Cristianismo frente a neoliberalismo

En el último congreso de teólogos Juan XIII, se ha insistido mucho en que el causante de la crisis económica, que estamos padeciendo hoy en el mundo, es el neoliberalismo globalizante. En cada una de las crisis que ha venido provocando desde 1930, se ha ido agrandando la brecha que separa a ricos y pobres.

De ahí que los más perjudicados sean siempre las masas empobrecidas de los países en vía de desarrollo, que se consideran en crisis de manera permanente. En los países desarrollados las vctimas son los trabajadores desempleados sobre todo. Si no cambiamos el sistema, nos advierten los expertos, la próxima crisis que no tardará en llegar, será aún peor que la que tenemos en este momento.

Dado que esto es así, porque el sistema capitalista se retroalimenta de estas crisis, la razón y la ética exigen un cambio urgente de sistema. La riqueza acumulada hoy es mayor que nunca, pero está en manos de una minoría muy rica.

Esto se ve claramente en los países más pobres, donde unos cuantos terratenientes y multinacionales acumulan grandes beneficios, mientras que la inmensa mayoría de la población apenas puede sobrevivir. Hay que instaurar, pues, otro sistema que distribuya solidariamente la riqueza que producimos entre todos.

Las instituciones que se crearon en su día, para hacer de árbitro en el reparto de los beneficios, como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio, han prevaricado y están al servicio de los poderosos.

De esta manera "el dinero más feo se ha convertido en el más guapo". Y todavía políticos que se creen honestos invocan a dichas instituciones como solución de la crisis actual. Su ingenuidad es suma.

Pero lo más grave es que la mayoría de los que nos decimos cristianos mantenemos las mismas tesis del capitalismo, como el individualismo posesivo, la acumulación de bienes sin límite alguno y hasta buscamos razones para justificarnos.

El evangelio y el cristianismo están en las antípodas de este sistema insolidario que hace crecer la pobreza en el mundo en lugar de erradicarla de una vez. Eso sólo es posible con la implantación de un sistema justo que distribuya permanentemente la riqueza acumulada.

Rousseau se quejaba en el Contrato Social de que se hubiera hecho del derecho de posesión un derecho natural. La Iglesia lo ha consentido, ignorando el derecho universal de los bienes que defiende el cristianismo y le ha desligitimado. Juan Pablo II quiso recuperar este derecho universal de los bienes en la encíclica Laborem exercens. Hay que volver a ella sin demora.
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