Pentecostés: La Iglesia recupera el Amor de Jesús (24.05.2015)
Introducción: “Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20,19-23)
Jesús, que tenía “el Espíritu sin medida” (3,34), “con el envío del Espíritu de la verdad, completa la revelación y confirma con el testimonio divino que Dios está con nosotros para liberarnos de las tinieblas del pecado y de la muerte y para resucitarnos a la vida eterna” (DV 4). Con el Espíritu no se sentirán huérfanos, sino amparados por otro “Paráclito” (Jn 14,16). En la primera carta de Juan (2,1), a Jesús resucitado se le llama “paráclito” ante el Padre (“llamado junto a”: “ad-vocatus” para defendernos e interceder en favor nuestro...).
El Espíritu quita el miedo
“Al anochecer de aquel día... los discípulos estaban en una casa, con las puertas cerradas, por miedo a los judíos”. Como en Egipto, están esclavizados por el miedo a los dirigentes opresores. El miedo a los “judíos” (a los dirigentes) lo señala varias veces Juan (7,13; 9,22; 19,38): la gente teme hablar de Jesús en público, los padres del ciego eluden hablar de Jesús Mesías, José de Arimatea es discípulo “clandestino por miedo a los dirigentes judíos”. Peor están los discípulos: sin experiencia del Resucitado, sin aliento que les ponga en pie y vigorice. Historia repetida en la humanidad y en la Iglesia. La verdad, la fraternidad, la libertad... siempre han tenido enemigos. Hoy también nos preguntamos: ¿quién asusta a los que quieren vivir en el amor de Jesús?
Paz y alegría, dones del Resucitado
“Entró Jesús y se puso en medio”. “En medio” de sus vidas y de la comunidad, como origen y punto de referencia. Les muestra “las manos y el costado”, huellas de la pasión, signos de su amor y dolor, pruebas de identidad. Quien murió crucificado vive ante ellos. Su amor permanece. No reprocha su conducta de abandono y huida. Se sienten perdonados, reciben su paz: “paz a vosotros”, “se llenan de alegría al ver al Señor”. Jesús cumple su promesa: “os veré de nuevo y se alegrará vuestro corazón; y vuestra alegría nadie os la podrá quitar” (Jn 16, 22).
“Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”
En la oración al Padre, se expresa claramente la voluntad de Jesús: “tal como me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo” (Jn 17, 18). La misión de Jesús, sólo se cumple con su Espíritu, con su mismo amor. Como Jesús, su alimento será “hacer la voluntad del Padre” (Jn 4,34; 6,38; 7,16-18. 28), que “trabaja siempre” (Jn 5, 17); hacer “sus obras”; “no hablar ni actuar por ellos; decir lo que han oído al Padre” (Jn 5,30; 12,49; 14,10). La voluntad del Padre es “configurar un mundo en el que se haga realidad la vida de los seres humanos y la relación fraterna entre ellos, más la apertura a un “más” que enriquece, la apertura a Dios. Es la utopía del Reino” (J. Sobrino: La salvación que viene de abajo. Hacia una humanidad humanizada. Selecc. Teología n. 186, p. 93-94).
“Exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: recibid el Espíritu Santo”
“Sopló”: el mismo verbo de Gn 2,7, que expresa la infusión de vida en el primer hombre. Jesús, a quien cree en él, le da su propio aliento, su Espíritu. Crea así la nueva vida humana: “nacer de Dios”(Jn 1,13), “hacerse hijos de Dios” (Jn 1, 12), trabajar por su Reino,vivir de su Espíritu. Vivir así, como Jesús, es lo que a la Iglesia y a cada uno de nosotros nos cuesta más. Por ello necesitamos su Espíritu. Así lo cantamos en la liturgia: “¡Qué vacío del hombre si tú le faltas por dentro! ¡Qué poder del pecado cuando no envías tu aliento” (Secuencia de Pencostés). Pienso, por ejemplo, en lo rácana que es nuestra misericordia eclesial. Cuando se rompe una ley de la Iglesia, ¡qué difícil es recuperar la confianza! Silencio, desprecio, exclusión, marginación, destierro, “reducción al estado laical”, negar la comunión... son respuestas frecuentes. Cualquier cosa menos cuestionar la ley. Más dureza que si se ofende al Evangelio. Siglos lleva la Iglesia arrastrando la problemática del celibato, sabiendo que
El celibato obligatorio para el ministerio no es voluntad de Jesús, ni, por tanto, de su Espíritu. Empeñarse en mantenerlo es “estar haciendo la guerra a Dios” (He 5,39), “entristecer al Espíritu” (Ef 4, 30) o incluso “apagarlo (ahogarlo)” (1 Tes 5,19), al no dejar ejercer sus dones. “Donde hay Espíritu del Señor, hay libertad” (2Cor 3,17).
