"Monumental, cívica y ciudadana, 'agradable a Dios y a los hombres'" Plasencia, la catedral de los obispos guerreros

Plasencia
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"De los obispos de la ciudad de Plasencia se puede y se debe confesar que, además de potentados y ricos, fueron cortesanos, de 'nobles y buenas familias', constructores de puentes, cultos, y además y sobre todo, guerreros"

"Dentro y fuera de las murallas placentinas sus obispos se vieron obligados a pastorear situaciones muy enojosas"

Y dos catedrales. Sí, nada más y nada menos, que dos, hasta constituir el conjunto más grandioso y monumental de tipo religioso de toda la Comunidad Autónoma de Extremadura

La "catedral vieja", de estilo románico, se construyó entre los siglos XII y XIII. Su interior, no obstante, es ya de transición al gótico

Aunque a finales del siglo XV comenzó a ser derribada para levantar sobre el mismo lugar la "catedral nueva", es notable y de excepcional relevancia la parte de la misma que aún se conserva

"La 'catedral nueva' es obra del siglo XVI y en ella trabajaron maestros de la talla de Enrique Egas, Pedro de Ibarra, Juan de Álava, Francisco de Colonia, Alonso de Covarrubias, Rodrigo Gil de Hontañón y Diego de Siloé"

"Como síntesis de obra religiosa de tanta envergadura, riqueza y belleza es de resaltar que, de una u otra manera, en la misma dejaron su huella los arquitectos, maestros y artistas más importantes de la época"

"Es también el Palacio Episcopal, de estilo renacentista y en cuyo patio de los Naranjos y Limoneros hay tres hermosos aljibes con excepcionales brocales"

"Plasencia, donde son asimismo catedral, o catedrales, parroquias, templos, iglesias, ermitas y 'lugares sagrados', será estimada y bendecida como 'cívica y ciudadana', respondiendo a su sobrenombre de 'agradable a Dios y a los hombres'"

De los obispos de la ciudad de Plasencia, en la provincia eclesiástica de Extremadura, se puede y se debe confesar que, además de potentados y ricos, fueron cortesanos, de “nobles y buenas familias”, constructores de puentes, cultos, y además y sobre todo, guerreros. De los ejércitos de los tres reyes de España que lucharon en la cruzada contra el moro, en la decisiva batalla de Las Navas de Tolosa- “Despeñaperros”- (16 de julio de 1212), destacó el de Alfonso VIII de Castilla, precisamente el re-fundador de Plasencia en 1189, convertida en capital de diócesis por concesión del papa Clemente III en el mismo año.

Parte del ejército cristiano estaba integrado por las tropas placentinas, con su obispo don Domingo a la cabeza, así como las del todopoderoso arzobispo primado de Toledo, - casi durante cuarenta años- el cardenal don Rodrigo Ximénez de Rada. Los cronistas “oficiales”, con narraciones precisas y documentadas, dan fe de los descabezamientos de moros y de destrucciones de pueblos y ciudades –“no dejando piedra sobre piedra”, por los que pasaron los cristianos para acudir a su cita en Las Navas, contra los “enemigos de Dios y servidores de Alá”, y de su profeta, Mahoma. Tal importancia lograron entonces los obispos de Plasencia, que hasta consiguieron que los Reyes, además de “Reyes de Castilla,” se intitularan, “de Plasencia”.

No obstante, la historia de la ciudad placentina viene de mucho más lejos. Es prehistoria. Está demostrado que sus cimientos de remontan al periodo neolítico -Cueva de Boquique- , pasando por la griega “Ambrozía-Xéreteca”, con referencias al “Jerte”, o “río del gozo”, y por la romana “Dulcis Plácida”, posterior “Ambroz” en árabe. Repoblada y re-fundada por Alfonso VIII, este la enriqueció con un generoso “Privilegio”, en el que literalmente se relatan el fin y el propósito de su gesta con estas solemnes palabras latinas:” Ad honorem Dei, in loco qui antiquitus vocabatur “Ambroz”, urbem aedífico, cui Placentia- Deo placet et homínibus, nomen imposuit”,

Los guerreros obispos de la “ciudad grata a Dios y a los hombres”, al igual que lo hiciera su prelado el belicoso don Domingo en Las Navas, estuvieron al frente de las milicias de Fernando III “El Santo”, que conquistaron Baeza, Córdoba y otras ciudades y territorios de la Andalucía actual.

Dentro y fuera de las murallas placentinas sus obispos se vieron obligados a pastorear situaciones muy enojosas. Las familias Monroy y Almaráz provocaron enfrentamientos sangrientos y en el siglo XIV la famosa placentina doña María de Monroy, conocida como “la Brava”, vengó la muerte de sus hijos, colocando las cabezas de los asesinos en sendas picas en la Plaza Mayor de Salamanca .

En 1450 gobernó la diócesis el obispo- cardenal Juan de Carvajal. Enrique IV –“El Impotente”- se acogió a la hospitalidad de don Álvaro de Zúñiga y permaneció cuatro meses en Plasencia.

En el palacio de Las Argollas se concertaron las bodas de Juana la Beltraneja con el rey de Portugal. Las luchas fratricidas entre las principales familias de los Zúñiga y los Carvajal se enconaron, hasta que el 20 de octubre Fernando el Católico celebró aquí en 1516 las bodas de su nieta doña Ana de Aragón con el duque de Medina Sidonia, entrevistándose entonces con el famoso padre Bartolomé de las Casas tratando el tema de la situación de los “indios” en el Nuevo Mundo.

