La piedad es un don

Muchas veces cuando pienso en vida de piedad me imagino respuesta al amor de Dios; algo como puro amor mío a Dios. Pero lo mío es una respuesta. Lo primero en mi relación con Dios ha sido la actitud de El hacia mi. Hacia ti. ¿Te fijas? Ahí ha comenzado la verdadera "piteas": del Señor hacia nosotros. Dios es la misma fuente de la piedad. No hay más que asomarse a la Biblia para comprobarlo. ¡Y profundizar un poco en nuestra propia vida! ¿Recuerdas aquellos versos de Lope de Vega?: "¡Alma, asómate ahora a la ventana, verás con cuanto amor llamar porfía!"


Ojalá que nuestra piedad sea imitación de la que El muestra hacia nosotros. Entonces por supuesto que no se reduciría a un puro sentimiento de fervor. Sería mucho más profunda. Incluso en los momentos de oración más íntima ha de tener nuestra piedad una apertura a la humanidad entera, ha de potenciar nuestro celo por le bien espiritual e incluso temporal de las personas. ¡No es posible contemplar los misterios de Dios sin darse cuenta de que Dios es Padre de todos!

Desde los tiempos de la niñez he apreciado mucho el don de piedad. Ha sido un regalo de Dios maravilloso que nunca acabaré de agradecer bastante. Ciertamente hay épocas en la vida un poco más frívolas. Pero aun en los tiempos en que no me entretenía demasiado en oración personal, siempre he sentido como muy propias las cosas de Dios. Según avanzan los años, Dios es cada vez más imprescindible para mí; me resulta fácil amarle con ese amor entrañable de los hijos a los padres. Mi preocupación grande es el no saber corresponder a las llamadas constantes de Dios. Me da la sensación de que estoy perdiendo el tiempo en lo espiritual y sobre todo en hacer algo por El. Por eso mi oración más fácil es la compunción de corazón. Pero con paz.

Te digo todo esto porque en ti veo también ese gran beneficio de Dios: el don de piedad. Tú sabes corresponderle mejor. Por eso te agradezco tus cartas, tus conversaciones cuando nos juntamos, porque me estimulan mucho para servir a Dios.

El don de piedad. De él nos informaban en Teología. También te mandé hace unos años (creo) un estudio sobre los dones. El don de piedad nos ha de mover a hablar de Dios de tal modo que le hagamos amar. Eso le vamos a pedir. Buen ejemplo el del P. Beltrán. Vamos a suplicarle a Dios con él la gracia: nadie que me oiga hablar de El le tema; pero que nadie que me oiga hablar de El deje de amarle un poco más.

Ojalá se den todos cuenta, al oírnos hablar de Dios, de que somos desmesuradamente amados de El. Dios ama, sí, a todos los hombres, pero a unos más que a otros. Es lógico. A un padre le pasa lo mismo con los hijos: a todos quiere, pero más al que mejor se porta con él.



José María Lorenzo Amelibia
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