La Iglesia es la primera necesitada del perdón de Dios
Grandes preocupaciones de la Iglesia / SIAME. 05 de junio.- En los últimos años la Iglesia Católica ha manifestado su preocupación por la falta de compromiso y el mal testimonio de algunos sacerdotes en el mundo. Entre la enorme labor realizada por miles y miles de obispos y sacerdotes que desarrollan su misión con sencillez y generosidad, en el silencio y sin protagonismos, sirviendo a la Iglesia y a sus hermanos, como Cristo, el Buen Pastor, desafortunadamente no han faltado, por aquí y por allá, algunos casos negativos que la prensa mundial se ha encargado de difundir a los cuatro vientos.
Ya desde el año 2001, el hoy beato Juan Pablo II se refería a esta dolorosa realidad como la manifestación del mysterium iniquitatis, es decir, la manifestación del misterio del mal en la vida de quienes deben estar comprometidos únicamente con el bien.
El Papa Benedicto XVI ha tomado medidas muy claras y precisas para que todo ministro ordenado o servidor de la Iglesia que cometa delitos de cualquier índole, asuma plenamente su responsabilidad penal ante las leyes de cada país, siguiendo los procesos correspondientes. No debe haber equívocos ni mucho menos privilegios.
Por otra parte, el mismo Benedicto XVI se ha acercado a muchas de las personas que han sido víctimas del mal testimonio sacerdotal, con el deseo de ayudarlas a superar espiritual y humanamente esta problemática, poniendo el ejemplo de lo que debe hacer cada obispo en su propia comunidad.
Los obispos mexicanos -como de hecho lo está haciendo la Iglesia en todo el mundo- han dedicado su asamblea para reflexionar en la formación de los futuros sacerdotes para dar mejores elementos humanos y espirituales a las nuevas generaciones.
En la vida de la Iglesia tienen una grandísima responsabilidad aquellos que son llamados a participar del único sacerdocio de Cristo, mediante la ordenación sacerdotal, ya que el anuncio del Evangelio comienza con la propia vida. Frente a la difícil realidad de nuestra cultura -en muchos aspectos lejana o extraña a los valores del Evangelio-, quienes se preparan para este servicio deben tener una profunda experiencia de fe en el seguimiento e identificación con Cristo, y una más sólida formación personal que los prepare humanamente para realizar su tarea, de tal forma que, junto a los aspectos doctrinales y espirituales necesarios, también se requiere de una salud psicológica y una coherencia moral, como exigencia básica para el ejercicio del ministerio.
La comunidad cristiana ayuda a los sacerdotes con su oración, con su amistad y con el respeto a su ministerio. La misma comunidad ayuda en la formación de los futuros sacerdotes cuando permite que en las familias cristianas siga siendo motivo de aprecio y de valoración como un gran ideal, la llamada, la vocación, a la vida religiosa y sacerdotal.
La humanidad entera está llamada a la salvación que recibimos por medio de Cristo, la Iglesia es la primera necesitada del amor y del perdón de Dios, pero especialmente quienes tienen la gran responsabilidad de guiar a la misma Iglesia y ser testimonio del Evangelio ante el mundo, son los primeros que deben revisar constantemente la propia vida, la respuesta a Dios, la exigencia de santidad, a fin de ser verdaderos discípulos y misioneros de Jesucristo.
El gran testimonio de los primeros cristianos, los mártires, transformó al mundo antiguo con el Evangelio; pero la falta de testimonio de algunos de nuestro tiempo son el primer obstáculo para que muchos descubran el camino de la salvación. Esta es la gran preocupación de la Iglesia: que seamos una comunidad que dé testimonio de servicio, de respeto y de amor al mundo entero en nombre de Cristo, el Salvador universal.
Ya desde el año 2001, el hoy beato Juan Pablo II se refería a esta dolorosa realidad como la manifestación del mysterium iniquitatis, es decir, la manifestación del misterio del mal en la vida de quienes deben estar comprometidos únicamente con el bien.
El Papa Benedicto XVI ha tomado medidas muy claras y precisas para que todo ministro ordenado o servidor de la Iglesia que cometa delitos de cualquier índole, asuma plenamente su responsabilidad penal ante las leyes de cada país, siguiendo los procesos correspondientes. No debe haber equívocos ni mucho menos privilegios.
Por otra parte, el mismo Benedicto XVI se ha acercado a muchas de las personas que han sido víctimas del mal testimonio sacerdotal, con el deseo de ayudarlas a superar espiritual y humanamente esta problemática, poniendo el ejemplo de lo que debe hacer cada obispo en su propia comunidad.
Los obispos mexicanos -como de hecho lo está haciendo la Iglesia en todo el mundo- han dedicado su asamblea para reflexionar en la formación de los futuros sacerdotes para dar mejores elementos humanos y espirituales a las nuevas generaciones.
En la vida de la Iglesia tienen una grandísima responsabilidad aquellos que son llamados a participar del único sacerdocio de Cristo, mediante la ordenación sacerdotal, ya que el anuncio del Evangelio comienza con la propia vida. Frente a la difícil realidad de nuestra cultura -en muchos aspectos lejana o extraña a los valores del Evangelio-, quienes se preparan para este servicio deben tener una profunda experiencia de fe en el seguimiento e identificación con Cristo, y una más sólida formación personal que los prepare humanamente para realizar su tarea, de tal forma que, junto a los aspectos doctrinales y espirituales necesarios, también se requiere de una salud psicológica y una coherencia moral, como exigencia básica para el ejercicio del ministerio.
La comunidad cristiana ayuda a los sacerdotes con su oración, con su amistad y con el respeto a su ministerio. La misma comunidad ayuda en la formación de los futuros sacerdotes cuando permite que en las familias cristianas siga siendo motivo de aprecio y de valoración como un gran ideal, la llamada, la vocación, a la vida religiosa y sacerdotal.
La humanidad entera está llamada a la salvación que recibimos por medio de Cristo, la Iglesia es la primera necesitada del amor y del perdón de Dios, pero especialmente quienes tienen la gran responsabilidad de guiar a la misma Iglesia y ser testimonio del Evangelio ante el mundo, son los primeros que deben revisar constantemente la propia vida, la respuesta a Dios, la exigencia de santidad, a fin de ser verdaderos discípulos y misioneros de Jesucristo.
El gran testimonio de los primeros cristianos, los mártires, transformó al mundo antiguo con el Evangelio; pero la falta de testimonio de algunos de nuestro tiempo son el primer obstáculo para que muchos descubran el camino de la salvación. Esta es la gran preocupación de la Iglesia: que seamos una comunidad que dé testimonio de servicio, de respeto y de amor al mundo entero en nombre de Cristo, el Salvador universal.