Domingo 22º Tiempo Ordinario C (01.09.2013)

“Queremos que la Iglesia salga a la calle”

Introducción:os habéis acercado al Mediador Jesús (Hebr 12,18-19.22-24a)
Los versículos de hoy aclaran y refuerzan la exhortación a perseverar en la fe de Jesús. Los dos fragmentos contraponen los rasgos principales de las dos Alianzas, el Antiguo y el Nuevo Testamento. Se ve la revelación progresiva de Dios que acompaña a la progresiva historia humana. “Así, a través de los siglos, el Padre providente y justo juez, fue preparando el camino del Evangelio” (DV 3).

V. 18: Pues no os habéis acercado a (algo) palpable, al fuego ardiente, a la oscuridad y tiniebla, a la tempestad, V. 19: al sonido de la trompeta, y a la voz de palabras que quienes las oían suplicaban no añadirles una palabra... La relación con Dios es material: realidades tangibles como la montaña, el fuego ardiente, la oscuridad y la tiniebla, los truenos... Esta relación produce miedo, espanto...

V. 22: Pero vosotros os habéis acercado al monte Sión, y a la ciudad de Dios vivo, Jerusalén celeste, y a miríadas de ángeles, a reunión festiva (panegurei: de pan-agorá: todo asamblea, participación plena), V. 23: y a Iglesia de primogénitos inscritos en los cielos, y a Dios juez de todos, y a espíritus de justos consumados, V. 24: y al mediador de nueva alianza Jesús, y a una sangre de aspersión que habla mejor que Abel. Al creer a Jesús, hemos entrado en una relación nueva, más humana, más personal. La cercanía del Misterio divino se ha personalizado, produce lo propio de una relación amorosa: gozo, paz y armonía. Nos hemos hecho conciudadanos del cielo, de los ángeles. Hemos entrado en la “ciudad de Dios vivo, la Jerusalén nueva, la asamblea plena”. Pertenecemos a los regenerados por el Espíritu del Primogénito, “Jesús mediador de la nueva alianza”. Vivimos con “Dios juez de todos”. Estamos ya en la comunión con los “justos consumados”.

El número 4 de la “Dei Verbum” (Constitución Dogmática sobre la Divina Revelación), del Vaticano II, puede ser un comentario excelente al texto de hoy:
“[Cristo lleva a su culmen la revelación]
Después que Dios habló muchas veces y de muchas maneras por los profetas, últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo (Hebr 1,1-2). Pues envió a su Hijo, es decir, al Verbo eterno, que ilumina a todos los hombres, para que viviera entre ellos y les manifestara los secretos de Dios (cf. Jn 1, 1-18); Jesucristo, pues, el Verbo hecho carne, «hombre enviado a los hombres», habla palabras de Dios (Jn 3,34) y lleva a cabo la obra de la salvación que el Padre le confió (cf. Jn 5,36; 17,4). Por tanto, Jesucristo -ver al cual es ver al Padre (cf. Jn 14,9)-, con su total presencia y manifestación personal, con palabras y obras, señales y milagros, y, sobre todo, con su muerte y resurrección gloriosa de entre los muertos, finalmente, con el envío del Espíritu de verdad, completa la revelación y confirma con el testimonio divino que vive Dios con nosotros para liberarnos de las tinieblas del pecado y de la muerte y resucitarnos a la vida eterna.
La economía cristiana, por tanto, como alianza nueva y definitiva, nunca cesará y no hay que esperar ya ninguna revelación pública antes de la gloriosa manifestación de nuestro Señor Jesucristo (cf. 1Tim 6,14; Tit 2,13)” (DV 4).


Oración:os habéis acercado al Mediador Jesús (Hebr 12,18-19.22-24a)

Jesús, el Amado, Hijo del Amor.
El texto leído hoy nos recuerda nuestra condición cristiana:
Tú, Jesús, el Hijo de Dios, su Palabra eterna,
has sido la Palabra que ilumina a todos;
has vivido entre nosotros y has manifestado los secretos de Dios;
“has hablado palabras de Dios y has dado el Espíritu sin medida” (Jn 3,34);
quien te ve a ti, quien te cree..., ve al Padre, cree en Amor del Padre (cf. Jn 14,9);
tus obras, obras de amor, dan testimonio del amor del Padre;
tu muerte, fiel al Amor del Padre, fortalece nuestra confianza en ese Amor;
tu resurrección gloriosa y el envío del Espíritu dan seguridad a nuestra fe.

Tu vida entregada y glorificada nos asegura:
que Dios Padre vive con nosotros;
que su Espíritu, tu Espíritu, nos habita y ora en nosotros;
que tú, Jesús, “mediador de la nueva alianza”, muestras el rostro verdadero de Dios;
que “Dios, juez de todos”, juzga con el amor del Padre del hijo pródigo;
que somos sus hijos, y vivimos en la casa del Amor, sin miedo, con libertad de hijos;
que hemos entrado en “la ciudad de Dios vivo, la Jerusalén nueva, la asamblea plena”;
que estamos en comunión con los “justos consumados”;
que “tú y el Padre trabajáis” (Jn 5,17) por liberarnos del egoísmo y de la muerte;
que vuestro trabajo termina con la resurrección a la vida eterna.

Esta es nuestra fe, esta es “la gracia en que estamos” (Rm 5,2).
Por eso no dejas de llamarnos continuamente:
ya es hora de despertarnos del sueño...,
revestíos del Señor Jesús, el Mesías
” (Rm 13, 11-14),

La verdad es que muchos, entre nosotros, vivimos la antigua alianza:
no tenemos una relación personal con el Padre, contigo y con el Espíritu;
fuimos bautizados sin conocer ni consentir;
nos “llevaron” a la comunión... la costumbre y la presión social;
sólo tenemos la “etiqueta” cristiana, envuelta en ignorancia y sospecha temerosa;
no nos hemos “vuelto” al Amor personal del Padre, tuyo y del Espíritu;
no estamos integrados en “reunión festiva”, en la todo asamblea, en participación plena;
somos víctimas de un clericalismo que domina y oprime en su favor;
no tenemos derecho a opinar libremente ni a elegir a nuestros representantes;
no podemos modificar leyes obsoletas y perjudiciales;
no podemos exigir un juicio independiente, evangélico, justo;
la Ley humana sigue estando por encima de la voluntad de Dios:
impidiendo celebrar tus sacramentos de vida a muchas comunidades;
manipulando los dones de Dios al prohibir su ejercicio evangélico;
excluyendo, excomulgando, a quien se deja llevar por la libertad de tu Amor...

Hoy, Jesús Amado, Hijo del Amor, reclamamos la nueva Alianza:
que los bautizados se sientan “sacerdotes, profetas y reyes” de la nueva Alianza;
“que salgan a la calle” sin disfraz alguno, “como uno de tantos” como tú;
que trabajen las bienaventuranzas para que “puedan ser” realidad algún día;
que “despierten del sueño... y vistan las armas de la luz” (Rm13,11-12).

Rufo González
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