LOS SACERDOTES CASADOS, SIGNO DEL ESPÍRITU (VII)
Este problema “afecta a todos” en la Iglesia
Leo una comunicación ejemplar de un cristiano: “Un celibato obligatorio sólo trae problemas y sufrimientos. Somos los cristianos los que tenemos que mantener un debate abierto permanente sobre la necesidad de que el celibato sea opcional para nuestros sacerdotes... Si se casan y quieren seguir siendo sacerdotes, no pueden recibir como respuesta el silencio, y mucho menos, el desprecio. Somos los cristianos de a pie los que tenemos que luchar por las vidas dignas de nuestros sacerdotes. ¡Qué no son cualquiera! ¡Son nuestros sacerdotes!”.
Esta preocupación, de sentido común, estuvo presente desde el principio. Recordad el ruego de Pablo a los tesalonicenses: “os rogamos, hermanos, que apreciéis a los que trabajan entre vosotros, y os presiden en el Señor y os amonestan; mostradle toda estima y amor por el trabajo que hacen” (1Tes 5, 12-13). Podemos decir que entra dentro del conocido principio: “lo que afecta a todos debe ser aprobado y tratado por todos”. Este principio constituye “un espíritu tradicional en la Iglesia y en la cristiandad” (Y. Congar). Una comunidad basada el Amor de Dios, manifestado en la vida de Jesús, no puede desentenderse de sus miembros. Máxime de quienes están encargados de cuidar (eso significa “cura”) la Palabra de Amor, los signos del Espíritu, la vida en fraternidad.
La iglesia clerical y de algunos seglares no han sido signos del Amor
Leamos algunos testimonios:
“Esta situación fue muy dura para mí, no sólo económicamente... En ningún momento recibí apoyo económico ni moral de nadie. Como si no hubiese pertenecido a la diócesis, ni el obispo me ofreció ayuda alguna -algo que por otra parte yo esperaba que así fuera- ni compañero alguno me saludó comprendiéndome, ni nadie de la diócesis me dio una palmadita en la espalda reconociendo los servicios prestados durante veintitrés años, como entre compañeros de trabajo se suele hacer. Excomulgado de facto, como quién dice, o incluso como un tiñoso, la mayoría de compañeros evitaban mi presencia. Ante estas situaciones ¿ha fallado mi fe? No, ni mucho menos”.
“La reacción de la gente no deja de ser curiosa... Descubres los que son amigos del cargo. Éstos dejan de saludarte y si te saludan es de, pero de un escupido. Los que son amigos de la persona, siguieron siendo mis amigos. Para el clero y para otros muchos fui borrado del libro de los vivos... Me marginaron y desde el margen sigo viviendo... A los catorce años de dejar mi vida de cura, le plugo a Roma concederme la licencia para casarme... Ya tenía tres hijos... El canciller (secretario del obispado), en un pontifical en la parroquia, me negó la comunión...”.
También, claro está, se hizo presente algún Nicodemo que “fue a ver a Jesús de noche por miedo a los judíos” (a los dirigentes de la nomenclatura eclesial):
“He recibido el apoyo de cargos diocesanos, como vicarios episcopales, pero siempre en conversaciones privadas, animándome a seguir en la línea del celibato opcional, de comunidades cristianas de base, curas obreros, etc. «Éste es el futuro de la iglesia, continuad por ahí. Yo desde aquí no puedo apoyaros públicamente», me insistía J. V., vicario episcopal... a quien visitaba de vez en cuando y que siempre me atendió con preferencia, y le pasaba nuestros documentos. Otro vicario episcopal de la diócesis me mostró siempre gran interés en charlar conmigo y estaba de acuerdo con una iglesia plural: «Vosotros estáis al día en Teología y en la Escritura y tenéis entusiasmo por la evangelización en el mundo actual. Ya quisiera yo que los curas tuviesen la esperanza y madurez vuestra». Se refería él a mis ambientes de comunidades cristianas, de curas casados y curas obreros en que me muevo desde siempre. Y esto me ha sucedido en las dos últimas décadas”.