“A quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos”
La oferta de vida de Jesús, y de los cristianos, puede ser aceptada o rechazada. Quien la acepta, recibirá el Espíritu Santo, que les da conciencia de hijos de Dios, amados y en paz. Este será el signo de que Dios les ha perdonado. El grupo cristiano se lo hará saber. Habrá quien siga valores inhumanos, no dará frutos del Espíritu, no se han convertido al Amor. La comunidad cristiana les dirá que continúan en sus pecados, pero Dios les ama y busca encontrarse con ellos.
Oración: “Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20,19-23)
Espíritu del Padre y del Hijo:
hoy recordamos tu actuación sobre los primeros cristianos;
igual que sembraste los gérmenes de vida en la realidad primera;
igual que fecundaste las entrañas de María;
igual que descendiste sobre Jesús que oraba junto al Jordán;
así vienes sobre los discípulos el día de Pencostés (Gén 1,2; 2,7; Lc 1,35; 3, 22; 4,1; AG 4).
Pablo, hombre lleno de tu aliento, reconocerá que los cristianos
“somos carta de Cristo..., escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo”.
“Es Dios quien a nosotros y a vosotros nos confirma en Cristo, nos ha ungido,
nos ha sellado y ha depositado las arras del Espíritu en nuestros corazones”.
“Fuisteis sellados con el sello del Espíritu Santo prometido” (2Cor 3,3; 1,21-22; Ef 1,13).
Espíritu divino:
Tú eres la tinta, el aceite, el sello de nuestras personas;
la tinta que expresa el sentir y el pensar de Cristo vivo;
el óleo que suaviza, perfuma y agiliza el cuerpo para la misión;
el sello que graba y reluce la cara o imagen de Jesús.
Espíritu divino:
Tú nos recuerdas y expresas el amor y la verdad del Padre y del Hijo;
“los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios” (Rm 8,14);
porque “[Dios] nos destinó a ser copias de la imagen de su Hijo,
de modo que éste fuera el mayor de una multitud de hermanos” (Rm 8,29);
tú “aseguras a nuestro espíritu que somos hijos de Dios” (Rom 8,16);
tú haces que el trabajo por el Reino sea suave, oloroso y decidido.
“No siempre los miembros de la Iglesia te somos fieles” (GS 43):
“apagamos tu voz, despreciamos tus profecías” (1Tes 5,19-20);
“espíritus malignos siguen haciéndote la guerra a Ti, Espíritu Santo”:
- espíritu de la mentira, espíritu de poder, espíritu de codicia;
- espíritu que nos lleva a olvidar la centralidad de los pobres;
- espíritu que centra la Iglesia en los pastores, marginando a las ovejas;
- espíritu que curva la Iglesia en sí misma, no en el servicio al mundo;
- espíritu que se resiste a la unión de las iglesias por cuestión de poder;
- espíritu de obstinada adhesión a lo antiguo y a sus leyes...
Hoy, celebrando tu actuación sobre los primeros cristianos, expresamos:
nuestra decisión de aceptarte, de recibirte, con un corazón sincero;
deseamos que llenes nuestras personas de tu presencia;
escribe y graba en nosotros los rasgos del Hijo y Hermano Jesús:
su misericordia entrañable, su confianza en el Amor, su esperanza.
Danos tus siete dones:
- tu “sabiduría” nos haga saborear la alegría del Reino divino;
- tu “inteligencia” nos lleve a contemplar “las profundidades de Dios”;
- tu “consejo” de amor sea más fuerte que la prudencia humana;
- tu “fortaleza”, “fuerza de lo alto”, nos permita superar estorbos y persecución;
- tu “ciencia” nos impida confundir el bien con el mal;
- tu “piedad” nos llene de ternura filial, de confianza sin límites en el Padre;
- tu “temor”, no sea miedo, sino cuidado de vivir como hijo del Padre.
Rufo González
Jesús, que tenía “el Espíritu sin medida” (3,34), “con el envío del Espíritu de la verdad, completa la revelación y confirma con el testimonio divino que Dios está con nosotros para liberarnos de las tinieblas del pecado y de la muerte y para resucitarnos a la vida eterna” (DV 4). Con el Espíritu no se sentirán huérfanos, sino amparados por otro “Paráclito” (Jn 14,16). En la primera carta de Juan (2,1), a Jesús resucitado se le llama “paráclito” ante el Padre (“llamado junto a”: “ad-vocatus” para defendernos e interceder en favor nuestro...).