Luis de Morales pintó aquí en Plasencia sus mejores cuadros. San Francisco de Borja y el teólogo catequista padre Ripalda, pasaron por el colegio de los jesuitas. En 1585 se fundó en la ciudad placentina el Colegio de san Fabián, agregado a la Universidad de Salamanca. San Pedro de Alcántara y Santa Teresa de Jesús se hicieron presentes con frecuencia en esta ciudad.

Y, por fin, las dos catedrales. Sí, nada más y nada menos, que dos, hasta constituir el conjunto más grandioso y monumental de tipo religioso de toda la Comunidad Autónoma de Extremadura.

La "catedral vieja", de estilo románico, se construyó entre los siglos XII y XIII. Su interior, no obstante, es ya de transición al gótico.

Aunque a finales del siglo XV comenzó a ser derribada para levantar sobre el mismo lugar la “catedral nueva”, es notable y de excepcional relevancia la parte de la misma que aún se conserva, destacando los capiteles de las columnas, el arranque de los nervios y las claves de las bóvedas.

Especial atención merece el claustro románico, así como la capilla de san Pablo, que antes fuera Sala Capitular y sacristía, edificada en el siglo XIII, de gran belleza y con una cúpula de inspiración bizantina, que popularmente es conocida como “La torre del León”, con esculturas policromadas y otros notables atractivos.

En el frente de la portada de la catedral hay una imagen de la Anunciación de la Virgen, de estilo muy devoto y sencillo. Del Museo-catedral vieja no pasarán desapercibidas joyas tales como la Virgen del Sagrario, ángeles turiferarios, un crucifijo del siglo XIV, pequeñas tallas del Niño Jesús -una de ellas atribuida a Pompeio Leoni- , las tablas de Luis de Morales –“Jesús atado a la columna” y La Piedad”- y parte de la colección de libros de coro.

La “catedral nueva”es obra del siglo XVI y en ella trabajaron maestros de la talla de Enrique Egas, Pedro de Ibarra, Juan de Álava, Francisco de Colonia, Alonso de Covarrubias, Rodrigo Gil de Hontañón y Diego de Siloé, a quien se le atribuye la fachada llamada del Enlosado. La fachada principal es plateresca, diseñada por Juan de Álava y terminada por Gil de Hontañón.

Lo más importante del interior, de tres naves, y crucero, son las altas bóvedas de crucería estrellada, de complejos dibujos. La obra que artísticamente llama más la atención en esta catedral es su Retablo Mayor, con esculturas de Gregorio Fernández y pinturas de Francisco de Ricci, todo ello dorado, según las exigencias del contrato de la época, en oro de 23 quilates. En el tabernáculo del centro se aloja y venera la imagen de una Virgen con Niño, del siglo XIII y principios del XIV, tallada en madera y forrada en plata.

La sillería del coro, tallada en nogal, - maravillosa obra del siglo XV-, es también de factura excepcional, de Rodrigo Alemán, quien curiosamente se autorretrató en la imagen de la “misericordia” del asiento de la silla correspondiente al obispo. El sepulcro-mausoleo del obispo Ponce de León, fallecido en 1572, amigo y consejero de Felipe II, es digno de loas y alabanzas, aunque ”Sic transit gloria mundo”. El coro alto, en un perfecto gótico flamígero, tiene 37 sillas y el bajo 26. El retablo de las Reliquias es churrigueresco, del siglo XVIII, y el de la Asunción es del mismo estilo y época. El órgano es otra de las buenas piezas de la catedral, que contó siempre con excelentes músicos.

Como síntesis de obra religiosa de tanta envergadura, riqueza y belleza es de resaltar que, de una u otra manera, en la misma dejaron su huella los arquitectos, maestros y artistas más importantes de la época.
Pero la catedral, y más en plural, solo es lo que hemos descrito con admiración. Es también el Palacio Episcopal, de estilo renacentistay en cuyo patio de los Naranjos y Limoneros hay tres hermosos aljibes con excepcionales brocales. También lo es la Casa del Deán, hermoso edificio del siglo XVII con curioso balcón en ángulo coronado con el escudo de los Paniagua de Loaisa. La Casa-Palacio del obispo Carvajal no está lejos.

Son asimismo catedral, o catedrales, parroquias, templos, iglesias, ermitas y “lugares sagrados”, como la de san Martín con las famosas tablas de Luis de Morales, el convento de las Carmelitas, iglesia del Salvador, ermita de san Lázaro,-con san Crispín y san Cipriano, patronos de los zapateros -, ermita de la Salud, hospital de Santa María iglesia de san Nicolás, iglesia de san Vicente Ferrer y convento de las Dominicas, iglesia de san Esteban, portada de las Claras, iglesia de san Pedro, iglesia de santa Ana, la Cruz Dorada, ermita de santa Elena, Seminario Mayor… y por fin, y por ahora, el santuario de la patrona la Virgen del Puerto, a unos cinco kilómetros de distancia, lugar con hermosas vistas sobre la ciudad y el Valle del Jerte, que protegerá la Virgen desde una notable y tierna talla de madera policromada, posiblemente del siglo XV, amamantando a su Hijo.

En la Plaza Mayor placentina, centro de la vida ciudadana desde sus orígenes, y lugar de citas y encuentros, de paseo, tertulia y mercados, en el palacio renacentista de su Ayuntamiento con grandes arcadas y su popular torre del Reloj, dando la bienvenida a los que vienen, y despidiendo a los que se van, el bendito cordial y afable “abuelo Mayorga” sigue y seguirá por los siglos de los siglos, señalando con puntualidad las horas, los minutos y hasta los segundos, de la convivencia. Así, y solo así esta será estimada y bendecida como “cívica y ciudadana”, respondiendo a su sobrenombre de “agradable a Dios y a los hombres”.

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