Domingo 30º TO B 2ª lect. (28.10.2018): sacerdotes del Nuevo Testamento
Comentario: “Tú eres mi hijo... tú eres sacerdote para siempre” (Heb 5,1-6)
Esta carta interpreta la vida de Jesús con categorías sacerdotales
Le sirve de modelo el sacerdocio del Antiguo Testamento. Los cuatro primeros versículos de hoy recogen las características del sumo sacerdote judío : a) Elegido para representar al ser humano ante Dios ofreciendo dones y sacrificios por los pecados (v. 1). b) Comprende a los ignorantes y extraviados por ser él también débil (v.2). c) Ofrece sacrificios por él y por el pueblo (v. 3). d) Llamado por Dios, como Aarón (v. 4).
Jesús, en su vida real, supera este sacerdocio, y puede ser considerado como el supremo y único sacerdote según Dios quiere. Su vida en amor ha sido verdadero sacerdocio existencial: ha unido a los hombres con Dios, vinculándolos al amor de Padre. “El Padre os ama” (Jn 16, 27), intima Jesús a todos. Pide responder como él al amor del Padre, viviendo el reino: orando, curando, hermanando, liberando del odio, buscando la verdad y la vida para todos...
Jesús realiza el sacerdocio en su vida, sin ritos religiosos
“Así también Cristo no se atribuyó la gloria de constituirse sumo sacerdote, sino que la recibió de aquel que le dijo: `Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy´” (v. 5). “Como dice también en otro lugar: `Tú eres sacerdote para siempre, a la manera de Melquisedec´” (v. 6).
Dios, que nombró a Aarón, llamó a Jesús “mi Hijo” (Sal 2,7), y lo proclamó sacerdote a la manera de Melquisedec (Sal 110,4). Nombre y título (“rey de justicia” y “rey de paz”) (7,2), genealogía desconocida, y su perpetuidad (7,3), le sirven para verlo como figura de Jesús que, al sentirse Hijo de Dios, se siente vitalmente sacerdote: da el amor divino, y responde con el mismo amor. Este sacerdocio no es ritual. Es sacerdocio de vida, existencial, sin religión organizada. Recuerda a Melquisedec (Gén 14,17-20), sacerdote y rey de Salén (rey “de justicia y de paz”), que sale al encuentro de Abrahán con pan y vino, a quien bendice en nombre del Dios creador del cielo y de la tierra. Abrahán le da el diezmo, y así le reconoce superior. El sacerdocio de Jesús radica en la misma creación, en la existencia humana. El Creador nos envía a su mismo Hijo para traernos su mismo Espíritu, y poder así vivir como Dios quiere, realizando su reino “de justicia y paz”, proyecto de vida humanizada.
Todo bautizado es constituido sacerdote por el Espíritu
Jesús es el sacerdote que nos ha traído la verdad de Dios y nos lleva a Dios con la fuerza de su Espíritu. No mediante ceremonias y ritos, sino incorporándonos a su misma vida. Gracias al Espíritu de Jesús todos somos sacerdotes. Todos estamos unidos a Dios, “lo sagrado” (sacer: sagrado), y damos a Dios (docio: acción de dar) al amar con su mismo Espíritu. El llamar “sacerdotes” a ciertos servidores de la comunidad (obispos, presbíteros, diáconos) es un hecho posterior en la historia cristiana. En el Nuevo Testamento se les da otros nombres de acuerdo con el servicio que hacen a la comunidad cristiana: “supervisores” -epíscopos, obispos-, “ancianos” -presbíteros-, “servidores” -diáconos-, “guías”, “dirigentes”...
Oración: “Tú eres mi hijo... tú eres sacerdote para siempre” (Hebr 5,1-6)
Jesús, sacerdote del Dios vivo y verdadero:
Con el evangelio de Juan reconocemos que
“a Dios, a la divinidad, nadie la ha visto nunca;
un Hijo único, Dios, el que está de cara al Padre, ha sido la explicación”.
Por eso el centro de nuestra vida no es Dios, sino tú, Jesús:
en ti, Jesús hermano, se nos ha revelado, se nos ha dado Dios;
tú eres la humanización de Dios, su encarnación;
por eso dices a Felipe, “el que me ve a mí, está viendo al Padre” (Jn 14, 9);
En el fondo nos estás conduciendo hacia la verdadera religión:
“solidaridad y hacer el bien son los sacrificios que agradan a Dios” (Heb 13,16);
tu vida no fue un rito religioso ni ceremonia sagrada;
no ofreciste sangre de animales ni pan ni vino;
te ofreciste a ti mismo, tu actividad, tu sangre, tu cuerpo;
tu oración consagró y modeló tu vida en amor a los hermanos (Heb 7,27; 9,9-14).
