Tarjeta amarilla a nuestro REY

Es lo que dijo nuestro Rey en su último mensaje de Navidad. ¿Qué ha ocurrido desde entonces y cómo valorarlo?
En la semana pasada la crisis económica añadió dificultades para transmitir esperanza y soluciones a los 5,2 millones de parados y a los 578.400 hogares en los que ninguno de sus miembros tiene ingresos. Y surgió un problema económico y diplomático nuevo con Argentina. ¿Dónde estaba mientras tanto el Rey? ¡Cazando elefantes!
En la situación de crisis y penuria económica que vivimos lo ocurrido ha dado lugar a una reacción muy crítica de la opinión pública. Hasta el punto de que, desde diferentes sectores, se ha utilizado para cuestionar la monarquía o demandar la claudicación del rey en su hijo.
Ante lo ocurrido no podemos ni debemos callarnos. Debemos sacarle una tarjeta amarilla a nuestro rey, que implique un reconocimiento del error cometido. Pero, con la que está cayendo en España, y con todos los problemas que tenemos, no es momento para generar más inestabilidad y seguir derrochando confianza en nuestra Instituciones. No es momento para echar mas leña al fuego y destruir todo y a todos. No es momento para tarjetas rojas.
En una sociedad responsable, madura, justa y solidaria las cualidades morales de sus gobernantes son muy importantes. Son determinantes, puesto que de ellas deriva un impacto social fuerte y, dependiendo de como sean sus comportamientos, el mensaje que transmiten a sus ciudadanos puede ser de admiración o de indignación.
"Lo siento mucho. Me he equivocado. No volverá a ocurrir", ha dicho el rey tras recibir el alta hospitalaria. Es un gesto de humildad que le engrandece y yo acepto sus disculpas.
Ojalá sirvan para comprender y aceptar que no todo vale; que nuestros gobernantes no tienen vía libre para hacer cuanto se les antoje ni como se les antoje. Que sirva para madurar lo que supone adoptar comportamientos responsables. Que se vean impulsados a hacer todo lo posible, y más, para que la sociedad civil recupere la confianza en sus instituciones.
Para ello nuestros gobernantes deberán tener una conducta ejemplar. Actuando con coherencia entre sus palabras y sus hechos. Optando por la modestia en lugar de por el despilfarro o la ostentación. Será la forma de que la segunda tarjeta amarilla no llegue nunca y de que aprendamos de los errores.