“La controversia sobre el celibato” después del Vaticano II (7)

Sigo comentando los “fundamentos del celibato sacerdotal” según la encíclica “Sacerdotalis Caelibatus”, de Pablo VI. Ya comenté dichos fundamentos en su dimensión cristológica (19-25). Ahora la eclesiológica (26-32) y escatológica (33-34).
B. DIMENSIÓN ECLESIOLÓGICA
El celibato y el amor de Cristo y del sacerdote por la Iglesia (n. 26)
“Apresado por Cristo Jesús” (Fil 3, 12) hasta el abandono total de sí mismo en él, el sacerdote se configura más perfectamente a Cristo también en el amor, con que el eterno sacerdote ha amado a su cuerpo, la Iglesia, ofreciéndose a sí mismo todo por ella, para hacer de ella una esposa gloriosa, santa e inmaculada (cf. Ef 5, 26-27). Efectivamente, la virginidad consagrada de los sagrados ministros manifiesta el amor virginal de Cristo a su Iglesia y la virginal y sobrenatural fecundidad de esta unión, por la cual los hijos de Dios no son engendrados ni por la carne, ni por la sangre (Jn 1, 13) (Cf. Const. Dogm. Lumen gentium, n. 42; Decr. Presbyter. ordinis, n. 16)” (n.26).

Como se ve fácilmente, hay una apropiación torticera del común cristiano al clero.Todo cristiano es “apresado por Cristo Jesús” (Filp 3, 12), ha sido seducido por el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús (Rm 9,39). A muchos cristianos ese amor les lleva a dar la vida. Como Jesús, casados y solteros, se ofrecen totalmente a la Iglesia “para hacerla una esposa gloriosa, santa e inmaculada (cf. Ef 5, 26-27)”. También los casados son “iglesia santa e inmaculada”.
El celibato por amor al Reino y el matrimonio cristiano (por amor al Reino), manifiestan el amor de Jesús (sea Jesús célibe o casado; no es de fe cristiana ni una ni otra cosa) a su Iglesia. Quien acepta el amor de Jesús, nace a una vida nueva, la vida del Espíritu, vida “no engendrada ni por la carne, ni por la sangre (Jn 1, 13). Si Jesús se hubiera casado, ¿la unión con los suyos -”yo soy la vid, vosotros los sarmientos”- habría impedido el nacimiento de hijos de Dios, “nacidos no de la carne ni de la sangre, sino de Dios” (Jn 1, 13)? Lo que es “fecundo” es el amor divino. Dicho amor anida en casados y solteros. Todo amor gratuito y universal “manifiesta” el amor de Jesús a su Iglesia y a la humanidad. Soltería o casamiento pueden elegirse por el Reino.

Unidad y armonía en la vida sacerdotal: el ministerio de la palabra (n. 27)
Dos afirmaciones gratuitas y, a veces, equivocadas:
-“El sacerdote (en celibato) realiza más plenamente la unidad y la armonía de su vida sacerdotal”.

La mentalidad clerical cree que los célibes son mejores que los casados. No hay por qué oponer “célibes” a “casados”. Más bien “célibes por amor” a “solterones sin causa”, y “casados por amor” a “emparejados débiles”. La soltería por motivo religioso no es elitista, ni mejor que el matrimonio, ni exigida por el apostolado ni el seguimiento pleno de Jesús.
-“Crece en él la idoneidad para oír la palabra de Dios y para la oración”.

La razón que aporta vale para todo cristiano:
“la palabra de Dios, custodiada por la Iglesia, suscita en el sacerdote que diariamente la medita, la vive y la anuncia a los fieles, los ecos más vibrantes y profundos”.

Si en vez de “sacerdote” ponemos “cristiano”, ¿no puede decirse lo mismo? Y si el sacerdote está casado, como ocurre en la Iglesia católica Oriental, ¿no suscitará los mismos “ecos vibrantes y profundos”?

El oficio divino y la oración (n. 28)
“Así, dedicado total y exclusivamente a las cosas de Dios y de la Iglesia, como Cristo (cf. Lc 2, 49; 1Cor 7, 32-33), su ministro, a imitación del sumo sacerdote, siempre vivo en la presencia de Dios para interceder en favor nuestro (Heb 9, 24; 7, 25), recibe, del atento y devoto rezo del oficio divino..., alegría e impulso incesantes, y experimenta la necesidad de prolongar su asiduidad en la oración, que es una función exquisitamente sacerdotal (Hch 6, 2)” (n. 28).

