Domingo 31º TO B 2ª lect. (04.11.2018): Nuevo y definitivo sacerdocio
Comentario: “puede salvar definitivamente a los que por él se acercan a Dios” (Heb 7,23-28)
Los capítulos 6-10 están dedicados a exponer el sacerdocio existencial de Jesús, y sus diferencias con el sacerdocio levítico, tanto en el aspecto personal como en la eficacia salvadora. Hoy leemos la superioridad y perfección de Cristo resucitado que prolonga la eficacia de su vida terrena como sacerdote de la vida. Su amor tiene validez eterna y universal.
El sacerdocio de Jesús no pasa
“Ha habido multitud de sacerdotes del antiguo Testamento, porque la muerte les impedía permanecer; como éste, en cambio, permanece para siempre, tiene el sacerdocio que no pasa. De ahí que puede salvar definitivamente a los que por medio de él se acercan a Dios, porque vive siempre para interceder en su favor” (7,23-25).
Jesús ha sido ungido sacerdote por el Espíritu Santo. Su “unción” le ha dinamizado para dar el amor del Padre, amarnos con su mismo Espíritu y abrirnos la posibilidad, por la fe, de acceder a la situación de gracia del Padre. Toda su vida ha sido sacerdotal, sin ritos, sin actos de culto organizado, sin momentos sagrados marginales. La resurrección –vida para siempre- ha hecho eterno su sacerdocio. Quienes confiados en la palabra de Jesús –“el Padre os ama, espera, está a la puerta, os perdona...” (Lc 15)- se acercan a Dios, “encuentran salvación definitiva”. Viven ya en Cristo resucitado que “siempre intercede en su favor”, reciben su paz y alegría, son capaces de vivir en su mismo Amor, en el mismo Espíritu que les inunda.
Perfección del sacerdocio existencial de Jesús
“Y tal convenía que fuese nuestro sumo sacerdote: santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores y encumbrado sobre el cielo. Él no necesita ofrecer sacrificios cada día -como los sumos sacerdotes, que ofrecían primero por los propios pecados, después por los del pueblo, porque lo hizo de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo. En efecto, la Ley hace a los hombres sumos sacerdotes llenos de debilidades. En cambio, las palabras del juramento, posterior a la Ley, consagran al Hijo, perfecto para siempre” (7, 26-28).
Esta es la perfección del sacerdocio existencial de Jesús. La ofrenda de su vida fue de una vez para siempre. Se inició en la encarnación “por obra del Espíritu Santo”, continuó en su aceptación e investidura en el bautismo del Espíritu, y tuvo su expresión concentrada en la aceptación de la muerte infringida por el desamor más radical, y contestada por él según el Espíritu de perdón y la entrega del mismo Espíritu a los que quisieran seguir su camino. La resurrección es la respuesta del Padre a su vida en amor. Así seguirá siempre intercediendo, es decir, manifestando la validez y eficacia de su Espíritu. “Su muerte fue un morir al pecado de una vez para siempre; mas su vida es un vivir para Dios” (Rm 6,10). “También Cristo para llevarnos a Dios, murió una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, muerto en la carne, vivificado en el espíritu” (1Pe 3, 18). Vivió el amor del Padre en plenitud. Eso es ser “santo...”. Ya glorificado ha encontrado la perfección para siempre.
Oración: “puede salvar definitivamente a los que por él se acercan a Dios” (Heb 7, 23-28)
Jesús sacerdote eterno a favor de la humanidad:
a los que creemos en ti, al ser bautizados, nos ha hecho:
“reino y sacerdotes para Dios, tu Padre” (Apoc 1,6; 5,9-10);
“hemos sido consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo
por la regeneración y por la unción del Espíritu Santo” (LG 10);
nos has bendecido con tu mismo Espíritu;
hemos sentido el amor del Padre, que nos acepta como hijos;
todos hermanos, con la misma dignidad;
en todos habita el Espíritu divino como en un templo;
somos “piedras vivas”, “templo espiritual”, “pueblo de Dios” (1Pe 2, 4-9);
todos objeto y sujetos activos y responsables de la misión;
“lo que afecta a todos debe ser tratado y decidido por todos”;
somos el Pueblo santo, cuya cabeza eres tú, Jesús de todos.
Nuestra existencia en Amor es ofrenda agradable a Dios:
nuestro esfuerzo por restaurar la vida es anuncio del Amor divino;
nuestra acogida de marginados y pecadores es predicar tu Reino;
compartir la mesa es crear la fraternidad, la “iglesia” que Dios quiere;
aportamos razón de nuestra esperanza a quien nos la pidiere;
es el “sacerdocio común”, el básico, el compartido por todos;
es el sacerdocio tuyo, único, “el sacerdocio que no pasa;
el que salva definitivamente a los que por medio de ti se acercan a Dios,
porque vives siempre para interceder en nuestro favor” (Heb 7,24-25).