“La religión pura y sin tacha, a los ojos de Dios, es esta:
mirar por los huérfanos y las viudas en sus necesidades
y no dejarse contaminar por el mundo” (Sant 1, 27);
es decir, no hacerse cómplice del egoísmo que esclaviza y acapara para sí,
buscando honores, prestigio y poder;
asociándose con fuerzas brutas y perversas.
Las religiones, hechura de manos humanas, nos “religan”:
a unos criterios y sistemas sin discusión posible;
a unas observancias impuestas por los dirigentes como voluntad divina;
a unos rituales para obtener el favor divino, fanáticos, mágicos...
Estas religiones nos han endurecido el corazón:
lo “sagrado” y “religioso” por encima de lo “profano” y “laico”,
provocan rupturas y dificultades en la coexistencia;
promueven rezos por egoísmo y por su propia subsistencia;
marginan y desprecian a quienes no comparten sus creencias y ritos;
interpretan los sufrimientos como castigo divino...;
así tranquilizan su conciencia y olvidan a los que sufren;
exaltan la pobreza y humildad viviendo una vida regalada e imperial;
exhortan al diálogo sin tolerar diálogo ni escuchar a los discrepantes de casa;
se alejan de los “pecadores” contaminados por desobediencia...
Jesús, sacerdote del Dios vivo y verdadero:
tu proyecto de vida está centrado en amor a justos e injustos, judíos y gentiles...;
sacaste lo “sagrado” del templo y de los sacerdotes, de la religión y sus normas...;
lo “sagrado” está en la vida y dignidad, en la dicha y realización, humanas;
la Ley y del Templo te enfrentó a los dirigentes y fue causa de tu muerte;
entendiste la vida desde el amor desinteresado del Padre-Madre:
- tu oración te consagró a vivir para los demás: curando, dando vida, hermanando...;
- lo que daña a la persona es contrario a la voluntad divina, es pecado;
- toda fuerza o poder que deshumaniza a los seres humanos es pecado.
Que tu Espíritu mueva nuestra vida en tu seguimiento:
Sintiéndonos hijos, amados por el Padre y por ti;
actuando como tú en el cuidado y promoción del ser humano;
ejerciendo así nuestro sacerdocio existencial, laico, vital...;
recibiendo y entregando el Espíritu de Dios a todos.
Rufo González
Jaén, octubre 2018
Esta carta interpreta la vida de Jesús con categorías sacerdotales
Le sirve de modelo el sacerdocio del Antiguo Testamento. Los cuatro primeros versículos de hoy recogen las características del sumo sacerdote judío : a) Elegido para representar al ser humano ante Dios ofreciendo dones y sacrificios por los pecados (v. 1). b) Comprende a los ignorantes y extraviados por ser él también débil (v.2). c) Ofrece sacrificios por él y por el pueblo (v. 3). d) Llamado por Dios, como Aarón (v. 4).
Jesús, en su vida real, supera este sacerdocio, y puede ser considerado como el supremo y único sacerdote según Dios quiere. Su vida en amor ha sido verdadero sacerdocio existencial: ha unido a los hombres con Dios, vinculándolos al amor de Padre. “El Padre os ama” (Jn 16, 27), intima Jesús a todos. Pide responder como él al amor del Padre, viviendo el reino: orando, curando, hermanando, liberando del odio, buscando la verdad y la vida para todos...
Jesús realiza el sacerdocio en su vida, sin ritos religiosos
“Así también Cristo no se atribuyó la gloria de constituirse sumo sacerdote, sino que la recibió de aquel que le dijo: `Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy´” (v. 5). “Como dice también en otro lugar: `Tú eres sacerdote para siempre, a la manera de Melquisedec´” (v. 6).
Dios, que nombró a Aarón, llamó a Jesús “mi Hijo” (Sal 2,7), y lo proclamó sacerdote a la manera de Melquisedec (Sal 110,4). Nombre y título (“rey de justicia” y “rey de paz”) (7,2), genealogía desconocida, y su perpetuidad (7,3), le sirven para verlo como figura de Jesús que, al sentirse Hijo de Dios, se siente vitalmente sacerdote: da el amor divino, y responde con el mismo amor. Este sacerdocio no es ritual. Es sacerdocio de vida, existencial, sin religión organizada. Recuerda a Melquisedec (Gén 14,17-20), sacerdote y rey de Salén (rey “de justicia y de paz”), que sale al encuentro de Abrahán con pan y vino, a quien bendice en nombre del Dios creador del cielo y de la tierra. Abrahán le da el diezmo, y así le reconoce superior. El sacerdocio de Jesús radica en la misma creación, en la existencia humana. El Creador nos envía a su mismo Hijo para traernos su mismo Espíritu, y poder así vivir como Dios quiere, realizando su reino “de justicia y paz”, proyecto de vida humanizada.
