Crisis del Estado de bienestar 8

Trabajo, derechos sociales y globalización
6. Cultura del trabajo
La modernidad se ha asociado a esta cultura del trabajo que está haciendo crisis; sería interesante revisar otra tradición cultural cuyos componentes principales nacieron en la polis griega. En la tradición democrática de la polis, en un contexto histórico diferente al actual se mantienen los dos elementos, la actividad social -política- y el trabajo -economía-. (H. Arendt, en La condición humana, A. Macintyre, en Tres versiones rivales de la ética)
La primera estaba vinculada a la razón, a la libertad y la segunda, que aparecía subornidana a la primera, estaba vinculada a la necesidad para sobrevivir. La combinación de ambas en campesinos y artesanos supuso el florecimiento cultural y la cohesión social de la sociedad griega. La disociación de ambas en una élite política y ciudadana y, por otra parte, amplios sectores de extranjeros o esclavos y de campesinos pobres afianzó la desigualdad.
En definitiva, había un estatus social de ciudadano junto a una ampliación de la desigualdad socioeconómica. La ciudadanía sólo lograba dar cierta igualdad "pública" a una parte de los ciudadanos _no a los esclavos, a las mujeres y a los extranjeros_, manteniéndose la desigualdad "privada" en las propiedades y las rentas.
De la igualdad socioeconómica de la primera democracia griega de Pericles, con un similar estatus de campesinos y artesanos, se fue segmentando y complejizando con campesinos ricos y comerciantes por un lado y esclavos por otro. La ciudadanía como impulso igualitario quedó muy insuficiente y frágil. En esa tradición, lo principal como vínculo e identidad social eran los asuntos de la polis, la política entendida en sentido amplio, ya que abarcaba la actividad pública de tipo social y cultural.
Por otra parte, estaba el trabajo privado que ocupaba una parte del tiempo aunque, posteriormente, trataban de dejarlo para los esclavos. En la comunidad local de la Edad Media, también había cierto reconocimiento igualtario de las personas y un marco de relaciones locales comunitarias, pero en un orden social desigual basado en la división estamental y un orden moral bajo hegemonía eclesiástica.
La economía, la disciplina y la subordinación del trabajo no fueron los fundamentos de la sociedad hasta el siglo XVIII o el XIX, en algunos países europeos. El empleo y la sociedad salarial trajeron una nueva explotación y opresión, pero también supuso una mejora respecto a otros privilegios y subordinaciones, como la servidumbre o un tipo de dependencia femenina, proporcionando un nuevo estatus y cierta autonomía individual.
En las dos grandes corrientes mayoritarias de la modernidad, el socialismo y el liberalismo, se consolidan la preferencia hacia la justificación del trabajo y la economía como elementos centrales, complementadas por los derechos sociales y la ciudadanía, según los énfasis. La actitud frente al trabajo es un elemento clave de las sociedades. La ética protestante y el liberalismo utilitarista promovieron la transformación en los siglos XVII y XVIII, de poner el trabajo y la economía en el centro de la vida y la sociedad; la moral productivista se desarrollan sin freno desde entonces.
Sin embargo, de forma paralela al liberalismo y conectado con él, se produce también una cierta distancia a la cultura del trabajo. Son una minoría de intelectuales críticos de la burguesía ascendente que no necesitan trabajar al tener otras rentas; hay asimismo un sector de propietarios con doble moral, empleo y cultura de trabajo para sus obreros y la pobleción en general y actividades sociales, culturales y de ocio para los pudientes. Es un proceso de revitalización del trabajo y revalorización de la propiedad acumulada y del consumo, al que se incorporan capas acomodadas a lo largo del siglo XX.
El extraordinario aumento de la productividad actual, la crítica ecologista, la oposición obrera y sindical a lo penoso y explotador del trabajo, la crisis del empleo y el desarrollo del uso del tiempo en otras actividades culturales y de ocio están modificando, a gran escala, esa cultura del trabajo, tanto en las élites como en las generaciones jóvenes y en sectores de la población, cuyo vículo con el trabajo es muy parcial, afecta a una parte de su vida o de su tiempo. El trabajo ya no se valora como la realización de la persona igual que en el siglo XIX, sino como un mero instrumento para poder vivir.
La idea de situar a la economía, al trabajo en primer plano, que avanzó con fuerza desde el siglo XVIII, es egemónica en la sociedad actual desde hace más de dos siglos, con la generalización de la industrialización y el capitalismo. El movimiento en favor de la ciudadanía y en particular de la ciudadanía social, ha supuesto un freno a ese economicismo y tiene un fuerte componente igualtario, pero casi siempre se ha expresado en un segundo plano y subordinada a las exigencias de la economía.
La vinculación social colectiva se va desarticulando en beneficio del contrato individual, y la crisis del empleo puede tener efectos contradictorios, dejando en la vulnerabilidad y dependencia a las personas sin empleo. Además, la crisis de la sociedad salarial puede no llevar a la liberación y sí a la instauración de viejas subordinaciones sociales. Pero los elementos beneficiosos de relativizar lo económico puede quedar vacío ante la ausencia de unas nuevas bases de sociabilidad y el temor a la desarticulación de la sociedad, al caos... seguiremos
Ver: A. Antón en Trabajo, derechos sociales y
globalización, Talasa Ediciones 2000