La HOAC y algunas comunidades, actúan como hubiera actuado Jesús
“Me he seguido sintiendo iglesia gracias a mis contactos y pertenencia a la HOAC. Allí siempre fuimos bien recibidos. En distintas ocasiones me vinieron a buscar desde Granada, ciertamente con el deseo de que mi mujer y yo comenzáramos a reiniciar ese movimiento en Almería y sin que mi situación supusiera ningún obstáculo Nunca me preguntaron si estaba secularizado o no, nunca me pusieron condiciones, siempre fuimos tratados como uno de tantos, como unos militantes más. En comunión total con la HOAC y con la iglesia. No puedo menos que manifestar públicamente nuestro agradecimiento a la HOAC por habernos tratado con dignidad. También tengo que decir que en los años sucesivos, hemos tenido contactos con otros movimientos como las Comunidades Cristianas de Base o la corriente ideológica Somos Iglesia, o el Foro Diamantino García de Andalucía, en los que al igual que en la HOAC, nos hemos sentido a gusto, sin discriminación”.
La “iglesia-casa de Marta y María” sigue conservando la memoria de Jesús y sintiendo el mismo Espíritu: “No puedo decir que renuncié al ministerio. Siempre he estado dispuesto a colaborar allí donde se me requería en el ministerio de la palabra. Y, así lo sigo haciendo. Cada semana se reúnen en casa gente muy diversa que quieren compartir su fe e intercambiar sus experiencias de vida. Llevamos ya muchos años en ello. Aprendemos mutuamente los unos de los otros, nos animamos en la fe y la celebramos en el esfuerzo de comunión con los demás hombres y, en especial, con los demás cristianos”.
Un debate abierto permanente
No pueden los cristianos ocultar este problema, y aceptar esta ley por encima del Evangelio. Sobre todo las personas más seducidas por el Espíritu. Me cuesta creer que cristianos inspirados en el Evangelio y en su espíritu de Amor bendigan esta ley que nos ha traído tamañas consecuencias: comunidades sin eucaristía, personas deshumanizadas, escándalos innecesarios, hijos desprotegidos, mujeres invisibles, destierros impuestos, vicios “contra naturam” (Conc. Lateranense III año 1179, canon 11); abusos “con impúberes de cualquier sexo” (Instrucción 9 junio1922), etc. etc.
Me parece ser voz del Espíritu este testimonio de otro sacerdote casado: “No; amar a la iglesia no puede ser, sin más, aceptar todas sus reglas de juego. Si lo que nos sigue interesando es la iglesia de Jesús, entiendo que amarla es trabajar para que se mantenga fiel a su maestro. De acuerdo, ese trabajo tiene que hacerse con el espíritu de Jesús: espíritu de misericordia, de humildad, de comunión... Pero ha de hacerse inevitablemente. Lo mismo que hay palabras y comportamientos que rompen la comunión, pienso que también hay silencios y omisiones cómplices de pecado. Los hubo en el pasado, los hay también en el presente...”.
“Pero la ley del celibato no pertenece a ese acerbo de principios fundamentales del evangelio. Elevarlo a categoría esencial, discriminatoria de si uno está dentro o fuera de la iglesia es, en sí mismo, una frivolidad cuando no una perversión. Estamos hablando de una ley positiva de la iglesia, cuya historia atormentada bien conocemos; que no se remonta a los orígenes fundacionales ni mucho menos; que no refleja la práctica de Jesús, sino que más bien contrasta con ella puesto que él eligió casados y que casados quedaron, entre ellos Pedro; que tampoco refleja la práctica de las comunidades neotestamentarias, sino todo lo contrario, se opone a esa práctica; que el mismo Pablo cuando recomienda una conducta análoga a la que la ley impone, tiene buen cuidado en decir que eso es cosa suya, pero que no tiene ningún mandato del Señor; que en su formato actual es una ley que es sospechosa no ya de querer ordenar los carismas en función del bien común, sino de pretender imponer al mismo Espíritu que los conceda de dos en dos; que en todo caso es, cuanto menos, de dudosa eficacia pastoral”.
