México, una transición sin claridad y sin rumbo
Los clavos de un dolor nacional. Arquidiócesis de Morelia / CCM. 19 de mayo
Marco introductorio
México, desde hace algunos años, parece avanzar a tumbos hacia su propio cambio y en busca de su descubrimiento, sin la certeza de encontrar respuestas y asideros firmes en los cuales apoyar la cabeza. Varias de las formas de crisis que vive el México de hoy, particularmente las relacionadas con un estado de inconformidad y de agitación social permanente, con el antigobiernismo de ciertas capas y corrientes sociales, con la ausencia relativa de orden público, con la proliferación de células y actividades delincuenciales, con la baja de los indicadores de seguridad pública y la sensación de incertidumbre que recorre el espacio público, parecen haberse originado en la superación de la forma de Estado que tuvo el país hasta el año 2000. Si esto es cierto, si muchas de las crisis del México de 2011 tienen como origen y explicación el cambio de una forma de Estado por otra, o la sustitución de un modelo político por otro en el año 2000, nuestro país está muy a tiempo de preguntarse tres cuestiones básicas: si realmente quería cambiar y tenía una definición consensual de hacia dónde hacerlo; si sólo deseaba cambiar una parte del viejo sistema político, dejando sin tocar lo que resultaba funcional de aquella estructura en un país como el nuestro y, por último, si el cambio escogido fue desviado por el peso de los intereses políticos, o fue nuestra última equivocación para dejar atrás el siglo XX o devino frustración nacional. En ocasiones, los pueblos descubren el fondo de su ser o las señas más hondas de su identidad, en un hecho que los marca o en acontecimientos que pueden llegar a ser definitivos en su itinerario histórico y existencial.
Entonces, se encuentran a sí mismos. Aveces, por más que un hecho o un conjunto de acontecimientos significativos los marque, los pueblos no se reconocen ni se identifican con ellos, porque lo que buscan no es el fondo insondable de su ser, sino evadir lo que el fondo y la superficie del ser les comunican. Indistintamente, pese a que la coyuntura de la historia les favorezca, hay ocasiones en que los pueblos no quieren ser buscados ni encontrados, ni por otros ni por ellos mismos, debido a que la raíz de la sangre o una marea de confusión se han instalado en su interior, vedándoles el descubrir su sentido de ubicación en el presente. Si México como país se encuentra un día a sí mismo o no; si los mexicanos le encontramos o no, en este preciso giro de la historia, la cuadratura al círculo de nuestra existencia; si el cambio verdadero del modo de ser de la nación tiene o no una lógica de continuidad y, por último, si México mismo tiene solución o no, eso dependerá de que los mexicanos de hoy forjemos las respuestas de época que hace ya mucho tiempo estamos buscando.
La rebelión de los particularismos
En el año 2000, independientemente de que el proceso de cambio en México tuvo en 1988, 1994 y 1997 sus epicentros generadores y sus fechas axiales, nuestro país dejó atrás la organicidad cerrada y capilar del sistema corporativo, para ingresar a las dinámicas de contrapunto y conflicto de la sociedad abierta. Sin embargo, en el momento en que ingresamos formalmente, como país, a la transición en general y a la alternancia política en particular, se hicieron visibles los dos grandes vacíos o déficits que han hecho de la nuestra una transición inconclusa: en primer lugar, la falta de un entramado o andamiaje institucional que hiciera posible el salto, sin traumas prolongados ni riesgos mayúsculos, de un sistema político cerrado y vertical a un sistema político abierto; en segundo lugar, la ausencia de un pacto nacional destinado a dotar de una sola agenda común y de una ruta clara el proceso de transición en México. Como consecuencia de lo anterior, es asaz evidente que nuestro país no vive una transición tersa y serena ni una alternancia política curada de gritos y sobresaltos, sino todo lo contrario: una transición sobresaturada de coágulos y conflictos que le impiden avanzar con firmeza hacia una fase de institucionalización y una alternancia política sobrepoblada de ruidos que inhiben su consolidación. Es decir, en una coyuntura en que la urgencia de acelerar un cambio de régimen debía dar paso a la definición de las tareas, los plazos y la ruta de ese cambio, y en instantes en que el voluntarismo desenfrenado debía subordinar la vitalidad de su acción y su capacidad de iniciativa a un eje o centro ordenador capaz de administrar los contenidos de la transición y la alternancia, lo que ha ocurrido es que, ante la falta de agenda temática y centro ordenador, es la espiral del desorden la que le ha impuesto agenda, rutas y plazos al proceso de transición en México.
