David, un referente bíblico

Durante las primeras semanas de lo que en liturgia se llama Tiempo Ordinario, en la primera lectura, correspondiente a los años pares, se proclama el libro de Samuel. La meditación de este texto bíblico no sólo nos da noticias de los orígenes de la monarquía de Israel y de Judá, sino que ilumina la historia de cada uno de los que nos dejamos acompañar por la Palabra de Dios.
LA VOCACIÓN DE DAVID
En el libro de Samuel se narra cómo eligió Dios a David para ponerlo al frente de su pueblo. Una sucesión de hechos providentes resaltan la figura del más pequeño de los hijos de Jesé, pastor, de buen parecer y valiente.
Ungido por el profeta Samuel, destaca por su destreza, y le consigue al rey Saúl victorias importantes. Sucede al rey Saúl y se le proclama rey de Israel y de Judá. Conquista Hebrón y el corazón de la tierra de los cananeos, Jerusalén. Lo aclaman las doncellas de Sión, y entra victorioso con el Arca de la Alianza hasta la cima de la que será su ciudad.
EL PECADO DE DAVID
Encumbrado por los éxitos y la popularidad, el rey David, que siempre acompañaba a sus hombres en las batallas, se quedó en casa, mientras enviaba a sus soldados a la guerra. Dio paso al deseo de la mujer de su prójimo, extorsionó y violentó a la esposa de Urías, el hitita, quiso encubrir su delito con agasajos a su fiel soldado para que no descubriera la maldad de su acción con Betsabé, y ante la imposibilidad de ocultar su pecado, mandó ejecutar una estrategia para que pereciera su más fiel y valiente guerrero. Así pudo tomar por esposa a Betsabé, de la que esperaba un hijo.
Un primer acto de infidelidad de David, como fue no ir con sus soldados al frente, provocó una cadena de hechos contrarios a la honestidad y al respeto debido a la mujer de su prójimo. Esta acción desencadenó un huracán de proyectos malvados, violentos, criminales, hasta llegar a provocar la muerte de Urías.
REACCIÓN DE DAVID
Dios le hizo saber a David que había cometido un pecado terrible, semejante al de aquel que, teniendo abundantes ganados, a la hora de dar un banquete, le roba a un pobre la única corderilla que tenía.
David, ante la denuncia de su pecado, reaccionó con humildad, rogó el perdón de Dios, asumió su delito, confesó su pecado: “Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión, borra mi culpa, limpia mi pecado…” (Sal 50).
LA FIDELIDAD DE DIOS
Dios no se retracta, no retira su bendición a David, acepta su confesión, lo perdona, y le devuelve su favor después de haberle hecho expiar su pecado y sentir el dolor de la muerte del hijo engendrado.
En esta historia se contienen tantos procesos de nuestro corazón que sólo se resuelven con la humildad y la conversión.