En Malaui, las comunidades resisten al hambre, las sequías y los desastres naturales Manos Unidas denuncia la larga lucha contra el hambre en Malaui

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En Malaui es 'normal' pasar hambre, comer una sola vez al día y solo nshima, una papilla de harina de maíz. En su economía, basada en la agricultura y el comercio de trueque, el que el valor de cambio es un saco de maíz

Cuando el coronavirus llegó al continente y el gobierno decretó el confinamiento hubo un juez que lo levantó, porque dijo que "era mejor morirse de coronavirus que de hambre"

Al norte del país, el obispo irlandés que está al frente de la diócesis de Mzuzu tiene mucha energía e ideas para apoyar a su pueblo y pidió ayuda a Manos Unidas, que ha financiado un proyecto en dos enclaves seleccionados en base a su grado de vulnerabilidad

Este proyecto tiene el objetivo de fortalecer la resiliencia de la población campesina ante la precaria economía estacional y la situación agravada por la pandemia

Los resultados ya son visibles: parte de la producción se dedica al consumo y otra parte se vende para cubrir otras necesidades esenciales

(Manos Unidas).- Malaui es un país amable y de gente cálida que trata de llevar con alegre resignación su difícil día a día. Golpeadas por el hambre, las sequías y los desastres naturales, las comunidades campesinas buscan la forma de garantizar su alimentación en un contexto agravado por el coronavirus.

Si no sabes dónde está Malaui, te resultará complicado encontrarlo en un mapa, porque es un país pequeño y estrecho, con un gran lago que ocupa un tercio de su superficie. Está en el sureste del continente africano y es fácil que pase inadvertido entre sus vecinos de dimensiones mucho mayores: Mozambique, Tanzania, Zambia y Zimbabue. Su situación geográfica lo ha hecho proclive a grandes desastres naturales: sequías, lluvias torrenciales, ciclones... Tampoco se ha librado de pandemias –como la del VIH/SIDA, que les ha atacado con fuerza–, ni del azote del hambre, que afecta cíclicamente a una población con un altísimo índice de desnutrición.

Cuando el coronavirus llegó al continente y el gobierno decretó el confinamiento hubo un juez que lo levantó, porque dijo que «era mejor morirse de coronavirus que de hambre»

En Malaui es «normal» pasar hambre, comer una sola vez al día y comer solo nshima, una papilla de harina de maíz. Su economía se basa en una agricultura sujeta al clima –si llueve, se come y si no, no– y en un pequeño comercio de trueque en el que el valor de cambio es un saco de maíz. Por ello, cuando el coronavirus llegó al continente y el gobierno decretó el confinamiento hubo un juez que lo levantó, porque dijo que «era mejor morirse de coronavirus que de hambre». La situación del país frente a la pandemia es preocupante: su alta densidad de población –una de las más altas de África–, lo débil de su sistema sanitario –dos médicos cada cien mil habitantes– y una población migrante en pleno retorno desde Sudáfrica –el país africano más castigado por la COVID–, hace que los presagios no sean buenos.

Cosechas estacionales ante necesidades permanentes

Al norte del país, el obispo irlandés que está al frente de la diócesis de Mzuzu tiene mucha energía e ideas para apoyar a su pueblo y desde la oficina de desarrollo coordina actividades de educación, sanidad, seguridad alimentaria y acceso al agua.

La diócesis pidió ayuda y Manos Unidas ha financiado un proyecto en dos enclaves seleccionados en base a su grado de vulnerabilidad. Aunque en Mzimba el alimento base es el maíz y en Nkhotakhota cultivan sobre todo arroz y casaba, ambas comunidades comparten la necesidad de asegurar sus cultivos todo el año y no de forma estacional como hasta ahora.

Mkandira es una profesora de Primaria que pertenece a uno de los grupos de ahorro. El grupo comenzó en abril de 2019 y tanto la presidenta como la tesorera son mujeres. Cada miembro tiene derecho a pedir cinco pequeños créditos. Mkandira ya ha accedido y pagado cuatro y ha creado un pequeño negocio de venta de tomates y vegetales con el que puede pagar alimentos, la escuela de sus hijos y el acceso a la sanidad. Hasta el momento, ninguno de los miembros del grupo ha dejado de cumplir sus compromisos y el pasado abril repartieron los beneficios.

Este proyecto, muy completo y ambicioso, tiene el objetivo de fortalecer la resiliencia de la población campesina ante la precaria economía estacional y la situación agravada por la pandemia. Para ello era imprescindible asegurar fuentes de agua, por lo que se han construido sistemas de irrigación en ambas zonas, tanto por aspersión como por canalización. También se han entregado semillas a cerca de mil agricultores que han participado en talleres de formación en agricultura, nutrición, gestión, comercialización y creación de grupos de ahorro.

Los resultados ya son visibles: parte de la producción se dedica al consumo y otra parte se vende para cubrir otras necesidades esenciales. A través de los grupos de ahorro se han puesto en marcha pequeños créditos para mejorar la situación de la población más necesitada. Todo ello supone un soporte para las economías locales de subsistencia y aporta seguridad y sostenibilidad a las familias campesinas. En nuestra visita a Mzimba muchos campesinos nos hablaron del enorme cambio que había supuesto para sus vidas el contar con dos cosechas al año y asegurar la alimentación para las comunidades.

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