Los divorciados comulgan y comulgaran.

Y así será y seguirá siendo por más barreras que algunos se empeñen en ir poniendo, como el Cardenal Antonelli que lo nombran presidente del Consejo Pontificio para la Familia (que con él más parece contra la Familia) y por su postura de conservar las leyes lo que hace es desangrar la Iglesia de fieles.

El matrimonio al igual que el sacerdocio es cosa seria, y uno o una en la vida se puede equivocar, y errores de estos hay montones. De todos los errores que uno puede cometer el único claramente irreversible es la muerte. Pero cuando se empeñan en no dar una oportunidad a los divorciados y vueltos a casar (por lo civil, ya se me entiende) se está actuando contra la familia.

Para unas cosas la Iglesia defiende y muy bien a la familia, para otras es una total agresora. Y la de los divorciados es una de las más graves. Son muchos los divorciados que se les ha obligado a alejarse de la Iglesia por culpa de malos obispos, cardenales y sacerdotes, y son muchos los que han conseguido seguir adelante con su fé gracias nuevamente a los buenos obispos, cardenales y sacerdotes. Los malos se dedican siempre a lo mismo, a poner la doctrina del matrimonio por encima de las personas, los buenos a ponerla al servicio de las personas. Y existen numerosos sacerdotes que dan de comulgar a los divorciados, porque creen que Cristo también es para ellos independientemente de su irregular situación canónica.

Pues este señor Cardenal más le vale apostar también por la familia de divorciados y no verles el pecado. Que Dios no quiere el divorcio ya se sabe, pero Dios es capaz de consentirlo por la propia debilidad humana. Si seres perfectos fuéramos, que no lo somos, no cometeríamos errores. Pero como no somos perfectos nos podremos equivocar una y mil veces, y en el matrimonio un hombre o una mujer puede casarse, consumarlo, y al cabo de un mes salirle muy infiel o maltratador el marido (o la mujer) y no me parece bien la postura de a joderse y a aguantarse.

Convertir a Dios en el intransigente que uno mismo es y lleva en el corazón es la postura de este cardenal. No sé como queda espacio para la compasión, la misericordia y el amor si se impone ver a Dios como un intransigente. Prefiero siempre quedarme con el Dios compasivo, misericordioso y que nos ama, pues en mi vida quiero alcanzar del mismo compasión y misericordia por mis pecados, y espero que así la obtengan mis prójimos. Respecto a ese cardenal, que pena por ver antes al pecado que a Dios.
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