El carnaval no forma parte de la identidad de este o aquel pueblo sino de muchos pueblos. En Sitges, como en otros muchos pueblos, el carnaval perdió su identidad para pasar a hacer parte de su idiosincracia política. Ocurre como con casi todas las fiestas recuperadas los políticos han recuperado a su antojo y semejanza. Las han vaciado de su contenido histórico y, por lo tanto, de la esencia que les dio origen. Es curioso como los políticos han protestado contra la sentencia de un juez que prohíbe o limita la celebración del carnaval en algún pueblo de cuyo nombre no quiero acordarme y se le pasaron por alto las declaraciones racistas, clasistas de un escenógrafo contratado por otro pueblo de cuyo nombre tampoco quiero acordarme en las que dice (más o menos): “No quiero ni feas ni gordas”. ¿No es esto discriminación?