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El soplo de Dios
Cuando los fines de semana, los jóvenes, que se han ido a las ciudades en busca de centros de formación y ocio, vienen a visitarnos a la aldea y les contamos nuestra vida de juventud no nos creen; nos acusan de nostálgicos, de querer vivir de la tradición. Sin escucharnos nos regalan unas sonrisas que pueden ser irónicas, sarcásticas, despectivas, compasivas. Muchos están convencidos de que nuestra dicha se marchita, nuestras palabras se apagan. Sólo nos queda vivir en silencio sin hacer ruido y escuchar en la lejanía los bramidos de bestias que se desgarran y matan en televisión. Bueno, y jugar la partida y hablar entre nosotros recordando lo que pudo haber sido y nunca fue y lo que fue y nunca debió haber sido. En fin, nuestros ojos, en otro tiempo, inquietos y ardientes, son ahora puntitos que a veces parpadean. (Resumen de la charla de cinco ancianos en un local en una villa de la provincia de Ourense. Los ancianos de cuando en cuando guardaban silencio y se miraban para confirmar lo no dicho pero dado a entender). ¿Donde van aquellos tiempos en que la experiencia era considerada sabiduría y la opinión de los maores respetada?
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