XXXII aniversario de los mártires de la UCA MARTIRES DE LA UCA: Segundo Montes, pionero en el estudio con refugiados y desplazados

MARTIRES DE LA UCA: Segundo Montes, pionero en el estudio con refugiados y desplazados
MARTIRES DE LA UCA: Segundo Montes, pionero en el estudio con refugiados y desplazados

"Todo nuestro actuar tiene proyección política. Lo importante es tener una correcta concepción política, que aplique nuestros esfuerzos al beneficio de la colectividad, especialmente de las mayorías y no a favor de una minoría ya demasiado privilegiada." (Segundo Montes)

"Sólo en la confluencia de justicia y de verdad puede hablarse de plena libertad" (Ignacio Ellacuria)

"Segundo Montes fue muy conocido por sus investigaciones y aportaciones sociológicas, e incluso por haber instaurado una nueva conceptualización y práctica de esta disciplina." (Arancha Jiménez) 

Desde 1984, Montes se convierte en el investigador y el analista más importante del fenómeno de los desplazados, los refugiados y también los emigrantes en El Salvador. 

Esta historia debería empezar en 1950, cuando un hombre en un aula poco iluminada preguntó si alguien quería ofrecerse como voluntario para viajar a América. Sentados en sus butacas, un grupo de jóvenes, ninguno de ellos mayor de diecinueve años, lo escuchaba con la fascinación con la que se oye una historia de aventuras. Aquella mañana, pese a la fascinación de todos los jóvenes seminaristas, sólo uno de ellos levantó su mano.

Así debería empezar esta historia, con un joven de sotana negra bajando las escalerillas de un avión una mañana, el sol terrible del trópico sobre su cabeza, la brisa tibia en su rostro aún terso, a un tiempo asombrado y curioso por lo que observaba a su alrededor, por los árboles que se extendían junto a la pista, por los cerros en la lejanía, por el volcán que llenaba el horizonte en el norte. Al tocar el suelo cerraría sus ojos y permanecería un instante en aquella extraña quietud llena de aroma y luz y con un ruido lejano de aves semejante a un murmullo. Años más tarde, podemos ver al mismo hombre y los mismos ojos cerrados, pero no baja de unas escalerillas. Tampoco es 1950, es 1989. Cerca de medianoche.

Dentro de una profunda oscuridad, tendido en la cama, abrió de nuevo sus ojos. Creyó escuchar voces lejanas, pero no estuvo seguro de que fueran reales, al menos en un principio. Se encontraba en su habitación de la casa de los jesuitas de la Universidad Centroamericana de San Salvador, en la que vivía desde hacía años. A lo lejos, podía escuchar los enfrentamientos que se producían por toda la ciudad, y a pesar de ello, había podido dormir al menos unas horas hasta que aquel desorden lo despertó. Un grupo de personas esperaba fuera y le llevó sólo un instante comprenderlo. Sintió unos pasos, los pasos de un corredor, o muchos de ellos, porque eran muchos. Se sentó sobre su cama, alerta pero sin angustia. Alguien golpeaba las puertas y se percibía un sonido de metal contra metal. No era una visita amable, sin duda. Lo comprendió con claridad, pero no sintió angustia sino pena, si hubiera estado solo habría sido distinto, pero estaba con sus compañeros. Con él eran seis sacerdotes en la casa.

Una luna enorme y llena se hallaba en el cenit e iluminaba toda la escena. Las ventanas de las casas colindantes mostraban siluetas que aparecían y desaparecían en la oscuridad. Nadie podía ver el interior de la casa de los padres, pero sí escuchar lo que sucedía. Uno a uno, llegaron los otros, obligados por los soldados, y se tiraron a la hierba. Hubiera querido despedirme de mi hermana, dijo Ignacio Martin-Baró. He hablado con ella hoy y no le he dicho nada. Sollozaba. Alguien más le dijo: Que no nos vean llorar. Detrás de ellos, otro dijo: Esto es una injusticia. Y otro más giró la cabeza hacia los soldados: Sois unos desgraciados. Pero pronto dejaron de protestar o sollozar y uno de ellos empezó a rezar el padrenuestro. Tiempo después, los testigos de las casas vecinas dirían que escucharon una especie de lamento acompasado, pero no era un lamento lo que oían sino el leve canto del padrenuestro, que rezaron al unísono. Habían llegado al país, muchos años antes, como sacerdotes, y querían marcharse de la única manera que sabían. Después de unos minutos, uno de los soldados se acercó y realizó el primer disparo. Uno de los sacerdotes quiso levantarse, pero no tuvo tiempo. Pronto el lamento acompasado cesó. Y todo cesó. Era la madrugada del 16 de noviembre de 1989.