El Espíritu quita el miedo
“Al anochecer de aquel día... los discípulos estaban en una casa, con las puertas cerradas, por miedo a los judíos”. Como en Egipto, están esclavizados por el miedo a los dirigentes opresores. El miedo a los “judíos” (a los dirigentes) lo señala varias veces Juan (7,13; 9,22; 19,38): la gente teme hablar de Jesús en público, los padres del ciego eluden hablar de Jesús Mesías, José de Arimatea es discípulo “clandestino por miedo a los dirigentes judíos”. Peor están los discípulos: sin experiencia del Resucitado, sin aliento que les ponga en pie y vigorice. Historia repetida en la humanidad y en la Iglesia. La verdad, la fraternidad, la libertad... siempre han tenido enemigos. Hoy también nos preguntamos: ¿quién asusta a los que quieren vivir en el amor de Jesús?
Paz y alegría, dones del Resucitado
“Entró Jesús y se puso en medio”. “En medio” de sus vidas y de la comunidad, como origen y punto de referencia. Les muestra “las manos y el costado”, huellas de la pasión, signos de su amor y dolor, pruebas de identidad. Quien murió crucificado vive ante ellos. Su amor permanece. No reprocha su conducta de abandono y huida. Se sienten perdonados, reciben su paz: “paz a vosotros”, “se llenan de alegría al ver al Señor”. Jesús cumple su promesa: “os veré de nuevo y se alegrará vuestro corazón; y vuestra alegría nadie os la podrá quitar” (Jn 16, 22).
“Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”
En la oración al Padre, se expresa claramente la voluntad de Jesús: “tal como me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo” (Jn 17, 18). La misión de Jesús, sólo se cumple con su Espíritu, con su mismo amor. Como Jesús, su alimento será “hacer la voluntad del Padre” (Jn 4,34; 6,38; 7,16-18. 28), que “trabaja siempre” (Jn 5, 17); hacer “sus obras”; “no hablar ni actuar por ellos; decir lo que han oído al Padre” (Jn 5,30; 12,49; 14,10). La voluntad del Padre es “configurar un mundo en el que se haga realidad la vida de los seres humanos y la relación fraterna entre ellos, más la apertura a un “más” que enriquece, la apertura a Dios. Es la utopía del Reino” (J. Sobrino: La salvación que viene de abajo. Hacia una humanidad humanizada. Selecc. Teología n. 186, p. 93-94).
“Exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: recibid el Espíritu Santo”
“Sopló”: el mismo verbo de Gn 2,7, que expresa la infusión de vida en el primer hombre. Jesús, a quien cree en él, le da su propio aliento, su Espíritu. Crea así la nueva vida humana: “nacer de Dios”(Jn 1,13), “hacerse hijos de Dios” (Jn 1, 12), trabajar por su Reino,vivir de su Espíritu. Vivir así, como Jesús, es lo que a la Iglesia y a cada uno de nosotros nos cuesta más. Por ello necesitamos su Espíritu. Así lo cantamos en la liturgia: “¡Qué vacío del hombre si tú le faltas por dentro! ¡Qué poder del pecado cuando no envías tu aliento” (Secuencia de Pencostés). Pienso, por ejemplo, en lo rácana que es nuestra misericordia eclesial. Cuando se rompe una ley de la Iglesia, ¡qué difícil es recuperar la confianza! Silencio, desprecio, exclusión, marginación, destierro, “reducción al estado laical”, negar la comunión... son respuestas frecuentes. Cualquier cosa menos cuestionar la ley. Más dureza que si se ofende al Evangelio. Siglos lleva la Iglesia arrastrando la problemática del celibato, sabiendo que
“Jesús mismo no puso esta condición previa en la elección de los Doce, como tampoco los Apóstoles para los que ponían al frente de las primeras comunidades cristianas (cf. 1 Tim 3, 2-5; Tit 1, 5-6)”; “quitaría la ocasión de infidelidades, desórdenes y dolorosas defecciones, que hieren y llenan de dolor a toda la Iglesia, y permitiría a los ministros de Cristo dar un testimonio más completo de vida cristiana, incluso en el campo de la familia, del cual su estado actual los excluye” (Pablo VI: Sacerdotalis caelibatus, n. 5 y 9).
