Carta a la Vicepresidenta

La disolución de certezas, la pérdida de la estabilidad laboral, la deslocalización, la flexibilidad, han dado paso a la necesidad de desarrollar una capacidad que nos permita cambiar de tácticas y estilos en un instante, para abandonar compromisos y lealtades sin arrepentimientos, y para ir en pos de las oportunidades según la disponibilidad del momento en vez de seguir las propias preferencias consolidadas.
Nuestros paradigmas están carentes de identidad por la desinstitucionalización social, por una fuerte subjetividad y por la pérdida de la frontera entre lo interior y lo exterior. Muchas de las características modernas tienen su origen en el yo pienso luego existo.
Dice un personaje de Libertad: “Son alérgicos a cualquier cosa que huela a elitismo, o que no respete el punto de vista de otra persona”. Poco a poco la conciencia se sitúa más allá de la ley y la ley más allá de los intereses y las identidades.
Las decisiones más prácticas se separan de los principios y de las leyes. Solo el sujeto, consciente de sus derechos, puede oponerse a la omnipotente globalización y al neoliberalismo que sometió la economía y a los seres humanos al mercado, esa instancia que se supone más racional que las decisiones que emanan de las personas y de las instituciones. La idea de sujeto humano está formada por todo lo que se reconoce como universal en el ser humano, comenzando por la razón que define la verdad al margen de las ideologías religiosas o políticas, de la experiencia vivida y las tradiciones.
En la situación actual se han asignado a los seres individuales o colectivos derechos que son propios del sujeto humano y que aportan al individuo empírico sus derechos y sus concepciones del bien y del mal. Este retorno del ser humano a sí mismo, y por lo tanto la eliminación de las formas indirectas y veladas del sujeto individual, permitió al mundo moderno tomar conciencia de la oposición directa que existe entre las lógicas naturales materiales y la lógica de la conciencia.
Porque ésta conduce al sujeto humano a reconocerlo como portador de su propia legitimidad y garantiza al individuo derechos que se convierten en derechos universales. Y, por eso, aunque no hay más que una modernidad, hay muchos caminos hacia ella. El objetivo a alcanzar consiste en separar los derechos humanos fundamentales de las ideologías sociales.
La desaparición de la lucha de clases como centro del conflicto no supone el desmembramiento de la sociedad sino el paso a un nivel diferente de unidad: el de los derechos humanos. “La felicidad ha pasado de aspiración para todo el género humano a deseo individual. Se trata de una búsqueda impulsada por la insatisfacción en la que el exceso de los bienes de consumo nunca será suficiente”, dice Bauman.
Al aislarse las elites en sus redes y en sus enclaves de bienestar-en su mundo- abandonan al resto de clases a su albur, fragmentando los estados y traicionando la idea de una democracia concebida para todos los ciudadanos. En las actuales circunstancias los gobiernos no tienen el poder por si solos de solucionar los problemas que nos afectan.
“Se están deteriorando muchas de las razones y valores que han definido a la sociedad democrática: la solidaridad o la capacidad de situarse en el lugar del otro. Por eso, al margen de teorías económicas o de los debates de ideas, va a ser fundamental una reivindicación del sentimiento”, dice Montero. La política se ha convertido en un teatro de simulaciones sospechosas, la economía se abandonó entre delirios de futuros. “La crisis no hace desaparecer la conciencia política, sino que separa cada vez más la vida política, confusa e impotente, de las sensibilidades, las iniciativas y los discursos que se desarrollan en la vida civil sin conseguir darse una organización política”, escribe Touraine.
El proceso de decadencia de las formas simbólicas que se da en épocas de agotamiento cultural tiene algo de desnaturalización y de conversión en reliquia del ser histórico. Las formas simbólicas en decadencia se vacían y convierten en jeroglíficos que siguen vigentes pese a que desconocemos las claves de su lectura. Los objetos, las instituciones, la realidad, “se convierten en alegorías, junto con el hecho de que éstas colman y al tiempo niegan justamente aquella nada en que se representan”, proclamó W. Benjamín.
El mundo de las instituciones sociales carece ya de función y de coherencia interna. Es un universo de dudas y de confusión y ya no de normas.
Los sindicatos no tiene fuerza y los partidos de izquierdas han dado pruebas de su absoluta impotencia. Por eso intervienen los estados para resolver las crisis de las que ellos fueron causantes al confiar el desarrollo y la paz social a la sabiduría de los mercados y mercaderes. Esto supone un nuevo sistema de actores. Las grandes instituciones pierden influencia y las ONG y, en general, los grupos la ganan.
Este paso implica la transformación de las instituciones actuales: de la democracia, de la justicia, de la escuela o de la familia; es decir, supone la crisis de la ciudad.
La economía financiera está separada de la economía real; hay una ruptura entre los intereses de los financieros y el conjunto de la población. Eso causó una profunda y abismal separación entre directivos y obreros. La especulación creó una enorme comunidad de banqueros de todo el mundo; entre ellos se conocen mejor que entre los economistas y los financieros de un mismo país. Lo que se llamaba la racionalidad financiera fue desnaturalizada por los bancos al perseguir exclusivamente beneficios y el enriquecimiento de sus directivos, olvidando la función social del capital.
En una crisis, como en un huracán, las intenciones y las metas de los personajes implicados cuentan poco. Esto basó la economía no en la producción ni en la tecnología sino en el éxito, por eso los capitales evolucionan hacia la especulación. Las víctimas, ya que no constituyen un grupo político ni un lobby de presión, guardan silencio.
Globalización y subjetivación forman universos opuestos que pueden llegar a enfrentarse. La globalización sitúa la economía a nivel en el que ninguna institución, social, política, religiosa puede influir. Si no se fundan instituciones que intervengan, la situación puede desembocar en el comunitarismo.
En la sociedad industrial y postindustrial las relaciones sociales de producción y las políticas sociales eran inseparables, en la sociedad que se anuncia, la característica será la oposición entre la globalización y el sujeto portador de derechos. El sentido de la acción se forma al margen de la vida social. A lo mejor, la crisis no está engendrando un nuevo tipo de sociedad, pero está ayudando a destruir la antigua. Y también puede impedir la formación de un nuevo tipo de sociedad o favorecer la intervención de agentes autoritarios durante un período de difícil transición.
Los errores no son necesarios aunque tal vez sean inevitables. Por mi edad, es probable que haya vivido más que Usted, pero es seguro que he cometido más errores. A pesar de lo que dice Stendhal: En tiempos de crisis “la cualidad esencial de la juventud consiste en no ser susceptible de entusiasmo y en carecer de talento”, confío en su saber hacer, en su coraje, en su claridad de ideas, en su capacidad de innovación, en su amplitud de miras para admitir las buenas proposiciones del adversario, y en su generosidad para mirar con perspectiva de futuro y no de votos las transformaciones que necesita la vida social. Estoy convencido, y así lo deseo, que pondrá su brillante talento y su simpatía al servicio del futuro de nuestro país. Atenta y respetuosamente.