Esto es, un pacto amplio de transición no sólo habría asegurado la estabilidad, gobernabilidad y certeza del proceso de cambio social y político en México, sino que, además, habría inhibido la aparición de dolencias nacionales como el antigobiernismo de ciertos sectores, la agitación social sin tregua, el debilitamiento del principio de autoridad, la crisis de acuerdo en la clase política, el voluntarismo delincuencial, la falta de visión de Estado frente al problema de la pobreza y otros fenómenos que, en el caso de México, parecen ya apocalípticos. En este contexto, puede decirse que una transición sin claridad de objetivos ni de rumbo fácilmente engendra los demonios y fantasmas que tanto temía y, de paso, contribuye a la multiplicación y complicación de los mismos problemas que se proponía resolver. Esto explica, en parte, el resurgimiento y la rebelión de los particularismos de la cultura, la sangre y la costumbre que creíamos superados, la irrupción de una sociedad civil tempestuosa y, hasta donde puede verse, la aparición del síndrome sociológico de la desgubernamentalización, que consiste en la normalización de varios tipos de informalidad social, pero, asimismo, en el afán de definirse civilmente al margen, contra o frente al gobierno, sean cuales fueren sus siglas o colores partidistas.
El voluntarismo del caos
Sin duda, en varios de los movimientos sociales que han tenido y tienen lugar en el país, en años y meses recientes, lo que predomina es la idea de reivindicar el concepto, la identidad y los símbolos de la sociedad civil, bajo el amparo de corrientes de autoafirmación social que buscan subrayar, por ese camino, el descrédito y la disfuncionalidad del o los aparatos políticos. En este contexto, en el que la tendencia social apunta hacia una recuperación de la dignidad colectiva frente a ineficacias gubernamentales de todo orden, México ha conocido lo mejor y lo peor de los movimientos sociales. El movimiento legítimo de paterfamilias de la guardería ABC de Hermosillo, Sonora, que demandaba al aparato político estatal y nacional la aplicación estricta de la ley en el castigo a los responsables del incendio, en el que vidas inocentes fueron víctimas de la corrupción de Estado, vino a subrayar la existencia de un régimen político torpe e incapaz de garantizar el acceso de los ciudadanos a la justicia, en su modalidad de condición básica del Estado democrático.
Los muertos inertes de las minas y de las fosas clandestinas, independientemente de si sucumbieron en Coahuila, en Guerrero, en Durango, en Tamaulipas o en otro Estado, no sólo han hecho evidente la fragilidad y vulnerabilidad de la democracia institucional en el microespacio público, sino, incluso, la especie de parálisis que se apodera de burocracias poco habituadas y menos diestras para responder a un clamor público con resultados. El movimiento encabezado por el poeta Javier Sicilia, del Estado de Morelos al Distrito Federal, en instantes en que frente al cerrojazo y el tableteo de las armas era importante recuperar, para todos, la gravedad y solemnidad del silencio, sin duda le ha devuelto al grueso de las técnicas de lucha social en nuestro país, y particularmente a la marcha, la noción de autoafirmación social, la pureza militante y el sentido de comunión de que las han desprovisto, entre otros, ciertas expresiones de la Sección XVIII, los tonos amarillos del vandalismo estudiantil y las hordas del SME. Escribió Lammenais: “Después de la palabra, el silencio es la segunda potencia en el mundo”. En este contexto, hasta el conflicto de disuasivos y revanchas que ha vivido el pueblo de Cherán, en la disputa histórica que mantiene con la comunidad de Capacuaro, por linderos de tierras y límites de los suelos de explotación forestal de uno y otro territorios, es susceptible de ser visto como parte de la espiral del estruendo que en estos días invade a buena parte del país. No obstante, pese a la veracidad del conjunto de sus críticas y más acá de la legitimidad de algunas de sus demandas, en el caso de estos dos movimientos, el de Javier Sicilia y el de Cherán, no han faltado los señalamientos sin sustento ni los excesos que suelen cometerse, cuando la visceralidad toma desprevenida y por asalto a la razón. Los prosélitos y súbditos del primer antigobiernismo que pase, que los hay a pasto en las expresiones más radicales de la izquierda, enseguida vieron en la marcha de Javier Sicilia un refugio encubierto para descalificar, sin mayores argumentos, la estrategia federal de combate a la delincuencia organizada, y la ocasión para transformar un remolino de viento en un tornado, distorsionando así la nobleza de un movimiento de estirpe ciudadana.