Rufo González
NB.- Las citas son de CURAS CASADOS. Historias de fe y ternura. R. Alario y Tere Cortés, coordinadores. Moceop. Albacete 2010.
Leo una comunicación ejemplar de un cristiano: “Un celibato obligatorio sólo trae problemas y sufrimientos. Somos los cristianos los que tenemos que mantener un debate abierto permanente sobre la necesidad de que el celibato sea opcional para nuestros sacerdotes... Si se casan y quieren seguir siendo sacerdotes, no pueden recibir como respuesta el silencio, y mucho menos, el desprecio. Somos los cristianos de a pie los que tenemos que luchar por las vidas dignas de nuestros sacerdotes. ¡Qué no son cualquiera! ¡Son nuestros sacerdotes!”.
Esta preocupación, de sentido común, estuvo presente desde el principio. Recordad el ruego de Pablo a los tesalonicenses: “os rogamos, hermanos, que apreciéis a los que trabajan entre vosotros, y os presiden en el Señor y os amonestan; mostradle toda estima y amor por el trabajo que hacen” (1Tes 5, 12-13). Podemos decir que entra dentro del conocido principio: “lo que afecta a todos debe ser aprobado y tratado por todos”. Este principio constituye “un espíritu tradicional en la Iglesia y en la cristiandad” (Y. Congar). Una comunidad basada el Amor de Dios, manifestado en la vida de Jesús, no puede desentenderse de sus miembros. Máxime de quienes están encargados de cuidar (eso significa “cura”) la Palabra de Amor, los signos del Espíritu, la vida en fraternidad.
La iglesia clerical y de algunos seglares no han sido signos del Amor
Leamos algunos testimonios:
“Esta situación fue muy dura para mí, no sólo económicamente... En ningún momento recibí apoyo económico ni moral de nadie. Como si no hubiese pertenecido a la diócesis, ni el obispo me ofreció ayuda alguna -algo que por otra parte yo esperaba que así fuera- ni compañero alguno me saludó comprendiéndome, ni nadie de la diócesis me dio una palmadita en la espalda reconociendo los servicios prestados durante veintitrés años, como entre compañeros de trabajo se suele hacer. Excomulgado de facto, como quién dice, o incluso como un tiñoso, la mayoría de compañeros evitaban mi presencia. Ante estas situaciones ¿ha fallado mi fe? No, ni mucho menos”.
“La reacción de la gente no deja de ser curiosa... Descubres los que son amigos del cargo. Éstos dejan de saludarte y si te saludan es de
También, claro está, se hizo presente algún Nicodemo que “fue a ver a Jesús de noche por miedo a los judíos” (a los dirigentes de la nomenclatura eclesial):
“He recibido el apoyo de cargos diocesanos, como vicarios episcopales, pero siempre en conversaciones privadas, animándome a seguir en la línea del celibato opcional, de comunidades cristianas de base, curas obreros, etc. «Éste es el futuro de la iglesia, continuad por ahí. Yo desde aquí no puedo apoyaros públicamente», me insistía J. V., vicario episcopal... a quien visitaba de vez en cuando y que siempre me atendió con preferencia, y le pasaba nuestros documentos. Otro vicario episcopal de la diócesis me mostró siempre gran interés en charlar conmigo y estaba de acuerdo con una iglesia plural: «Vosotros estáis al día en Teología y en la Escritura y tenéis entusiasmo por la evangelización en el mundo actual. Ya quisiera yo que los curas tuviesen la esperanza y madurez vuestra». Se refería él a mis ambientes de comunidades cristianas, de curas casados y curas obreros en que me muevo desde siempre. Y esto me ha sucedido en las dos últimas décadas”.