Esta escena es un extracto de la novela “Noviembre” de Jorge Galán. Recrea con mucha fidelidad lo que pasó ya hace treinta y dos años aquel 16 de noviembre de 1989, en el que fueron asesinadas ocho personas, dos mujeres, madre e hija, y seis jesuitas en la Universidad Centroamericana (UCA), en El Salvador. Hoy hacemos memoria agradecida de aquellas personas que alzaron la voz por la justicia y fueron acalladas, pero no para siempre, ya que sus vidas han sido fermento de esperanza para todo el mundo.

Mártires de la UCA

¿Quiénes eran aquellas personas?

Ignacio Ellacuría, Ignacio Martín-Baró, Segundo Montes, Juan Ramón Moreno, Amando López, Joaquín López y López, Elba Ramos y Celina Ramos de apenas 16 años. Los jesuitas asesinados se habían destacado por promover una solución pacífica al conflicto armado salvadoreño y por denunciar las injusticias sociales hacia los campesinos y el pueblo salvadoreño.

La influencia de Rutilio Grande con su asesinato en 1977 y de Monseñor Romero, asesinado en 1980, junto al testimonio de tantas hermanas y hermanos del pueblo salvadoreño, constituyeron hitos tremendamente importantes, que vincularon estrechamente la labor académica e investigadora de la UCA al destino de las comunidades campesinas por todo el país. Una vinculación que fue mucho más allá de lo académico, y que comprometería sus vidas también en su trabajo pastoral.

Ellacuría, como rector de la universidad, tuvo un papel muy destacado. Su liderazgo espiritual a favor del pueblo y su voz de denuncia, junto a sus compañeros, resultaban incómodos para el poder político y militar de la época. Fue entonces la madrugada del 16 de noviembre de 1989, en medio de una ofensiva guerrillera sobre San Salvador, cuando soldados del batallón Atlacatl los asesinaron. Un hecho que marcó por siempre a la UCA, al Salvador y al mundo entero.

Un legado que no se agota

He tenido la suerte de recorrer el Salvador, de conocer sus gentes, sus pueblos y de convivir con muchas personas salvadoreñas tanto en el Pulgarcito, apodo cariñoso de El Salvador, como en la diáspora en distintos países, sobre todo en Estados Unidos, en España y ahora en Bélgica.

El tiempo vivido en la UCA, tanto en la universidad y en la comunidad donde fueron asesinados los compañeros jesuitas han sido para mi fuente de vida espiritual y de aliento y esperanza en la lucha por la justicia. Recuerdo con cariño recorrer los pasillos de la comunidad donde fueron conducidos aquella noche fatídica y rezar todas las mañanas al amanecer en el Jardín de las Rosas, donde fueron asesinados.

Jardín de las Rosas

Tantos signos de esperanza junto a Rutilio en Aguilares, Monseñor Romero en el Hospitalito, la de tantas comunidades, ciudades, caseríos regados por el Salvador, el testimonio de tantas personas, algunas de las cuales ya son parte de mi vida.

He colaborado en distintas ocasiones con la UCA y hoy en día sigo impartiendo una materia junto a mi compañero José Luis González sobre Teología de las Migraciones en la Maestría en Teología Latinoamericana, coordinada por la buena amiga Martha Zechmeister.

Segundo Montes, pionero en el estudio con refugiados y desplazados

Hoy quiero recordar y dar a conocer el trabajo y compromiso con las personas refugiadas, migrantes y desplazadas de uno de esos compañeros mártires, Segundo Montes. Un jesuita que con apenas 19 años decidió saltar el charco y formar parte de la historia viva de El Salvador. Segundo nació en Valladolid en 1933, en la calle Ruiz Hernández 9, en el mismo corazón de la presencia jesuítica en esa ciudad. El carácter de Segundo era enérgico, amigo de sus amigos, bromista y muy estudioso.  Se educó en el colegio San José de los jesuitas e ingresó en el noviciado en Orduña, aunque el segundo año ya se trasladó a San Salvador, al noviciado de Santa Tecla.