Invito a fijarse en las citas bíblicas de este párrafo. Se percibe cierta manipulación bíblica para apuntalar la vida clerical: importa más la tarea religiosa que la familia (Lc 2, 49: un momento en la vida familiar de Jesús), sin preocupaciones por la mujer (1Cor 7,32-33: consejo de Pablo a todo cristiano en la situación de inminente final del mundo), estar en oración como Jesús ahora (Hebr 9, 24; 7,25: que intercede por nosotros constantemente), ejerciendo “una función exquisitamente sacerdotal (Hch 6, 2: es la petición que hacen los Apóstoles de repartir tareas: predicar la Palabra, repartir los bienes... )”. Conviene recordar que la oración es propia de todo cristiano, ejerciendo su “sacerdocio real”. “Las cosas del Padre” son todas las realidades positivas: familia, anuncio del Evangelio, creación de comunidades, coordinación de servicios comunitarios, etc. Jesús se “dedicó total y exclusivamente a las cosas de Dios y de la Iglesia” viviendo en familia, habitando entre los suyos, trabajando “como uno de tantos”... Sólo dos o tres años, de los más de treinta, dedicó su vida a anunciar el Evangelio, a formar grupos de vida comunitaria donde vivir el ideal del Reino.

El ministerio de la gracia y de la eucaristía (n. 29)
“...la vida del sacerdote adquiere mayor plenitud de significado y de eficacia santificadora. Su especial empeño en la propia santificación encuentra efectivamente nuevos incentivos en el ministerio de la gracia y en el ministerio de la eucaristía... actuando en persona de Cristo, el sacerdote se une más íntimamente a la ofrenda, poniendo sobre el altar su vida entera...” (n. 29).

“Significado y eficacia santificadora” es la vida al estilo de Jesús, es decir, en Amor. El “servicio de la gracia y el servicio de la eucaristía” nos lleva a todos a la imitación de Jesús que ofrece gratis su amor y su vida hasta derramar su sangre. Quien se une a Cristo, sea célibe o casado, se santifica. El servicio o ministerio que haga a la Iglesia es la respuesta personal al don recibido. Todos los dones son de Dios, y santifican si los aceptamos y vivimos en Amor soltero o casado.

Vida plenísima y fecunda (n. 30)
“...el sacerdote, muriendo cada día totalmente a sí mismo, renunciando al amor legítimo de una familia propia por amor de Cristo y de su reino, halla la gloria de una vida en Cristo plenísima y fecunda, porque como él y en él ama y se da a todos los hijos de Dios” (n. 30).

Sigue la tesis clerical de que el ministerio sacerdotal, como tal, tiene que “renunciar al amor legítimo de una familia propia por amor de Cristo y de su Reino”. El amor a Cristo y a su Reino mueve al soltero y al casado a anunciar el Evangelio, crear la fraternidad, alimentarse de los dones divinos que hacen crecer en su amor. Todo cristiano “cae en tierra y muere” para dar fruto, y en este fruto tiene su gloria. Tan vida plena en Cristo puede tener el soltero como el casado. La plenitud no depende del celibato o el matrimonio. Depende de la fidelidad al amor en el servicio recibido.

El sacerdote célibe en la comunidad de los fieles (n. 31)
“En medio de la comunidad..., el sacerdote es Cristo presente; de ahí la suma conveniencia de que en todo reproduzca su imagen y en particular de que siga su ejemplo, en su vida íntima lo mismo que en su vida de ministerio. Para sus hijos en Cristo el sacerdote es signo y prenda de las sublimes y nuevas realidades del reino de Dios, del que es dispensador, poseyéndolas por su parte en el grado más perfecto y alimentando la fe y la esperanza de todos los cristianos, que en cuanto tales están obligados a la observancia de la castidad, según el propio estado” (n. 31).

“El sacerdote es Cristo presente”, dice en una apropiación clerical de la figura de Jesús. Sabemos bien que Jesús quería ser reconocido en los más débiles: ellos son su presencia primera. Es cierto que el sacerdote, pastor de la comunidad, guarda la Palabra de Jesús, dispensa sus dones y cuida su amor. Decir que es “Cristo presente”, se presta a rodearle de aureola sagrada, de poder exclusivo, de distancia de los hermanos... que Jesús no quiso. El servicio ministerial nos invita a “reproducir la imagen de Cristo, y seguir su ejemplo en la vida íntima y en la vida de ministerio”. Ser casto, virtud moral, “observar la castidad según el propio estado” es propio de todos, por tanto de todo servidor ministerial. Jesús fue libre y dejó a sus apóstoles en libertad para elegir el celibato o el matrimonio. Eso es la “suma conveniencia” para todos. Todos estamos llamados a ser “signo y prenda de las sublimes y nuevas realidades del reino de Dios” amando como Jesús amaba, solteros o casados.

