Vergüenza ajena

Ayer, cuando lejos de Barcelona, leí el reportaje de El País sobre la prostitución en los aledaños de la Boquería sentí profunda vergüenza. “¡Que se vayan!”, sentí decir en el aeropuerto, al taxista, más tarde a los vecinos como reacción a la concesión de los políticos que dijeron: “Nos sentimos impotentes para poner orden en las calles de Barcelona”. El reportaje de El País no me descubrió nada nuevo. Para observar la prostitución y la delincuencia tanto en los aledaños de mi despacho, Ciutat Vella, como en loa alrededores de mi residencia, próxima al campo del Barça, no hace alta ser un lince en cuestiones sociales. Yo también repito: ¡Que se vayan! Siento rabia, asco, vergüenza ajena, impotencia. Necesitamos políticos pero no estos políticos.
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