La Ingenuidad de Jesús.

Vuelta al Viejo Testamento
Hacia la Edad Media
A la Edad Media le debe la Iglesia romana toda su organización, toda su expansión, todo su poder, toda su riqueza. Expansión, organización, riqueza, poder y el puñado de semilla de Jesús que cayó en tierra abonada con sangre se mártires, dieron a luz la cristiandad.
Eso que llamamos "cristiandad" es el resultado de sumar al derecho y organización del Imperio romano la sacralización teocrática del Antiguo Testamento, y como levadura invisible, algo de Nuevo Testamento. El Antiguo siguió vivo. Grecia puso la precisión arrogante de los conceptos y el diccionario.
Y ese occidente tan fraguado de tradiciones, leyes y costumbres acogió la semilla de Jesús. Luego vinieron los pájaros y se comieron una parte, otros granos murieron sofocados por tanto ramaje; otros perecieron pisoteados por los caminantes...Pero un puñado cayó en tierra buena y mantuvo el fruto de la utopía, que aún permanece a paser de todo. Y así es la cristiandad occidental: algo judía, algo cristiana, algo pagana y una parte imprecisa, anónima, cuya cantidad sólo sabe el Padre que produce, quizá sin saberlo el ciento por uno. Nada ni nadie pudo con ellos.
Porque Jesús no había dejado nada más que fe y poesía. Es decir, utopía. Y se sabe que la utopía no sirve para organizar.(Atención, amigo contertulio Moisés).
Fue mucho más fácil reeditar el Reino de David que que instaurar el reinado de Jesús. Y volvió nuevamente la teocrcia de David y Salomón con sus palacios, sus Templos y su Torá retocada, bautizada y romanizada, y su nueva casta sacerdoytal.
A Jesús le persigueron con la Torá en la mano. Pablo había sido el que más profundizó en la incompatibilidad del binomio Jesús-Torá al caer en la cuenta de que a los discípulos de Jesús les costaba más arrancarse de la Torá que incluso morir por Jesús. Y muchos derramaron su sangre por Jesús sin haber abandonado
la Torá.
No había nadie en la historia de la humanidad por el que hayan muesrto tantos seguidores. Y eso que Jesús no pidió nunca que dieran la vida por él. Pero su memoria se empapó bien de sangre. A nadie se le ha amado tanto, a
veces con fanatismo, a veces con ingenuidad, pero siempre con entrega ¿quién puede juzgar?.
L. Alemán Mur, La Ingenuidad de Jesus. La venganza de la Torá.
Ed Nueva Utopía 2002.