En las fiestas de pastores y doctores, la liturgia de la Palabra nos llama a ser Luz del mundo. En la solemnidad de san Bernardo, y contemplando la historia y la misión que el santo de Claraval desarrolló en la Iglesia, comprobamos la coincidencia del texto litúrgico con su vida, pues se distinguió como antorcha luminosa, cuya luz se ha expandido por toda la tierra, gracias a sus escritos y de los monjes y monjas cistercienses.
Cada año, este día, desde hace ya cuarenta y cuatro, hemos elevado la acción de gracias al Señor, a la vez que hemos intentado iluminar el momento presente de la andadura monástica en este lugar. Hoy, deseo fijarme en algunas señales que nos pueden ayudar para avivar en cada uno lo que Jesús nos dice en el Evangelio: “Vosotros sois luz del mundo, vosotros sois sal de la tierra”.
UNA ENSEÑANZA
El santo doctor, y último padre de la Iglesia, en el sermón 18 sobre el Cantar de los Cantares, enseña: “Si eres sensato, preferirás ser concha y no canal; éste, según recibe el agua, la deja correr. La concha, no: espera a llenarse y, sin menoscabo propio, rebosa lo que le sobra, consciente de que caerá la maldición sobre el que malgaste lo que le ha correspondido. No desprecies mi consejo y escucha a Salomón, más sabio que yo: El necio vacía de una vez todo su espíritu, pero el sensato guarda algo para más tarde”. (San Bernardo, Sermón 18 del Cantar de los Cantares)
En estas palabras de San Bernardo encuentro este año una especial llamada para que Buenafuente siga siendo un lugar monástico abierto, a la vez que sagrado en su clausura; acogedor, al tiempo que silencioso; amigo y discreto; sensible a los signos de los tiempos y fiel a la Palabra; donde se ejercite el ministerio de la escucha y de la oración.
UNA IMAGEN
Al hilo del comentario del Santo Abad sobre cómo ser concha en vez de canal, me ha venido a los ojos, como mejor imagen, la que se puede contemplar en esta iglesia desde hace más de ochocientos años: “la Buena Fuente”.
Tenemos el privilegio de contemplar en el manantial de la Buena Fuente el consejo de San Bernardo. Si nos acercáramos a la pila del manantial, observaríamos cómo se llena de agua y por rebosamiento, llega a dar alivio y gozo, solaz y alegría, música y frescor, a todos los que se acercan a la plaza del Sistal.
Esta coincidencia de la fuente hecha concha con el mensaje del santo abad, nos puede llevar a elevar a signo de identidad la enseñanza de San Bernardo.
En 1972, nos atrevimos a formular que Buenafuente era silencio, pobreza, naturaleza, oración, pero que no los dábamos, sino que deseábamos compartirlos. Sentíamos que no podíamos brindar el silencio, sin al tiempo guardarlo; que no podíamos acoger, sin llevar al huésped a la oración, como indica San Benito en su regla. Nos comprendimos llamados a permanecer de otra manera, sin perder la identidad monástica, y sin que sufrieran las monjas deterioro en su carisma contemplativo. Sin duda que la llamada que sentimos, a la luz de la máxima de sabiduría de ser concha y no canal, nos ha sellado, sin saberlo, con el empeño de compartir, sin vaciarnos.
UNA LLAMADA
El sermón de San Bernardo continúa diciendo: “Hoy nos sobran canales en la Iglesia y tenemos poquísimas conchas. Parece ser tan grande la caridad de quienes vierten sobre nosotros las aguas del cielo, que prefieren derramarlas sin embeberse de ellas, dispuestos más a hablar que a escuchar, y a enseñar lo que no aprendieron. Se desviven por regir a los demás y no saben controlarse a sí mismos”. (San Bernardo, Sermón 18 del Cantar de los Cantares)
Desde el consejo de San Bernardo y la imagen permanente del manantial que nace en esta iglesia, que sirve el agua a la plaza por rebosamiento, permaneciendo siempre con agua en la pila donde alumbra, sentimos reforzarse la llamada que tuvimos al principio de los años setenta, la de no secarnos por acoger, no sucumbir por agotamiento. De ahí la prolongación del carisma monástico en las manos alargadas de tantos que son apoyo para la Comunidad. Queridas monjas y amigos, en la medida que sepamos retener la experiencia interior, podremos compartirla. Solo el que habla desde dentro llega adentro. Sólo el testigo atrae a quien en estos tiempos busca discernimiento.