El celibato obligatorio para el ministerio no es voluntad de Jesús, ni, por tanto, de su Espíritu. Empeñarse en mantenerlo es “estar haciendo la guerra a Dios” (He 5,39), “entristecer al Espíritu” (Ef 4, 30) o incluso “apagarlo (ahogarlo)” (1 Tes 5,19), al no dejar ejercer sus dones. “Donde hay Espíritu del Señor, hay libertad” (2Cor 3,17).
“A quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos”
La oferta de vida de Jesús, y de los cristianos, puede ser aceptada o rechazada. Quien la acepta, recibirá el Espíritu Santo, que les da conciencia de hijos de Dios, amados y en paz. Este será el signo de que Dios les ha perdonado. El grupo cristiano se lo hará saber. Habrá quien siga valores inhumanos, no dará frutos del Espíritu, no se han convertido al Amor. La comunidad cristiana les dirá que continúan en sus pecados, pero Dios les ama y busca encontrarse con ellos.
Oración: “Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20,19-23)
Espíritu del Padre y del Hijo:
hoy recordamos tu actuación sobre los primeros cristianos;
igual que sembraste los gérmenes de vida en la realidad primera;
igual que fecundaste las entrañas de María;
igual que descendiste sobre Jesús que oraba junto al Jordán;
así vienes sobre los discípulos el día de Pencostés (Gén 1,2; 2,7; Lc 1,35; 3, 22; 4,1; AG 4).
Pablo, hombre lleno de tu aliento, reconocerá que los cristianos
“somos carta de Cristo..., escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo”.
“Es Dios quien a nosotros y a vosotros nos confirma en Cristo, nos ha ungido,
nos ha sellado y ha depositado las arras del Espíritu en nuestros corazones”.
“Fuisteis sellados con el sello del Espíritu Santo prometido” (2Cor 3,3; 1,21-22; Ef 1,13).
Espíritu divino:
Tú eres la tinta, el aceite, el sello de nuestras personas;
la tinta que expresa el sentir y el pensar de Cristo vivo;
el óleo que suaviza, perfuma y agiliza el cuerpo para la misión;
el sello que graba y reluce la cara o imagen de Jesús.
Espíritu divino:
Tú nos recuerdas y expresas el amor y la verdad del Padre y del Hijo;
“los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios” (Rm 8,14);
porque “[Dios] nos destinó a ser copias de la imagen de su Hijo,
de modo que éste fuera el mayor de una multitud de hermanos” (Rm 8,29);
tú “aseguras a nuestro espíritu que somos hijos de Dios” (Rom 8,16);
tú haces que el trabajo por el Reino sea suave, oloroso y decidido.
“No siempre los miembros de la Iglesia te somos fieles” (GS 43):
“apagamos tu voz, despreciamos tus profecías” (1Tes 5,19-20);
“espíritus malignos siguen haciéndote la guerra a Ti, Espíritu Santo”:
- espíritu de la mentira, espíritu de poder, espíritu de codicia;
- espíritu que nos lleva a olvidar la centralidad de los pobres;
- espíritu que centra la Iglesia en los pastores, marginando a las ovejas;
- espíritu que curva la Iglesia en sí misma, no en el servicio al mundo;
- espíritu que se resiste a la unión de las iglesias por cuestión de poder;
- espíritu de obstinada adhesión a lo antiguo y a sus leyes...
[Recuerdo a A. Fogazzaro (1842-1911), “El Santo”. 1905, p. 273-278); y al Cuaderno “Cristianismo y Justicia”, nº 153. Barcelona 2008, titulado “¿Qué pasa en la Iglesia?” donde se habla de Las “cinco llagas” de la Iglesia: no ser Iglesia de los pobres, jerarcocentrismo, eclesiocentrismo, romanocentrismo (infidelidad ecuménica), helenocentrismo].
Hoy, celebrando tu actuación sobre los primeros cristianos, expresamos:
nuestra decisión de aceptarte, de recibirte, con un corazón sincero;
deseamos que llenes nuestras personas de tu presencia;
escribe y graba en nosotros los rasgos del Hijo y Hermano Jesús:
su misericordia entrañable, su confianza en el Amor, su esperanza.
Danos tus siete dones:
- tu “sabiduría” nos haga saborear la alegría del Reino divino;
- tu “inteligencia” nos lleve a contemplar “las profundidades de Dios”;
- tu “consejo” de amor sea más fuerte que la prudencia humana;
- tu “fortaleza”, “fuerza de lo alto”, nos permita superar estorbos y persecución;
- tu “ciencia” nos impida confundir el bien con el mal;
- tu “piedad” nos llene de ternura filial, de confianza sin límites en el Padre;
- tu “temor”, no sea miedo, sino cuidado de vivir como hijo del Padre.
Rufo González