En cambio, el de Cherán, más acá de su justa indignación frente al pueblo de Capacuaro, es el caso típico de un movimiento en el que el fervor ideológico oprime la inteligencia, puesto que se ha hecho del Gobierno Federal un sparring mediático, mientras se olvida –ladina y socarronamente–
que ese conflicto hizo aparición con Lázaro Cárdenas Batel, y que es a las autoridades del Estado a las que corresponde darle solución. Sea de ello lo que fuere, una cosa es que los movimientos sociales, en general, sean fuente de reabastecimiento de energía para la democracia formal, y otra muy distinta es que alguien y algunos más quieran, calculada y estratégicamente, debilitar aún más la estentórea fragilidad de nuestra democracia.
Reflexiones finales
En el paisaje social del México de hoy, sobre poblado de ruidos y desórdenes, cualquier cosa podría ocurrir si una inteligencia de Estado no procede, con sigilo y serenidad, a desplegar una estrategia de ordenación del espacio público. Es posible que entre las inconformidades y agitaciones del México actual, más de una sea susceptible de caber en un examen psicológico, puesto que alguien consagrado a la generación de conflictos y que apela a la formación de un circuito de inestabilidad permanente, cabe más en los cuadros del diagnóstico de personalidad que en los enfoques del análisis ideológico. En este contexto, es urgente que México recupere los motivos y argumentos en que fue propiciado e iniciado su proceso de transición, porque, de no hacerlo, corre el riesgo de acentuar la escala de riesgos que ha vivido en la última década. De ello depende, quizás, que la transición y la alternancia se conviertan en fuente de respuestas y de soluciones para nuestro país, antes de que sea demasiado tarde.
Marco introductorio
México, desde hace algunos años, parece avanzar a tumbos hacia su propio cambio y en busca de su descubrimiento, sin la certeza de encontrar respuestas y asideros firmes en los cuales apoyar la cabeza. Varias de las formas de crisis que vive el México de hoy, particularmente las relacionadas con un estado de inconformidad y de agitación social permanente, con el antigobiernismo de ciertas capas y corrientes sociales, con la ausencia relativa de orden público, con la proliferación de células y actividades delincuenciales, con la baja de los indicadores de seguridad pública y la sensación de incertidumbre que recorre el espacio público, parecen haberse originado en la superación de la forma de Estado que tuvo el país hasta el año 2000. Si esto es cierto, si muchas de las crisis del México de 2011 tienen como origen y explicación el cambio de una forma de Estado por otra, o la sustitución de un modelo político por otro en el año 2000, nuestro país está muy a tiempo de preguntarse tres cuestiones básicas: si realmente quería cambiar y tenía una definición consensual de hacia dónde hacerlo; si sólo deseaba cambiar una parte del viejo sistema político, dejando sin tocar lo que resultaba funcional de aquella estructura en un país como el nuestro y, por último, si el cambio escogido fue desviado por el peso de los intereses políticos, o fue nuestra última equivocación para dejar atrás el siglo XX o devino frustración nacional. En ocasiones, los pueblos descubren el fondo de su ser o las señas más hondas de su identidad, en un hecho que los marca o en acontecimientos que pueden llegar a ser definitivos en su itinerario histórico y existencial.
