Constitución Gaudium et Spes

Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual
Cristo, el Hombre nuevo
22. En realidad el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir(Rom 5,14; Tertuliano De carnis resurr. 6: "Quodcumque enim limus exprimebatur, Christus cogitabatur homo futurus"), es decir, Cristo nuestro Señor. Cristo el nuevo Adam, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación. Nada extraño, pues, que todas las verdades hasta aquí expuestas encuentran en Cristo su fuente y su corona
El que es imagen de Dios invisible(Col 1, 15)2 Cor 4,4. es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adan la semejanza divina, deformada por el primer pecado. En él, la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevado también en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre.
Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre(Conc.Constantinop. III), amó con corazón de hombre(Hebr 4, 15). Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente unos de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado.
Cordero inocente, con la entrega libérrima de su sangre nos mereció la vida. En Él Dios nos reconcilió
(2 Cor 5, 18-19; Col 1, 20-22)consigo y con nosotros y nos liberó de la esclavitud del diablo y del pecado, por lo que cualquiera de nosotros puede decir con el Apóstol: El Hijo de Dios nos amó y se entregó a sí mismo por mí(Gal 2, 20). Padeciendo por nosotros, nos dió ejemplo para seguir sus pasos (1 Pedro 2, 21; Mat 16, 24; Lc 14, 27)y, además, abrió el camino, con cuyo seguimiento la vida y la muerte se santifican y adquieren nuevo sentido.
El hombre cristiano, conformado con la imagen del Hijo, que es el Primogénito entre muchos hermanos(Rom 8, 29;Col 3, 10-14), recibe las primicias del Espíritu(Rom 8, 23), las caulaes le capacitan para cumplir(Rom 8, 1-11)la ley nueva del amor. Por medio de este Espíritu, que es prenda de la herencia(Ef 1, 14), se restaura internamente todo el hombre, hasta que llegue la redención del cuerpo(Rom 8, 23).
Si el Espíritu de Aquél que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en nosotros, el que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos, dará también vida a vuestros cuerpos mortales por virtud de su Espíritu que habita en vosotros(Rom 8, 11; 2Cor 4, 14). Urgen al cristiano la necesidad y el deber de luchar, con muchas tribulaciones, contra el demonio e incluso de padecer la muerte. Pero, asociado al misterio pascual, configurado con la muerte de Crsisto, llegará, corroborado por la esperanza, a la resurrección(Flp 3, 10; Rom 8, 17.
Esto vale no solamente para los cristianos, sino también para los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de modo invisible (Conc. Vat. II const. dogm Lumen gentium c.2 n.16. Cristo murió por todos(Rom 8, 32)y la vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, la divina. En consecuencia, debemos que el Espíritu Santo ofrece a todo la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual.
Este es el gran misterio del hombre que la Revelación cristiana esclarece a los fieles. Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, que fuera del Evangelio nos envuelve en absoluta oscuridad. Cristo resucitó; con su muerte destruyó la muerte y nos dió la vida(liturgia pascual bizantina), para que, hijos en el Hijo, clamemos en el Espíritu: Abba!, ¡Padre!(Rom 8, 15 y Gál 4, 6 y Jn 1, 22 y 3, 1-2)
Ver: Ocho grandes mensajes
BAC 1974