Nos contaban, hace pocos días, que
Miguel Ángel había pintado su rostro en la Capilla Paulina, como un modo más -si es que le hiciera falta- de quedar para la posteridad. Nos decían que Buonarrotti aparecía como uno de los caballeros romanos del fresco. Sin embargo, el propio Papa aseguro ayer que lo que hizo el duende florentino
fue prestar su rostro, muy avejentado, al propio San Pablo, en la escena correspondiente a su caída del caballo. Miguel Ángel, como San Pablo, fue un hombre de fuertes experiencias. Como los genios, con momentos de ira y dolor, de fuerza e iluminación.
No fue teólogo, pero logró que cada persona que visite la Sixtina sienta en ella la presencia de Dios en su vida. La religión y el arte. Miguel Ángel fue San Pablo. Buenos días.
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