Evangelizar a Europa

Epístola de San Pablo

La urgencia de la evangelización del Viejo Continente a que ha venido apelando el episcopado europeo desde hace unos años, y ahora vuelve a insistir en ello,no se ha emprendido todavía con la profundidad exigida por los cambios que se han producido en las sociedades modernas.

Su descristianización es mayor de lo que se podía imaginar, porque afecta no sólo a los alejados, sino también a los que se acercan regularmente al templo y a la práctica sacramental. Ellos también se han dejado arrastrar por la corriente materialista, consimista y edonista que asola hoy al mundo.

Yo no dudaría en situar esta deserción de los cristianos en el carácter dualista que ha revestido el anuncio del Evangelio, distinguiendo entre la vivencia personalista de la fe, por una parte, y su acción en las realidades socioecconómicas, por otra, como si fueran dos realidades ajenas. Este dualismo es la causa de la descristianización de Europa y del mundo, al que hay que hacer frente integrando fe y compromiso sociopólítico en la sociedad.

Frente a la huida del mundo que la espiritualidad de la Iglesia recomendaba en otro tiempo, el cristiano es requerido hoy por el Concilio Vaticano II a estar presente, como un ciudadano más y sin confesionalismo alguno, en las instituciones públicas en las que se decide hoy el futuro de los hombres y los pueblos.

Ha sido la Constitución Pastoral sobre la Iglesia quien nos ha hecho tomar conciencia de que cuanto acontece en la sociedad no puede estar al margen de la fe de los cristianos, sino que ésta ha de activarse en favor de un mundo más justo y humano (GS 73-76).

El anuncio del Evangelio se desvirtúa cuando se dirige sólo a la conversión interior del corazón, sin incidencia en la transformación de las situaciones sociales injustas. Para evitar esta pseudo-conversión, tanto la nueva teología política europea como la de la liberación consideran indispensable la conversión política del corazón burgués que arrastramos buena parte de los cristianos. Lo que quiere decir que la auténtica conversión se realiza en el contexto global de la vida social.

Esto lleva consigo una revisión radical de la la misma conversión que no puede dejar fuera de su preocupación las contradicciones de la vida pública y social. Cosa obvia porque el hombre, cuyo corazón ha de cambiar no existe fuera de la historia y de la sociedad. La conversión así entendida se considera como la despedida de la época burguesa y exige que los países ricos del occidente cristiano se abran a los países por él colonizados y empobrecidos, cooperando en su desarrollo.

Esto parece una utopía irrealizable porque hay muchos intereses por medio. Lo que sí es viable es que las iglesias asuman con decisión y difundan estas ideas, para que los cristianos se vayan familiarizando con ellas.Pero para eso han de despojarse de su institucionalización excesiva y guiarse más por la radicalidad del Evangelio. En este sentido, yo no dudaría en decir que la misma Iglesia debe ser evangelizada de nuevo.
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