparable. Me agarré al volante. Cerré los ojos durante dos o tres segundos de angustia eterna, me di cuenta de una muerte segura, y no sé si me dio tiempo para hacer una jaculatoria de amor a Dios. Oí un frenazo y pude ver a mi izquierda el morro del camión que, gracias a un viraje final, quedó a un centímetro de mi coche. Bajó el conductor de la cabina y pidió disculpas por su distracción, pero contento de haber podido evitar lo peor. En aquella ocasión vi la muerte junto a mí. Muchos habrán pasado por trances parecidos, y lo podemos contar. Pero, si se repite la experiencia, tal vez nadie podrá oír nuestro testimonio.

Muchas personas llevan años postradas, y necesitan constantes cuidados. Podemos decir que se han familiarizado con la enfermedad; casi ni piensan en el peligro.

Cuando nos viene a la mente la idea de abandonar este mundo, nos cuesta decir en primera persona: "Yo también moriré". Se nos antoja un futuro muy lejano. Eso es para otros: "Yo conduzco muy bien y no es fácil que me peguen por detrás; ya me desviaré al arcén". "Llevo muchos años enfermo y puedo aguantar otros muchos". Cada cual siempre se encuentra útil y valioso. Pero es preciso vivir de cara al más allá; sin esconder la cabeza bajo el ala.

He conocido personas que viven su debilidad con alegría. Sufren contentos y confiados en Dios, porque es grande lo que esperan. ¡Menudo testimonio! Nadie se aburría ni cansaba cuando escuchaba a un enfermo incurable de cáncer: cantaba coplas llenas de esperanza pulsando las cuerdas de su guitarra. Las cámaras de televisión pocas veces pueden ofrecer ejemplos de esta talla de creyentes.

Todos cuantos sufrimos debiéramos vivir con alegría esperanzada. ¿Qué le importa al enamorado el bochorno del verano, si su amada le espera? ¿Qué más le da a quien le ha tocado la lotería, el sacrificio de ir a cobrarla en una mañana de hielo? No tenía que preocuparnos que sucediera el evento al final de una caravana en atasco; después de años de enfermedad; tañendo un instrumento músico. Cuando Tú quieras, Señor, porque Tú estás conmigo.


José María Lorenzo Amelibia
Si quieres escribirme hazlo a: jmla@jet.es
Puedes solicitar mi amistad en Facebook pidiendo mi nombre Josemari Lorenzo Amelibia
Ver página web: http://web.jet.es/mistica
Volver arriba