Entonces, se encuentran a sí mismos. Aveces, por más que un hecho o un conjunto de acontecimientos significativos los marque, los pueblos no se reconocen ni se identifican con ellos, porque lo que buscan no es el fondo insondable de su ser, sino evadir lo que el fondo y la superficie del ser les comunican. Indistintamente, pese a que la coyuntura de la historia les favorezca, hay ocasiones en que los pueblos no quieren ser buscados ni encontrados, ni por otros ni por ellos mismos, debido a que la raíz de la sangre o una marea de confusión se han instalado en su interior, vedándoles el descubrir su sentido de ubicación en el presente. Si México como país se encuentra un día a sí mismo o no; si los mexicanos le encontramos o no, en este preciso giro de la historia, la cuadratura al círculo de nuestra existencia; si el cambio verdadero del modo de ser de la nación tiene o no una lógica de continuidad y, por último, si México mismo tiene solución o no, eso dependerá de que los mexicanos de hoy forjemos las respuestas de época que hace ya mucho tiempo estamos buscando.
La rebelión de los particularismos
En el año 2000, independientemente de que el proceso de cambio en México tuvo en 1988, 1994 y 1997 sus epicentros generadores y sus fechas axiales, nuestro país dejó atrás la organicidad cerrada y capilar del sistema corporativo, para ingresar a las dinámicas de contrapunto y conflicto de la sociedad abierta. Sin embargo, en el momento en que ingresamos formalmente, como país, a la transición en general y a la alternancia política en particular, se hicieron visibles los dos grandes vacíos o déficits que han hecho de la nuestra una transición inconclusa: en primer lugar, la falta de un entramado o andamiaje institucional que hiciera posible el salto, sin traumas prolongados ni riesgos mayúsculos, de un sistema político cerrado y vertical a un sistema político abierto; en segundo lugar, la ausencia de un pacto nacional destinado a dotar de una sola agenda común y de una ruta clara el proceso de transición en México. Como consecuencia de lo anterior, es asaz evidente que nuestro país no vive una transición tersa y serena ni una alternancia política curada de gritos y sobresaltos, sino todo lo contrario: una transición sobresaturada de coágulos y conflictos que le impiden avanzar con firmeza hacia una fase de institucionalización y una alternancia política sobrepoblada de ruidos que inhiben su consolidación. Es decir, en una coyuntura en que la urgencia de acelerar un cambio de régimen debía dar paso a la definición de las tareas, los plazos y la ruta de ese cambio, y en instantes en que el voluntarismo desenfrenado debía subordinar la vitalidad de su acción y su capacidad de iniciativa a un eje o centro ordenador capaz de administrar los contenidos de la transición y la alternancia, lo que ha ocurrido es que, ante la falta de agenda temática y centro ordenador, es la espiral del desorden la que le ha impuesto agenda, rutas y plazos al proceso de transición en México.
Esto es, un pacto amplio de transición no sólo habría asegurado la estabilidad, gobernabilidad y certeza del proceso de cambio social y político en México, sino que, además, habría inhibido la aparición de dolencias nacionales como el antigobiernismo de ciertos sectores, la agitación social sin tregua, el debilitamiento del principio de autoridad, la crisis de acuerdo en la clase política, el voluntarismo delincuencial, la falta de visión de Estado frente al problema de la pobreza y otros fenómenos que, en el caso de México, parecen ya apocalípticos. En este contexto, puede decirse que una transición sin claridad de objetivos ni de rumbo fácilmente engendra los demonios y fantasmas que tanto temía y, de paso, contribuye a la multiplicación y complicación de los mismos problemas que se proponía resolver. Esto explica, en parte, el resurgimiento y la rebelión de los particularismos de la cultura, la sangre y la costumbre que creíamos superados, la irrupción de una sociedad civil tempestuosa y, hasta donde puede verse, la aparición del síndrome sociológico de la desgubernamentalización, que consiste en la normalización de varios tipos de informalidad social, pero, asimismo, en el afán de definirse civilmente al margen, contra o frente al gobierno, sean cuales fueren sus siglas o colores partidistas.
El voluntarismo del caos
Sin duda, en varios de los movimientos sociales que han tenido y tienen lugar en el país, en años y meses recientes, lo que predomina es la idea de reivindicar el concepto, la identidad y los símbolos de la sociedad civil, bajo el amparo de corrientes de autoafirmación social que buscan subrayar, por ese camino, el descrédito y la disfuncionalidad del o los aparatos políticos. En este contexto, en el que la tendencia social apunta hacia una recuperación de la dignidad colectiva frente a ineficacias gubernamentales de todo orden, México ha conocido lo mejor y lo peor de los movimientos sociales. El movimiento legítimo de paterfamilias de la guardería ABC de Hermosillo, Sonora, que demandaba al aparato político estatal y nacional la aplicación estricta de la ley en el castigo a los responsables del incendio, en el que vidas inocentes fueron víctimas de la corrupción de Estado, vino a subrayar la existencia de un régimen político torpe e incapaz de garantizar el acceso de los ciudadanos a la justicia, en su modalidad de condición básica del Estado democrático.