UN RECUERDO
Este año sentimos presente a Madre Teresita, quien nos dejaba el 12 de junio, próximo a cumplirse el 106 aniversario de su nacimiento. Estoy seguro de que se ha convertido en intercesora, enviándonos ángeles. Si Santa Teresita del Niño Jesús prometió enviar una lluvia de rosas después de su muerte, confiamos que Madre Teresita, quien afirmaba en vida que se pasaba el día enviando ángeles a los que le pedían oraciones, lo seguirá haciendo con mayor facilidad desde el cielo. Sabemos que son muchas las personas que se encomiendan a ella.
Tengo para mí que los que se han marchado de los nuestros permanecen presentes y favorables, y si los invocamos en el Señor son nuestros mejores valedores, pues si nos querían mientras compartíamos con ellos la historia, cómo no nos van a querer cuando están junto al Amor infinito y divino. Estoy seguro de que muchas gracias, que quizá recibimos sin saber por qué, tienen su mediación providente en la intercesión de los que nos han precedido y viven con Dios.
Cuando hago cuentas de los que ya se han marchado, no me entra nostalgia, sino mayor seguridad de no estar solos en el empeño de llevar a cabo lo que Dios quiera.
UNA AUSENCIA
Si sentimos presentes a los que Dios ha llamado para sí, nos es difícil acostumbrarnos a ver el Hogar y la Misión Rural cerrados, y sin la presencia de las Hermanas de la Caridad de Santa Ana y de los ancianos. Ha sido una verdadera pérdida para toda la zona, y para la imagen eclesial que ofrecía Buenafuente. No obstante, abracé el acontecimiento como providencia y bendije a Dios en el despojo.
Es verdad que se hacía inviable el mantenimiento del Hogar, por las plazas vacías y por el incremento de los costos y exigencias de la Administración. Sin embargo, habríamos puesto todo el esfuerzo y todos los medios, si las Hermanas hubieran permanecido.
Nunca quisimos oponernos a la decisión de la Congregación, hubiera sido una reacción ingrata a tanto bien como nos había hecho durante treinta y cinco años. Que el Señor recompense tanta hospitalidad como nos regalaron y nos siga indicando dónde desea que pongamos nuestras manos.
UN ANIVERSARIO
Este año recordamos el cuadragésimo aniversario de la llegada de los Amigos de Buenafuente (1973-2013). El próximo 14 de septiembre, deseamos dar gracias a Dios por tantos que a lo largo de este tiempo nos han ayudado de manera discreta, tantas veces con gestos anónimos. Gracias a ellos, ha sido posible que este lugar tenga hoy la imagen, capacidad e instalaciones que ofrece a quienes desean pasar unos días de retiro y oración. Sin duda que, al sumar el día a día de los últimos cuarenta años y al contemplar el presente, nos viene a los labios como alabanza el salmo 125: “Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar”.
Cuarenta años no son un día, aunque parezca que fue ayer cuando oíamos decir a las campanas “no queremos callar”. Desde entonces hasta hoy, y como mejor símbolo, voltean tres campanas en la espadaña.
UN PROYECTO
No se me oculta la pregunta que tantas veces me asalta sobre qué va ser de Buenafuente. Madre Teresita cantaba en algún tiempo: “Buenafuente no se acaba, no se acaba Buenafuente”. Tengo para mí, y creo obedecer a la tradición de ochocientos años, que el Sistal deberá seguir siendo un lugar de oración y de acogida, de lectio divina y de silencio, de naturaleza y de eclesialidad. En la medida que sepa conjugar ser concha que retenga la experiencia de Dios y la desborde amorosamente, ofreciéndola a quienes buscan con sed, no se agotará la Buena Fuente.
Se decía de San Bernardo que “todo su conocimiento de las Escrituras y el sentido espiritual que aún hoy día descubre en ellas, confiesa haberlo adquirido meditando y orando en los bosques y en los campos, y repite a menudo a sus amigos esta bellísima frase: que en esto no he tenido otros maestros que las encinas y las hayas” (Guillermo de Saint-Thierry, Vita Prima, lib. I cap. IV; P. L. 185, col. 238-41).
Queridas hermanas y amigos, no nos falta el bosque, ni el encuentro con la Palabra. Que San Bernardo nos conceda el conocimiento espiritual de las Escrituras para que sepamos seguir siendo luz y sal en la llamada que nos hace la Iglesia para la Nueva Evangelización.