Crisis del Estado de bienestar 6

Trabajo, derechos sociales y globalización
4. La concepción del trabajo
Para la moderna civilización occidental el trabajo es la actividad fundamental del individuo. Ortega decía que la vida del hombre/mujer es un quehacer. Pero, además, el trabajo es el medio principal de contribución y vinculación social. Estas ideas básicas son comunes a las corrientes cristianas, liberales y marxistas.
La reforma protestante puso el acento en la vocación, en la profesión, en el trabajo metódico, e impulsó un gran cambio cultural y de mentalidad respecto al trabajo, que se extiende como concepto abstracto en el siglo XVII y XVIII, siendo el instrumento principal para la revalorización de la nueva economía burguesa. Es la escuela británica, con Smith a la cabeza, la que pone al trabajo en primer plano para oponerlo a la propiedad como fuente de riqueza, es decir, para oponerlo a la aristocracia propietaria de la tierra.
Se trataba de arrinconar tanto la ociosidad propietaria como el "orar" cristiano frente al deber de "laborar". El trabajo tenía entonces un componente progresista frente al poder de la Iglesia y de los terratenientes, haciendo recaer sobre el esfuerzo propio, la valoración de las personas y la creación de riqueza. Pero su función principal era la desposesión del campesinado y el freno al ocio, a la dedicación a la actividad religiosa o cultural de la población, sin las premuras del tiempo. Su objetivo central será el control del tiempo de los sectores populares por parte empresarial y su inversión en la reciente revolución industrial.
El trabajo fue un medio de subsistencia para las nuevas clases populares, un salario como medio de garantizar unas rentas, un mecanismo de disciplina y subordinación, y no como un fin de los individuos deseosos de su autorrealización humana, como la idelopgía popular pretendía hacer creer.
Marx retoma esa centralidad del trabajo y en sus manuscritos habla de la importancia fundamental del trabajo y de la producción, aunque en un sentido amplio y genérico. Todavía con lenguaje hegueliano estos conceptos tienen un sentido más antropológico que económico. La "producción" no es estrictamente económica, sino el conjunto de la "actividad creadora" del individuo; el trabajo será la acción generadora de la "libertad contra la necesidad".
La diferenciación con Smith y los economistas burgueses vendrá, porque esas funciones del trabajo se plantean como potencialidad, en el terreno de lo ideal, de lo que debería ser, ya que el trabajo "real" está enajenado, alienado. El trabajar no generaría individuos autónomos y libres, sino subordinado a la propiedad privada, al capital, y fragmentados por la división del trabajo. Más tarde Marx, y en especial el marxismo, al concepto producción y trabajo le darán un contenido enconómico muy preciso, como actividad asociada al proceso de valoración del capital que genera plusvalía, sobre todo en la industria.
Las versiones más economicistas llegan a considerar improductivo una parte del trabajo, el realizado en los servicios, el intelectual y el doméstico. En la tradición de la izquierda y del marxismo soviético las palabras trabajo y producción tendrán un contenido económico y además positivo, alejado del componente más amplio y antropológico y más negativo, como el de la enajenación del primer marxismo. En la sociedad moderna se ha asumido mayoritariamente el pensamiento liberal de contemplar el trabajo como fuente de realización humana.
En las útimas décadas, no obstante, va ganando terreno su papel instrumental como medio -el salario- de subsistencia y poder adquisitivo; incluso pierde relevancia el objetivo del nivel de satisfacción a conseguir mediante el trabajo y aumenta su importancia como medio de estatus, poder y consumo: se valora lo que proporciona el trabajo, pero no tanto el contenido mismo del trabajo.
Hoy día está muy acuñado el concepto"producción" aplicado a la economía formal, y el "trabajo" al trabajo asalariado
al empleo. Sin duda genera confusión utilizar unos términos que, social y públicamente, se interpretan como estrictamente económicos, cuando se pretende revalorizar una acción al margen de la esfera económico-productiva, en sentido estricto.
Esa tentativa seguiría alimentando la esperanza de la esfera económica y, en consecuencia, la prioridad del empleo actual como actividad fundamental. Se mantendría la separación y jerarquizacion de una actividad más importante -del empleo- de las otras el resto de las actividades más subordinadas a la primera cuando se trata de borrar esas barreras y jerarquías...
Ver Antonio Antón en Trabajo, derechos sociales y globalizaciónTalasa Ediciones, Madrid 2000