“La controversia sobre el celibato” después del Vaticano II (8)

Comentarios a la encíclica “Sacerdotalis Caelibatus”, de Pablo VI.
2. EL CELIBATO EN LA VIDA DE LA IGLESIA

De la libertad a la opresión de la ley
Entre los “aspectos doctrinales” (n. 17-59), Pablo VI ha introducido una pequeña historia del “celibato en la vida de la Iglesia” (n. 35-49). Una historia donde sólo se destacan los aspectos favorables a la ley celibataria, y donde la opinión contraria, tan legítima y verdadera por ser opcional, queda vergonzosamente silenciada. El mismo texto papal reconoce el celibato opcional (“práctica libre del celibato”) en los tres primeros siglos de la Iglesia:
“en la antigüedad cristiana los padres y los escritores eclesiásticos dan testimonio de la difusión, tanto en oriente como en occidente, de la práctica libre del celibato en los sagrados ministros, por su gran conveniencia con su total dedicación al servicio de Dios y de su Iglesia” (n. 35).


La Iglesia de Occidente no siguió el camino de la libertad
“La Iglesia de Occidente, desde los principios del siglo IV, mediante la intervención de varios concilios provinciales y de los sumos pontífices, corroboró, extendió y sancionó esta práctica (La primera vez en el Concilio de Elvira en España (c. a. 300), c. 33; Mansi 2, 11). Fueron sobre todo los supremos pastores y maestros de la Iglesia de Dios, custodios e intérpretes del patrimonio de la fe y de las santas costumbres cristianas, los que promovieron, defendieron y restauraron el celibato eclesiástico, en las sucesivas épocas de la historia, aun cuando se manifestaban oposiciones en el mismo clero y las costumbres de una sociedad en decadencia no favorecían ciertamente los heroísmos de la virtud. La obligación del celibato fue además solemnemente sancionada por el sagrado Concilio ecuménico Tridentino (Ses. 24, can. 9-10.) e incluida finalmente en el Código de Derecho Canónico (can. 132,1) [nuevo can. 277]” (n. 36).


Análisis histórico al servicio de la ley
Habla en general de que concilios y papas “corroboraron, extendieron y sancionaron esta práctica”. En nota “a pie de página” cita al concilio de Elvira (Granada-España) del año 306. La verdad es que este concilio había decretado que “todo sacerdote que duerma con su esposa la noche antes de dar misa perderá su trabajo”. En su canon 33, los obispos reunidos concretaron su deseo en estos términos:
“Plugo prohibir totalmente a los obispos, presbíteros y diáconos o a todos los clérigos puestos en ministerio, que se abstengan de sus cónyuges y no engendren hijos ¡y quienquiera lo hiciere, sea apartado del honor de la clerecía” (D119).

Esta exigencia es un atentado tiránico contra el matrimonio. Por ello, hoy ningún historiador serio discute que “el origen del celibato obligatorio para el ministerio sacerdotal está viciado por la ignorancia, la superstición y la tiranía”. La encíclica hace caso omiso de la mentalidad que subyace a estas prescipciones. Una mentalidad ignorante, presa de teorías aberrantes sobre el sexo y poseída de ínfulas de dominio y prepotencia ajenas al Evangelio (Lc 22, 24ss). Veamos.

La ley del celibato no “custodia ni interpreta la fe ni las santas costumbres cristianas”
San Siricio, uno de los “supremos pastores y maestros de la Iglesia” (384-399), aporta las razones para la “continencia”, que entiende como “matrimonio sin sexo”. Se conserva una carta a Himerio, obispo de Tarragona (Directa ad decessorem, a Himerio, obispo de Tarragona, de 10 de febrero de 385) en la que se percibe la mentalidad y la teología sobre la sexualidad vigentes en la Iglesia de Roma entonces. Siricio, amigo del emperador Valentiniano II, quiere erigirse en emperador de las almas. Es el primero en atribuirse el nombre de “Papa” (según unos del griego –pappas: padre-, pero según otros, son unas siglas: P –Petri- A –apostoli- P –potestatem- A –accepit-). Fiel a sus ideas y amistades, es el primero en usar leguaje imperial en sus escritos: “Mandamos”, “Decretamos”, “Por nuestra autoridad...”. Tras consagrar la iglesia de San Pablo Extramuros, hizo grabar en una de las columnas su nombre, que aún puede verse, al no ser destruida por el fuego de 1823 que arrasó gran parte de la basílica. Murió el 26 de noviembre de 399. En el siglo XVIII fue incluido en el santoral por Benedicto XIV.

San Siricio identifica “santidad” con “continencia”
La llamada a la santidad la entiende como llamada a no tener relaciones sexuales, ni siquiera con la propia esposa. Así entiende el texto del Levítico (20,7), y la carta primera de Pedro (1,16):
“¿Por qué también, el año de su turno, se manda a los sacerdotes habitar en el templo lejos de sus casas? Pues por la razón de que ni aun con sus mujeres tuvieran comercio carnal, a fin de que, brillando por la integridad de su conciencia, ofrecieran a Dios un don aceptable...”.