No estamos acostumbrados a este lenguaje sacerdotal:
entre nosotros decir “sacerdote” alude al sacerdocio “ministerial”;
un ministerio o servicio “ordenado” para la comunidad;
una función para edificar la comunidad sacerdotal;
una tarea, un oficio y un don para ser todos sacerdotes como tú.
Todos compartimos tu misma misión:
anunciamos el evangelio del amor del Padre;
edificamos la fraternidad que él quiere, la Iglesia;
proclamamos la esperanza pascual;
somos asamblea de Dios, toda ministerial o de servicio;
somos como un cuerpo con diversos miembros;
cada uno tiene funciones específicas;
unos son constituidos apóstoles, otros profetas, maestros...
“para equipar a los consagrados a la tarea del servicio” (1Cor 12,28; Ef 4,11; Rm 12,5-8).
Sacerdotes “ministeriales” son obispos, presbíteros, diáconos:
los consagramos a ese servicio con el sacramento del Orden;
tienen la plenitud del ministerio, no el monopolio;
están al servicio de la comunidad para que ésta sea sacerdotal;
procuran que todos nos sintamos hijos de Dios y hermanos;
cuidan de que no falte tu amor a los más débiles;
hacen que tu Palabra habite en la comunidad y en cada corazón,
presiden la comunidad y animan tus sacramentos de vida;
evitan que se deforme tu memoria con elementos extraños;
trabajan para que tu Buena Noticia se extienda por todas partes;
guían la misión y procuran que todos participemos en ella...
Jesús sacerdote eterno a favor de todos:
que en ti veamos y recibamos el Amor que Dios nos tiene;
que nos sintamos alegres por ser hijos de Dios y esperar su gloria:
“ofreciendo a Dios sin cesar, por medio de él, un sacrificio de alabanza,
es decir, el fruto de los labios que celebran su nombre” (Heb 13,15);
que vivamos dando nuestra vida a los hermanos:
“no olvidando hacer el bien y ayudándonos mutuamente,
porque son ésos los sacrificios que agradan a Dios” (Heb 13,16)
Rufo González
Jaén, noviembre 2018
Los capítulos 6-10 están dedicados a exponer el sacerdocio existencial de Jesús, y sus diferencias con el sacerdocio levítico, tanto en el aspecto personal como en la eficacia salvadora. Hoy leemos la superioridad y perfección de Cristo resucitado que prolonga la eficacia de su vida terrena como sacerdote de la vida. Su amor tiene validez eterna y universal.
El sacerdocio de Jesús no pasa
“Ha habido multitud de sacerdotes del antiguo Testamento, porque la muerte les impedía permanecer; como éste, en cambio, permanece para siempre, tiene el sacerdocio que no pasa. De ahí que puede salvar definitivamente a los que por medio de él se acercan a Dios, porque vive siempre para interceder en su favor” (7,23-25).
Jesús ha sido ungido sacerdote por el Espíritu Santo. Su “unción” le ha dinamizado para dar el amor del Padre, amarnos con su mismo Espíritu y abrirnos la posibilidad, por la fe, de acceder a la situación de gracia del Padre. Toda su vida ha sido sacerdotal, sin ritos, sin actos de culto organizado, sin momentos sagrados marginales. La resurrección –vida para siempre- ha hecho eterno su sacerdocio. Quienes confiados en la palabra de Jesús –“el Padre os ama, espera, está a la puerta, os perdona...” (Lc 15)- se acercan a Dios, “encuentran salvación definitiva”. Viven ya en Cristo resucitado que “siempre intercede en su favor”, reciben su paz y alegría, son capaces de vivir en su mismo Amor, en el mismo Espíritu que les inunda.
Perfección del sacerdocio existencial de Jesús
“Y tal convenía que fuese nuestro sumo sacerdote: santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores y encumbrado sobre el cielo. Él no necesita ofrecer sacrificios cada día -como los sumos sacerdotes, que ofrecían primero por los propios pecados, después por los del pueblo, porque lo hizo de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo. En efecto, la Ley hace a los hombres sumos sacerdotes llenos de debilidades. En cambio, las palabras del juramento, posterior a la Ley, consagran al Hijo, perfecto para siempre” (7, 26-28).