Segundo Montes y Monseñor Romero

Estudió Humanidades y Filosofía en Ecuador, Teología en Austria y se doctoró en Sociología en España. La vida de Segundo Montes transcurrió entre el Colegio Externado San José y la UCA. En 1985 fundó el Instituto de Derechos Humanos (IDHUCA) dentro de la UCA, que dirigió hasta su muerte.

Segundo Montes

Segundo Montes fue muy conocido por sus investigaciones y aportaciones sociológicas, e incluso por haber instaurado una nueva conceptualización y práctica de esta disciplina, que en aquel momento estaba prácticamente limitada al ámbito político y discursivo. Montes introdujo la necesidad de acercarse a la realidad de la manera más objetiva posible y de despolitizar la vida universitaria en una coyuntura en la que las ideologías lo inundaban todo. Sus numerosos estudios incorporan metodologías tanto cuantitativas, como cualitativas, con abundante trabajo de campo, que le hizo recorrer a él y a sus equipos toda la geografía salvadoreña y buena parte de Centroamérica. 

Segundo Montes

En 1984, las dificultades, el desafío y el ejemplo de algunas comunidades de desplazados y refugiados salvadoreños dentro y fuera del país, por causa de la guerra, despertaron un interés particular y ardiente en él. Desde entonces hasta su muerte, Segundo Montes adquirió una prominencia especial, tanto en El Salvador como en Estados Unidos, por ser el investigador y el analista más importante del fenómeno de los desplazados, los refugiados y también los emigrantes. Visitó sus comunidades y refugios tanto en El Salvador como en Honduras. En sus visitas, aconsejaba a sus dirigentes sobre proyectos de desarrollo y les agradecía lo que aprendía de ellos.

Migrantes forzosos en Estados Unidos

En Estados Unidos, su reputación como experto en la materia creció, en particular en el Congreso. Mantuvo al tanto de los movimientos y la situación de los desplazados, los refugiados y los emigrantes al representante Joe Moakley. Le insistió en la necesidad de reformar la legislación estadounidense de inmigración para proteger a los salvadoreños que emigraban a Estados Unidos, puesto que no tenían otra alternativa. Fue coautor de un estudio de Georgetown University sobre este fenómeno social y formó parte del Consejo Asesor del Centro de Refugiados Centroamericanos (CARECEN), con sede en Washington, DC. Su último viaje fue a Washington, a principios de noviembre de 1989, donde, en una de las salas de Congreso, CARECEN le hizo un reconocimiento por defender los derechos de los salvadoreños.

Segundo Montes

Su deseo nunca satisfecho por comprender mejor la realidad social salvadoreña lo llevó a estudiar la estratificación social, el patrón de la tenencia de la tierra y los militares. Publicó el hallazgo de todos estos estudios, algunos de los cuales utilizó como libros de texto, en las materias que impartía. Recibió varios encargos de organismos internacionales para realizar investigaciones, como la ONU sobre el papel de la mujer y la familia ante el fenómeno migratorio. Su aguda observación lo ayudó a identificar un fenómeno novedoso y bastante curioso, a comienzos de la década de los ochenta: la “pérdida” de los dólares, que los salvadoreños residentes en Estados Unidos enviaban a sus familiares en El Salvador. Este hecho lo alertó acerca de la importancia de la emigración salvadoreña para la economía nacional.

El flujo de remesas y el impacto en la economía salvadoreña

A finales de 1982, antes de irse a pasar las navidades con sus hermanas y su hermano, en Valladolid, le pidió a un colaborador que escribiera un breve comentario sobre los dólares perdidos para ECA. Discutieron el problema y llegaron a la conclusión que el dinero que entraba al país procedente de Estados Unidos, en billetes de baja denominación, giros y cheques, representaba un flujo importante de fondos. Ese dinero era el que hacía posible la sobrevivencia no sólo de los familiares de los emigrados, sino también de la economía salvadoreña en su conjunto. Montes hubiera querido estudiar más el fenómeno en aquel momento, pero tuvo que aguardar un momento más propicio.