Los muertos inertes de las minas y de las fosas clandestinas, independientemente de si sucumbieron en Coahuila, en Guerrero, en Durango, en Tamaulipas o en otro Estado, no sólo han hecho evidente la fragilidad y vulnerabilidad de la democracia institucional en el microespacio público, sino, incluso, la especie de parálisis que se apodera de burocracias poco habituadas y menos diestras para responder a un clamor público con resultados. El movimiento encabezado por el poeta Javier Sicilia, del Estado de Morelos al Distrito Federal, en instantes en que frente al cerrojazo y el tableteo de las armas era importante recuperar, para todos, la gravedad y solemnidad del silencio, sin duda le ha devuelto al grueso de las técnicas de lucha social en nuestro país, y particularmente a la marcha, la noción de autoafirmación social, la pureza militante y el sentido de comunión de que las han desprovisto, entre otros, ciertas expresiones de la Sección XVIII, los tonos amarillos del vandalismo estudiantil y las hordas del SME. Escribió Lammenais: “Después de la palabra, el silencio es la segunda potencia en el mundo”. En este contexto, hasta el conflicto de disuasivos y revanchas que ha vivido el pueblo de Cherán, en la disputa histórica que mantiene con la comunidad de Capacuaro, por linderos de tierras y límites de los suelos de explotación forestal de uno y otro territorios, es susceptible de ser visto como parte de la espiral del estruendo que en estos días invade a buena parte del país. No obstante, pese a la veracidad del conjunto de sus críticas y más acá de la legitimidad de algunas de sus demandas, en el caso de estos dos movimientos, el de Javier Sicilia y el de Cherán, no han faltado los señalamientos sin sustento ni los excesos que suelen cometerse, cuando la visceralidad toma desprevenida y por asalto a la razón. Los prosélitos y súbditos del primer antigobiernismo que pase, que los hay a pasto en las expresiones más radicales de la izquierda, enseguida vieron en la marcha de Javier Sicilia un refugio encubierto para descalificar, sin mayores argumentos, la estrategia federal de combate a la delincuencia organizada, y la ocasión para transformar un remolino de viento en un tornado, distorsionando así la nobleza de un movimiento de estirpe ciudadana.
En cambio, el de Cherán, más acá de su justa indignación frente al pueblo de Capacuaro, es el caso típico de un movimiento en el que el fervor ideológico oprime la inteligencia, puesto que se ha hecho del Gobierno Federal un sparring mediático, mientras se olvida –ladina y socarronamente–
que ese conflicto hizo aparición con Lázaro Cárdenas Batel, y que es a las autoridades del Estado a las que corresponde darle solución. Sea de ello lo que fuere, una cosa es que los movimientos sociales, en general, sean fuente de reabastecimiento de energía para la democracia formal, y otra muy distinta es que alguien y algunos más quieran, calculada y estratégicamente, debilitar aún más la estentórea fragilidad de nuestra democracia.
Reflexiones finales
En el paisaje social del México de hoy, sobre poblado de ruidos y desórdenes, cualquier cosa podría ocurrir si una inteligencia de Estado no procede, con sigilo y serenidad, a desplegar una estrategia de ordenación del espacio público. Es posible que entre las inconformidades y agitaciones del México actual, más de una sea susceptible de caber en un examen psicológico, puesto que alguien consagrado a la generación de conflictos y que apela a la formación de un circuito de inestabilidad permanente, cabe más en los cuadros del diagnóstico de personalidad que en los enfoques del análisis ideológico. En este contexto, es urgente que México recupere los motivos y argumentos en que fue propiciado e iniciado su proceso de transición, porque, de no hacerlo, corre el riesgo de acentuar la escala de riesgos que ha vivido en la última década. De ello depende, quizás, que la transición y la alternancia se conviertan en fuente de respuestas y de soluciones para nuestro país, antes de que sea demasiado tarde.