Me acuerdo que en mis años de estudiante nos avisaba Pío XII: "Se está perdiendo en el mundo la conciencia de pecado". Aquello parecía imposible. En nuestra nación se pecaba, como en todas las partes, pero el cristiano era consciente de su culpa y se arrepentía.
Hoy, sí, también entre nosotros se va perdiendo la conciencia de pecado. Esto es muy grave, porque el pecado es el enemigo número uno de nuestra salvación eterna; más aún, el único enemigo. Me refiero al pecado mortal: a la transgresión voluntaria y consciente de la ley de Dios en materia grave; a no respetar los preceptos del decálogo, que Dios nos mandó en su infinita sabiduría.
El pecado mortal es un desorden moral muy grave; es rechazar a Dios a sabiendas y escoger en su lugar una criatura en la que coloca uno su propia felicidad.
El pecado mortal convirtió a millones de ángeles en demonios. Arrojó a nuestros primeros padres del paraíso terrenal; exigió la muerte en la cruz de Jesucristo, Dios y hombre verdadero.
No hay mayor catástrofe que el pecado mortal. Es la única desgracia que merece con propiedad este nombre. El pecado mortal destruye la gracia santificante y es el infierno en potencia. Es preciso huir de él. Y, si se ha caído, arrepentirse.
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