Eficacia pastoral del celibato(n. 32)
“...el celibato, permite..., la mayor eficiencia y la mejor actitud psicológica y afectiva para el ejercicio.... de la caridad perfecta..., le garantiza claramente una mayor libertad y disponibilidad en el ministerio pastoral (Decr. Presbyter. ordinis, n. 16)..., a fin de que pague enteramente a todos los hijos de Dios la deuda que se les debe (Rom 1, 14)” (n. 32).

Lo mismo puede decirse, y más, por ser sacramento, de la consagración del matrimonio cristiano. El Espíritu Santo consagra el amor de pareja haciéndolo signo de su amor a la Iglesia. Pero, como veis, el clericalismo ve el celibato como “consagración a Cristo, en virtud de un título nuevo y excelso”. Y, por ello, “mayor eficacia, mejor actitud psicológica y afectiva para el ejercicio... de la caridad perfecta.., mayor libertad y disponibilidad...”. Y una nota curiosa: por el celibato se paga una deuda que san Pablo dice tener con la humanidad entera, al sentirse llamado a anunciar el Evangelio (Rm 1, 14). Ya hemos repetido hasta la saciedad que eficacia, actitud personal, libertad y disponibilidad son virtudes que pueden anidar en solteros y casados. La vocación, la gracia, la respuesta personal... son cualidades humanas, que activadas por el Amor divino pueden ser eficaces en célibes y casados.

C. DIMENSIÓN ESCATOLÓGICA
El anhelo del pueblo de Dios por el reino celestial (n. 33)
El n. 33 resume la esperanza cristiana:
“El reino de Dios... está aquí en la tierra presente en misterio y llegará a su perfección con la venida gloriosa del Señor Jesús (GS 39)... La Iglesia forma aquí abajo como el germen y el principio...; siente el anhelo de aquel reino perfecto y desea, con todas sus fuerzas, unirse a su rey en la gloria (LG 5)..., donde se manifestará en toda su plenitud la filiación divina (1Jn 3, 2) y donde resplandecerá... la belleza transfigurada de la Esposa (LG 48)”.


El celibato como signo de los bienes celestiales (n. 34)
“Nuestro Señor... ha dicho que “en la resurrección no se tomará mujer ni marido, sino que serán como ángeles de Dios en el cielo” (Mt 22, 30)... El precioso don divino de la perfecta continencia por el reino de los cielos constituye precisamente “un signo particular de los bienes celestiales” (PC 12), anuncia la presencia sobre la tierra de los últimos tiempos de la salvación (cf. 1Cor 7, 29-31) con el advenimiento de un mundo nuevo, y anticipa... la consumación del reino, afirmando sus valores supremos... Por eso, es un testimonio de la necesaria tensión del Pueblo de Dios hacia la meta última de su peregrinación terrenal y un estímulo para todos a alzar la mirada a las cosas que están allá arriba... (Col 3, 1-4)” (n. 34).

Recoge lo dicho por el Vaticano II (PO 16; PC 12) con cita de Mateo (22,30), paralelo de Lucas (20, 35-36). Llama al celibato “un signo particular de los bienes celestiales” (PC 12). El Decreto sobre “el ministerio y vida de los presbíteros” lo califica de “signo vivo del mundo futuro” (PO 16) con la cita de Lucas (20,35-36). Usar estos textos para promocionar el celibato es manipularlos. En el cielo hay personas llenas del Espíritu divino, casados y célibes. Decir que el soltero es signo del mundo resucitado equivale a decir que el casado no lo es. Lo que es un disparate. Lo único que el texto dice es que en la gloria “hombres y mujeres no se casan, ya que no pueden morir”, ni nacer, ni comer, ni predicar el Evangelio, ni presidir la eucaristía... Por reducción al absurdo habría que decir que los no nacidos, los que no comen, ni predican... son “signos de los bienes celestiales”.

El signo de la vida futura está en vivir en Amor: respetar la dignidad humana, la fraternidad, la libertad, “frutos excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo..., los volveremos a encontrar limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados...” (GS 39). Signo del futuro Reino es el esfuerzo por dar vida hasta dejarnos quitar la vida corporal, porque la vida del Espíritu nadie nos la puede quitar. El signo del cielo, pues, es el Amor, no el celibato o el matrimonio. Signo vivo del Reino futuro puede ser tanto el soltero que se desvive por los más necesitados, como el casado que cuida de sus hijos en situaciones duras, o de su consorte impedido, o del vecino con alzheimer... Celibato y matrimonio son conformes con “la nueva humanidad” que vive en el Amor, “que no pasará” (1Cor 13, 8).

Rufo González
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