Amador o cuando Dios se esconde detrás de las nubes



No es frecuente encontrar en el cine español contemporáneo una película que reúna un guión inteligente, la profundidad de las cuestiones que aborda y el reconocimiento de la dimensión religiosa. Su director Fernando León de Aranoa ya había mostrado la preocupación social y antropológica en Barrio (1998), Los lunes al sol (2002) y Princesas (2005). Sin embargo, su última película resulta menos ácida y pesimista, más penetrante a pesar de la austeridad formal y más luminosa aunque no esconda la desolación de sus personajes.

Preocupado por personas y paisajes marginales el prólogo nos muestra a un grupo de emigrantes robando flores en las basuras. Esta introducción sirve de indicador de una narración donde lo esencial se concentra en el poder de las metáforas y en la peripecia de los personajes que, desde los márgenes, dejan brotar en sus vidas una inesperada generosidad capaz de generar vida a su alrededor.

Marcela, interpretada con sutileza expresiva y parsimonia dramática por Magaly Solier, es una joven peruana que espera secretamente un hijo de su pareja. Amador -Celso Bugallo nos deja huella de su presencia con una intervención corta pero llena de cargas de profundidad- es un anciano que en la soledad de su habitación ve apagarse su vida. La emigrante es contratada para cuidar de él por la hija -contundente Sonia Almarcha- que desapegada de todo afecto filial, vive a la suya. El encuentro de estos dos solitarios será un intercambio contenido y profundo de verdades y de vida. Donde lo fugaz y lo mínimo dejarán sitio para el sacrificio e incluso la sustitución en la difícil disposición de dejar el propio lugar al otro. La peripecia de ambos protagonistas se ve secundada por una prostituta de las que nos precederán en el reino de los cielos, con una genial interpretación de Fanny de Castro.

La historia y los medios cinematográficos son de una gran austeridad. Lo reducido de los ambientes –apenas dos habitaciones- y la escasez del apoyo musical –la frecuencia de los silencios- deja como únicos apoyos la confianza en un guión sorprendente que va dejando rastros que se retoman en progresiva elocuencia significativa y la trasparencia de las interpretaciones que destilan en sus soledades una ternura contenida y un humor fresco y paradójico. Un ritmo calmoso obliga al espectador a sintonizar con los personajes que se van tejiendo con parábolas como la concertación de las piezas de un rompecabezas, la conservación de la frescura y el olor de las flores o la confianza en que el cielo siempre llegará.

Reviste especial interés la apuesta de la historia por la vida. Una vida que no es fácil ni ingenua, que ha traspasado el abandono y el fracaso, pero que resiste y crece más allá del desamparo, de la muerte o de la explotación económica o afectiva. En “Amador” la vida siempre pide ser tocada y reclama tener un nombre. Y esto nos depara otra grata novedad: la trascendencia, el misterio y la religión son tratadas como realidades del alma.Ciertamente que no con una actitud confesante sino abierta, dejando sitio a la inteligencia del espectador para que interprete aquello que elija. Así la muerte puede tener un más allá o no, el alma puede pervivir o no, la oración puede acompañar la vida o no, un sacerdote puede ayudar o no y el amor puede ser posible o no. Y cuando se reclama ante estas cuestiones la libertad del espectador es que tras la cámara y el guión hay alguien que cree en los seres humanos, que aparecen en medio de la derrota siempre como mucho más.

La metáfora del maquillaje referida al cine también en una sugerente ocurrencia. Maquillar la vida o la muerte puede ser una tapadera o una mentira. Pero también el cine maquillando sus historias puede decir algo más. Bienvenida sea esta pretensión. Y nuevamente una certeza, el buen cine no exige mucho dinero sino una mirada penetrante capaz de hacernos volver sobre nuestros pasos e invitarnos a retomarlos con nuevas perspectivas.
Volver arriba