¡Paroles, paroles, paroles!

Hay líderes que en campaña muestran un fanatismo de faquir para hacer nuevos adeptos. Sus fieles los siguen como a santo en procesión, se esfuerzan por tocar la orla de sus vestidos, por quedarse con un hilo de su chaqueta, cavan un terrón en el que haya pisado para llevarlo todo a casa y guardarlo como reliquia de mártir. Y son capaces de romperle la crisma a quien se atreva a preguntarles: ¿Recuerdan ustedes las promesas que le hizo este mismo señor durante la campaña anterior? Para muchos, las palabras valen tanto como actos y satisfacen sus necesidades atávicas de heroísmo, de gloria y de violencia; palabras que no llevan implícita la obligación de actuar, que no suponen una responsabilidad en el que las pronuncia. “Las promesas electorales son hechas para no cumplirlas” (Tierno Galván). Es difícil de imaginar una manera más peligrosa de andar por la vida
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