Esta es la perfección del sacerdocio existencial de Jesús. La ofrenda de su vida fue de una vez para siempre. Se inició en la encarnación “por obra del Espíritu Santo”, continuó en su aceptación e investidura en el bautismo del Espíritu, y tuvo su expresión concentrada en la aceptación de la muerte infringida por el desamor más radical, y contestada por él según el Espíritu de perdón y la entrega del mismo Espíritu a los que quisieran seguir su camino. La resurrección es la respuesta del Padre a su vida en amor. Así seguirá siempre intercediendo, es decir, manifestando la validez y eficacia de su Espíritu. “Su muerte fue un morir al pecado de una vez para siempre; mas su vida es un vivir para Dios” (Rm 6,10). “También Cristo para llevarnos a Dios, murió una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, muerto en la carne, vivificado en el espíritu” (1Pe 3, 18). Vivió el amor del Padre en plenitud. Eso es ser “santo...”. Ya glorificado ha encontrado la perfección para siempre.
Oración: “puede salvar definitivamente a los que por él se acercan a Dios” (Heb 7, 23-28)
Jesús sacerdote eterno a favor de la humanidad:
a los que creemos en ti, al ser bautizados, nos ha hecho:
“reino y sacerdotes para Dios, tu Padre” (Apoc 1,6; 5,9-10);
“hemos sido consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo
por la regeneración y por la unción del Espíritu Santo” (LG 10);
nos has bendecido con tu mismo Espíritu;
hemos sentido el amor del Padre, que nos acepta como hijos;
todos hermanos, con la misma dignidad;
en todos habita el Espíritu divino como en un templo;
somos “piedras vivas”, “templo espiritual”, “pueblo de Dios” (1Pe 2, 4-9);
todos objeto y sujetos activos y responsables de la misión;
“lo que afecta a todos debe ser tratado y decidido por todos”;
somos el Pueblo santo, cuya cabeza eres tú, Jesús de todos.
Nuestra existencia en Amor es ofrenda agradable a Dios:
nuestro esfuerzo por restaurar la vida es anuncio del Amor divino;
nuestra acogida de marginados y pecadores es predicar tu Reino;
compartir la mesa es crear la fraternidad, la “iglesia” que Dios quiere;
aportamos razón de nuestra esperanza a quien nos la pidiere;
es el “sacerdocio común”, el básico, el compartido por todos;
es el sacerdocio tuyo, único, “el sacerdocio que no pasa;
el que salva definitivamente a los que por medio de ti se acercan a Dios,
porque vives siempre para interceder en nuestro favor” (Heb 7,24-25).
No estamos acostumbrados a este lenguaje sacerdotal:
entre nosotros decir “sacerdote” alude al sacerdocio “ministerial”;
un ministerio o servicio “ordenado” para la comunidad;
una función para edificar la comunidad sacerdotal;
una tarea, un oficio y un don para ser todos sacerdotes como tú.
Todos compartimos tu misma misión:
anunciamos el evangelio del amor del Padre;
edificamos la fraternidad que él quiere, la Iglesia;
proclamamos la esperanza pascual;
somos asamblea de Dios, toda ministerial o de servicio;
somos como un cuerpo con diversos miembros;
cada uno tiene funciones específicas;
unos son constituidos apóstoles, otros profetas, maestros...
“para equipar a los consagrados a la tarea del servicio” (1Cor 12,28; Ef 4,11; Rm 12,5-8).
Sacerdotes “ministeriales” son obispos, presbíteros, diáconos:
los consagramos a ese servicio con el sacramento del Orden;
tienen la plenitud del ministerio, no el monopolio;
están al servicio de la comunidad para que ésta sea sacerdotal;
procuran que todos nos sintamos hijos de Dios y hermanos;
cuidan de que no falte tu amor a los más débiles;
hacen que tu Palabra habite en la comunidad y en cada corazón,
presiden la comunidad y animan tus sacramentos de vida;
evitan que se deforme tu memoria con elementos extraños;
trabajan para que tu Buena Noticia se extienda por todas partes;
guían la misión y procuran que todos participemos en ella...
Jesús sacerdote eterno a favor de todos:
que en ti veamos y recibamos el Amor que Dios nos tiene;
que nos sintamos alegres por ser hijos de Dios y esperar su gloria:
“ofreciendo a Dios sin cesar, por medio de él, un sacrificio de alabanza,
es decir, el fruto de los labios que celebran su nombre” (Heb 13,15);
que vivamos dando nuestra vida a los hermanos:
“no olvidando hacer el bien y ayudándonos mutuamente,
porque son ésos los sacrificios que agradan a Dios” (Heb 13,16)
Rufo González
Jaén, noviembre 2018