Produce hilaridad llamar “comercio carnal” a la intimidad matrimonial, tan moral y respetable como necesaria para la propagación humana y eclesial. Igualmente lamentable es afirmar que “procrear hijos”, tras la consagración sacerdotal, es un “crimen”, que “muchísimos sacerdotes de Cristo y levitas” han cometido, “con su mujer” o en “torpe unión”. Claramente se percibe una judaización del sacerdocio cristiano. Aberración que recorrerá siglos en la Iglesia, al entender que el sacerdocio existencial de Jesús es tan ritual como el del Antiguo Testamento.

Errores e interpretación torticera de “carne y espíritu”
Sigamos leyendo a san Siricio:
“Desde el día de nuestra ordenación, consagramos nuestros corazones y cuerpos a la sobriedad y castidad, para agradar en todo a nuestro Dios en los sacrificios que diariamente le ofrecemos. Mas los que están en la carne, dice el vaso de elección, no pueden agradar a Dios [Rom. 8, 8]”.

No es cierto que la “ordenación nos consagre a la sobriedad y castidad”. La “ordenación consagra al servicio ministerial al Pueblo de Dios”. “A la sobriedad y castidad” cristianas nos consagra nuestro bautismo. Esta afirmación, por tanto, debe apropiársela cualquier bautizado. Son virtudes morales compartidas por cualquier persona honrada, más por todo cristiano, que ha puesto su centro en el Amor. Casado o célibe, deberá ser sobrio y casto. Tendrá control de sus potenciales corporales y espirituales. ¡Qué atrevimiento ignorante demuestra el recurso al “vaso de elección” (san Pablo)! Todos sabemos que “estar en la carne”, según Pablo, es “estar en desamor, vivir en egoísmo, ajeno al evangelio". Carne y espíritu no significan en Pablo “sexo” y “continencia”. Basta leer los textos.

Desde el poder y el autoritarismo
Siricio excluye tiránicamente de la comunión a quien no viva según sus normas. Más aún: cierra todo camino de indulgencia:
“Por autoridad de la Sede Apostólica están depuestos de todo honor eclesiástico... y nunca podrán tocar los venerandos misterios, de los que a sí mismos se privaron al anhelar obscenos placeres; ...en adelante, cualquier obispo, presbítero o diácono que... fuere hallado tal, sepa que ya desde ahora le queda por Nos cerrado todo camino de indulgencia; porque hay que cortar a hierro las heridas que no sienten la medicina de los fomentos”.

¿Cómo leería este hombre el evangelio de “entre vosotros nada de eso” (Lc 22, 25ss)? Autoridad, honor, deponer y cerrar camino a la indulgencia, obscenos placeres... ¡Qué poco huele a Evangelio! Las tesis “siricianas” siguen incluidas en el Magisterio de la Iglesia. Pueden leerlas en el llamado “Enchiridion Symbolorum” o Denzinger, n. 185.

Niego que la ley eclesial esté por encima del Evangelio
Espero, “contra toda esperanza”, que se abrirá paso el Evangelio de la libertad y la vida. El Espíritu de Jesús hará madurar a los pastores de la Iglesia, y liberarán a tantos presbíteros y obispos presos en la injusticia de esta ley. Ahora está siendo más fuerte la imposición que la libertad evangélica y apostólica.
Pidamos al Espíritu Santo que brille el esplendor de la libertad y la gracia.
¡Estúpidos gálatas! ¿Quién os ha embrujado?... ¿Empezasteis por el Espíritu para terminar ahora con la carne? El que os suministra el Espíritu y realiza prodigios entre vosotros, ¿lo hace por las obras de la ley o por la obediencia a la fe?” (Gál 3, 1-5).

No ha sido la obediencia a la ley celibataria la que ha inspirado el “servicio” de dirección y presidencia de la comunidad a presbíteros y obispos. Muchos se han visto obligados por la ley, no por la fe, a dejar el ministerio. El Espíritu les está sosteniendo “la fe que actúa por el amor” (Gál 4,6). Ahí están los testimonios de obispos y sacerdotes ejemplares, infieles a la ley –por creerla dañina a su humanidad-, pero fieles a la fe y al ministerio. Como monseñor Jerónimo Podestá, Obispo de Avellaneda (Argentina), ya fallecido, “quien nunca quiso pedir la reducción al estado laical por considerarla un absurdo”, muchos siguen su camino:
“He comprobado que el camino que Dios me ha mostrado no es una locura mía. Mi vocación había sido siempre ser cura casado; y yo no me había dado cuenta. Por eso esa lucha interior, por eso esa vivencia ambivalente. Sí, ya sé que eso no existe hoy en la Iglesia Católica Romana, pero en su momento tampoco existieron los monjes, los eremitas o los laicos consagrados. Es la vocación que Dios quiere de mí. Y para eso me ha dado a conocer no sólo a MOCEOP sino, sobre todo, a una persona con la que compartir esta misión, esta ilusión y estilo de vida... A día de hoy, nos sentimos con la manos vacías, alzadas, puestas a disposición de lo que Él quiera. Estamos a la escucha, a la espera de conocer cómo y dónde quiere que hagamos realidad su sueño, su Reino. “Aquí estamos, Señor, envíanos” (“Curas casados. Historias de fe y ternura” (Ramón Alario y Tere Cortés, coord. Moceop. Albacete 2010, pág. 76)).


Rufo González
Volver arriba