Cultura del trabajo
En la cultura antigua, la griega, se consideraba un privilegio no trabajar, porque en el ocio imperan la libertad y la propia voluntad. Los vagos todavía se rigen por esa cultura, pero hoy se estima más la cultura del trabajo, que se considera un derecho y un deber. Esto está más acorde con la naturaleza humana y con la voluntad del Creador.
En la encíclica Laborem Exercens que Juan Pablo II le dedicó el trabajo aparece como "una de las características que distinguen al hombre del resto de las criaturas". Sólo el hombre es capaz de trabajar, llenando con el trabajo su existencia (LE, introducción).
Actualmente el trabajo es un bien escaso y merece que todos -Gobierno, empresarios, sindicatos, trabajadores activos y en paro- le prestemos la mayor atención. Son muchos los hombres y mujeres que sin quererlo se encuentran en la precaria situación de parados. De ahí que la encíclica sugiera que el problema se afronte desde la política, la economía y las nuevas tecnologías (LE, 1).
Incluso sería conveniente que la organización del trabajo técnico se convirtiera en una tarea política para que los criterios que rijan no sean sólo mercantiles, sino que miren a garantizar el empleo. La técnica no tiene por qué poner en peligro los derechos humanos, entre los que cabe destacar el derecho al trabajo, más bien debe potenciarlos.
No es ético mirar solamente al rendimiento productivo del trabajo. Hemos tomado conciencia, dice el Papa, de que el desempleo es una de las mayores injusticias que se cometen contra el hombre y añade: "el trabajo constituye una dimensión fundamental de la existencia del hombre en la tierra".
A la luz de esta doctrina se ve claro que la economía de mercado (neoliberalismo) no es válida para erradicar la pobreza que ella misma ha generado en el mundo. Adolece de "un pecado original", porque su objetivo no es producir bienes para satisfacer las necesidades humanas, sino mercancias para obtener beneficios.
En consecuencia si la política seguida en un país no es capaz de garantizar tal derecho, estamos ante un fracaso de la política del Estado. Este no debe consentir que la técnica que nace como aliada del hombre para hacerle el trabajo más ligero, se convierta en su enemigo cuando la mecanización del trabajo suplanta al hombre. Tampoco ningún Estado honesto debe seguir la norma de dejar hacer al poder económico, el laissez faire de los liberales, porque está comprobado su fracaso y las crisis seguirán repitiéndose.
El problema de la juventud en paro, que tanto nos preocupa hoy es que tiene su vida en plena disponibiliad y no sabe qué hacer con ella. Como se ha dicho muy acertadamente "una vida en disponibilidad es mayor negación de sí misma que la muerte" (J. Ortega y Gasset).
Se impone, pues, una concepción ética del trabajo en la que no quepa el pluriempleo, ni la
abismal diferencia de salarios entre los trabajadores de una misma empresa.
En la encíclica Laborem Exercens que Juan Pablo II le dedicó el trabajo aparece como "una de las características que distinguen al hombre del resto de las criaturas". Sólo el hombre es capaz de trabajar, llenando con el trabajo su existencia (LE, introducción).
Actualmente el trabajo es un bien escaso y merece que todos -Gobierno, empresarios, sindicatos, trabajadores activos y en paro- le prestemos la mayor atención. Son muchos los hombres y mujeres que sin quererlo se encuentran en la precaria situación de parados. De ahí que la encíclica sugiera que el problema se afronte desde la política, la economía y las nuevas tecnologías (LE, 1).
Incluso sería conveniente que la organización del trabajo técnico se convirtiera en una tarea política para que los criterios que rijan no sean sólo mercantiles, sino que miren a garantizar el empleo. La técnica no tiene por qué poner en peligro los derechos humanos, entre los que cabe destacar el derecho al trabajo, más bien debe potenciarlos.
No es ético mirar solamente al rendimiento productivo del trabajo. Hemos tomado conciencia, dice el Papa, de que el desempleo es una de las mayores injusticias que se cometen contra el hombre y añade: "el trabajo constituye una dimensión fundamental de la existencia del hombre en la tierra".
A la luz de esta doctrina se ve claro que la economía de mercado (neoliberalismo) no es válida para erradicar la pobreza que ella misma ha generado en el mundo. Adolece de "un pecado original", porque su objetivo no es producir bienes para satisfacer las necesidades humanas, sino mercancias para obtener beneficios.
En consecuencia si la política seguida en un país no es capaz de garantizar tal derecho, estamos ante un fracaso de la política del Estado. Este no debe consentir que la técnica que nace como aliada del hombre para hacerle el trabajo más ligero, se convierta en su enemigo cuando la mecanización del trabajo suplanta al hombre. Tampoco ningún Estado honesto debe seguir la norma de dejar hacer al poder económico, el laissez faire de los liberales, porque está comprobado su fracaso y las crisis seguirán repitiéndose.
El problema de la juventud en paro, que tanto nos preocupa hoy es que tiene su vida en plena disponibiliad y no sabe qué hacer con ella. Como se ha dicho muy acertadamente "una vida en disponibilidad es mayor negación de sí misma que la muerte" (J. Ortega y Gasset).
Se impone, pues, una concepción ética del trabajo en la que no quepa el pluriempleo, ni la
abismal diferencia de salarios entre los trabajadores de una misma empresa.