Todo bautizado es constituido sacerdote por el Espíritu
Jesús es el sacerdote que nos ha traído la verdad de Dios y nos lleva a Dios con la fuerza de su Espíritu. No mediante ceremonias y ritos, sino incorporándonos a su misma vida. Gracias al Espíritu de Jesús todos somos sacerdotes. Todos estamos unidos a Dios, “lo sagrado” (sacer: sagrado), y damos a Dios (docio: acción de dar) al amar con su mismo Espíritu. El llamar “sacerdotes” a ciertos servidores de la comunidad (obispos, presbíteros, diáconos) es un hecho posterior en la historia cristiana. En el Nuevo Testamento se les da otros nombres de acuerdo con el servicio que hacen a la comunidad cristiana: “supervisores” -epíscopos, obispos-, “ancianos” -presbíteros-, “servidores” -diáconos-, “guías”, “dirigentes”...
Oración: “Tú eres mi hijo... tú eres sacerdote para siempre” (Hebr 5,1-6)
Jesús, sacerdote del Dios vivo y verdadero:
Con el evangelio de Juan reconocemos que
“a Dios, a la divinidad, nadie la ha visto nunca;
un Hijo único, Dios, el que está de cara al Padre, ha sido la explicación”.
Por eso el centro de nuestra vida no es Dios, sino tú, Jesús:
en ti, Jesús hermano, se nos ha revelado, se nos ha dado Dios;
tú eres la humanización de Dios, su encarnación;
por eso dices a Felipe, “el que me ve a mí, está viendo al Padre” (Jn 14, 9);
“en tu Humanidad sacratísima Su Majestad se deleita -Mt 3, 17-...
Este Señor nuestro es por quien nos vienen todos los bienes.
Él lo enseñará; mirando su vida...” (Teresa de Jesús: Libro de la vida 22,6-7).
En el fondo nos estás conduciendo hacia la verdadera religión:
“solidaridad y hacer el bien son los sacrificios que agradan a Dios” (Heb 13,16);
tu vida no fue un rito religioso ni ceremonia sagrada;
no ofreciste sangre de animales ni pan ni vino;
te ofreciste a ti mismo, tu actividad, tu sangre, tu cuerpo;
tu oración consagró y modeló tu vida en amor a los hermanos (Heb 7,27; 9,9-14).
“La religión pura y sin tacha, a los ojos de Dios, es esta:
mirar por los huérfanos y las viudas en sus necesidades
y no dejarse contaminar por el mundo” (Sant 1, 27);
es decir, no hacerse cómplice del egoísmo que esclaviza y acapara para sí,
buscando honores, prestigio y poder;
asociándose con fuerzas brutas y perversas.
Las religiones, hechura de manos humanas, nos “religan”:
a unos criterios y sistemas sin discusión posible;
a unas observancias impuestas por los dirigentes como voluntad divina;
a unos rituales para obtener el favor divino, fanáticos, mágicos...
Estas religiones nos han endurecido el corazón:
lo “sagrado” y “religioso” por encima de lo “profano” y “laico”,
provocan rupturas y dificultades en la coexistencia;
promueven rezos por egoísmo y por su propia subsistencia;
marginan y desprecian a quienes no comparten sus creencias y ritos;
interpretan los sufrimientos como castigo divino...;
así tranquilizan su conciencia y olvidan a los que sufren;
exaltan la pobreza y humildad viviendo una vida regalada e imperial;
exhortan al diálogo sin tolerar diálogo ni escuchar a los discrepantes de casa;
se alejan de los “pecadores” contaminados por desobediencia...
Jesús, sacerdote del Dios vivo y verdadero:
tu proyecto de vida está centrado en amor a justos e injustos, judíos y gentiles...;
sacaste lo “sagrado” del templo y de los sacerdotes, de la religión y sus normas...;
lo “sagrado” está en la vida y dignidad, en la dicha y realización, humanas;
la Ley y del Templo te enfrentó a los dirigentes y fue causa de tu muerte;
entendiste la vida desde el amor desinteresado del Padre-Madre:
- tu oración te consagró a vivir para los demás: curando, dando vida, hermanando...;
- lo que daña a la persona es contrario a la voluntad divina, es pecado;
- toda fuerza o poder que deshumaniza a los seres humanos es pecado.
Que tu Espíritu mueva nuestra vida en tu seguimiento:
Sintiéndonos hijos, amados por el Padre y por ti;
actuando como tú en el cuidado y promoción del ser humano;
ejerciendo así nuestro sacerdocio existencial, laico, vital...;
recibiendo y entregando el Espíritu de Dios a todos.
Rufo González
Jaén, octubre 2018