En 1984, presentó un proyecto de investigación a una fundación que lo aceptó y así pudo comenzar a estudiar la emigración de población salvadoreña a Estados Unidos y su impacto en la economía nacional. Primero determinó las consecuencias del desplazamiento y la emigración de la población; luego propuso algunas soluciones. Sin embargo, no perdió de vista la relevancia social y económica de la población salvadoreña residente en Estados Unidos –aunque también la había esparcida por toda Centroamérica, Belice y México. En 1988, Montes estimó que un millón de salvadoreños residía en Estados Unidos, quienes enviaban a El Salvador 1.3 mil millones de dólares anuales, equivalentes a la ayuda de Estados Unidos al país más el valor de todas sus exportaciones y a casi el doble del presupuesto nacional. La existencia de este flujo constante constituía un canal informal entre El Salvador y Estados Unidos, el cual no podía descartarse al considerar el futuro económico y social de ambos países.

Uno de sus últimos estudios, publicado póstumamente, “El impacto económico y social de las migraciones en Centroamérica (1980-1089)” intenta ofrecer una visión de conjunto de un fenómeno que afecta a toda la región.

Las comunidades de desplazados, germen de una nueva sociedad

La gravedad del desplazamiento poblacional y los refugiados representaban no sólo una oportunidad para determinar la profundidad de la crisis salvadoreña, sino también para superar las estructuras existentes y la posibilidad para reestructurar la sociedad, en un contexto más justo y humano. “Si esta problemática no se aborda debidamente, quizás se finalice la guerra, pero las condiciones que la originaron perdurarán y volverán a hacer crisis o a estallar en cualquier momento”, escribió. En los dos últimos años de su vida, Montes encontró razones para la esperanza en las visitas que hizo a la comunidad de Santa Marta (Cabañas). La comunidad se había originado en el campamento de refugiados de Mesa Grande, en Honduras. También visitó las comunidades de refugiados de Colomoncagua y San Antonio, en este último país. Al regreso de estos viajes, veía con optimismo el futuro de El Salvador.

Ciudad Segundo Montes

Los campesinos maltratados habían cambiado las balas y las bombas de El Salvador por una vida en campamentos mal ubicados, que prometían poco. Sin embargo, en pocos años, estas comunidades experimentaron una transformación profunda. Dieron un salto cualitativo al pasar “del individualismo a la solidaridad comunitaria, del analfabetismo a niveles envidiables de educación, del trabajo manual y primitivo del campo a cultivos delicados y complejos, a la cría técnica de animales y al manejo de máquinas complicadas, la producción de arte y artesanías, a la capacitación médica, sanitaria, docente y de servicio”. Estas líneas recogen la impresión que Montes trajo consigo después de la visita que hizo a Colomoncagua, a comienzos de 1989. En estas comunidades, forjadas por las adversidades de la guerra, Montes encontró indicios ciertos de un doloroso parto de una realidad nueva, la cual le dio pie para la esperanza. Una de estas comunidades adoptó su nombre, cuando retornaron de Honduras a El Salvador, en un intento por perpetuar su memoria, su compromiso y su esperanza. En el acto oficial de la fundación de Ciudad Segundo Montes, en Morazán, en marzo de 1990, el provincial de los jesuitas tomó la palabra en nombre del jesuita asesinado:

¿Qué les diría hoy Segundo Montes? Estoy seguro de que les diría lo siguiente: “Hermanos, ya están en su tierra, echen raíces. El destierro les ha madurado, les ha hecho más fuertes, les ha entrenado en un trabajo donde todos son necesarios y donde todos pueden trabajar juntos. Ahora se trata de echar raíces. De empapar esta tierra que lleva el nombre de Morazán con los sentimientos de solidaridad que ustedes siempre respiraron. De abonar esta tierra, antes inundada por la sangre injustamente derramada en tantas masacres, con el hambre y sed de justicia que ustedes tienen todavía después de tantos años de destierro. Ustedes son gente de paz. Construyan aquí la paz, con cimientos de justicia, de solidaridad, de un trabajo que no cree explotadores ni explotados.”

Celebración Mártires de la UCA

Fuentes:

Jorge Galán (2015). “Noviembre”, Editorial Planeta, México. 

Mª Pilar Aránzazu Jiménez Gutiérrez (2019). “Segundo Montes, primer defensor de los derechos humanos en El Salvador y precursor de la nueva sociología salvadoreña”, Tesis Doctoral, Universidad de Valladolid.  

Segundo Montes, en Biografías de los Mártires de la UCA

Colección Virtual, P. Segundo Montes, SJ

Fundación Segundo y Santiago Montes, Valladolid. 

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