La HOAC y algunas comunidades, actúan como hubiera actuado Jesús
“Me he seguido sintiendo iglesia gracias a mis contactos y pertenencia a la HOAC. Allí siempre fuimos bien recibidos. En distintas ocasiones me vinieron a buscar desde Granada, ciertamente con el deseo de que mi mujer y yo comenzáramos a reiniciar ese movimiento en Almería y sin que mi situación supusiera ningún obstáculo Nunca me preguntaron si estaba secularizado o no, nunca me pusieron condiciones, siempre fuimos tratados como uno de tantos, como unos militantes más. En comunión total con la HOAC y con la iglesia. No puedo menos que manifestar públicamente nuestro agradecimiento a la HOAC por habernos tratado con dignidad. También tengo que decir que en los años sucesivos, hemos tenido contactos con otros movimientos como las Comunidades Cristianas de Base o la corriente ideológica Somos Iglesia, o el Foro Diamantino García de Andalucía, en los que al igual que en la HOAC, nos hemos sentido a gusto, sin discriminación”.
La “iglesia-casa de Marta y María” sigue conservando la memoria de Jesús y sintiendo el mismo Espíritu: “No puedo decir que renuncié al ministerio. Siempre he estado dispuesto a colaborar allí donde se me requería en el ministerio de la palabra. Y, así lo sigo haciendo. Cada semana se reúnen en casa gente muy diversa que quieren compartir su fe e intercambiar sus experiencias de vida. Llevamos ya muchos años en ello. Aprendemos mutuamente los unos de los otros, nos animamos en la fe y la celebramos en el esfuerzo de comunión con los demás hombres y, en especial, con los demás cristianos”.
Un debate abierto permanente
No pueden los cristianos ocultar este problema, y aceptar esta ley por encima del Evangelio. Sobre todo las personas más seducidas por el Espíritu. Me cuesta creer que cristianos inspirados en el Evangelio y en su espíritu de Amor bendigan esta ley que nos ha traído tamañas consecuencias: comunidades sin eucaristía, personas deshumanizadas, escándalos innecesarios, hijos desprotegidos, mujeres invisibles, destierros impuestos, vicios “contra naturam” (Conc. Lateranense III año 1179, canon 11); abusos “con impúberes de cualquier sexo” (Instrucción 9 junio1922), etc. etc.
Me parece ser voz del Espíritu este testimonio de otro sacerdote casado: “No; amar a la iglesia no puede ser, sin más, aceptar todas sus reglas de juego. Si lo que nos sigue interesando es la iglesia de Jesús, entiendo que amarla es trabajar para que se mantenga fiel a su maestro. De acuerdo, ese trabajo tiene que hacerse con el espíritu de Jesús: espíritu de misericordia, de humildad, de comunión... Pero ha de hacerse inevitablemente. Lo mismo que hay palabras y comportamientos que rompen la comunión, pienso que también hay silencios y omisiones cómplices de pecado. Los hubo en el pasado, los hay también en el presente...”.
“Pero la ley del celibato no pertenece a ese acerbo de principios fundamentales del evangelio. Elevarlo a categoría esencial, discriminatoria de si uno está dentro o fuera de la iglesia es, en sí mismo, una frivolidad cuando no una perversión. Estamos hablando de una ley positiva de la iglesia, cuya historia atormentada bien conocemos; que no se remonta a los orígenes fundacionales ni mucho menos; que no refleja la práctica de Jesús, sino que más bien contrasta con ella puesto que él eligió casados y que casados quedaron, entre ellos Pedro; que tampoco refleja la práctica de las comunidades neotestamentarias, sino todo lo contrario, se opone a esa práctica; que el mismo Pablo cuando recomienda una conducta análoga a la que la ley impone, tiene buen cuidado en decir que eso es cosa suya, pero que no tiene ningún mandato del Señor; que en su formato actual es una ley que es sospechosa no ya de querer ordenar los carismas en función del bien común, sino de pretender imponer al mismo Espíritu que los conceda de dos en dos; que en todo caso es, cuanto menos, de dudosa eficacia pastoral”.
Rufo González
NB.- Las citas son de CURAS CASADOS. Historias de fe y ternura. R. Alario y Tere Cortés, coordinadores. Moceop. Albacete 2010.