Mística de ojos abiertos 2
En las tradiciones bíblicas donde el cristianismo emergió hay numerosas normas de conducta para una ética de convivencia multicultural. Por el contrario, en Europa priman actualmente unas normas puramente pragmáticas como las siguientes: respetamos a los extranjeros, porque los necesitamos para que nuestras economías prosperen y se puedan seguir pagando las pensiones y porque hacen posible nuestro bienestar.
Con unas perspectivas tan miopes no podremos lograr nunca una fructuosa convivencia cultural, salvo casos muy contados. Pues bien, en esta conducta nuestra con los emigrantes están hoy en juego las reservas morales del cristianismo.
Los conflictos que el clamor popular atribuye a los emigrantes la mayoría de las veces no son reales. Lo que existe es nuestro propio conflicto que proyectamos sobre ellos, al considerarlos como un peligro o como enemigos. Es decir, el problema real no son los emigrantes muchas veces, sino la manera como los miramos y tratamos nosotros.
En contra de esta xenofobia que delata el endémico cristianismo que profesamos, están los imperativos bíblicos que facilemente olvidamos. Uno de ellos parte de la experiencia vivida por Israel en su época de extranjería: "No maltratarás al extranjero, ni le oprimirás, porque fuisteis extranjeros en tierra de Egipto" (Ex 22, 20).
Es esta una constante en las tradiciones bíblicas, que la carta a los hebreos formula de esta manera: No olvidéis la hospitalidad. Por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles ( Heb.13, 2).
Ciertamente, nuestras actuales leyes de extranjería no se pueden convertir en la hospitalidad de aquella sociedad agrícola y nómada arcaica, pero sí deben velar para evitar que se trate a los emigrantes como mano de obra barata o que se les considere como portadores de un mundo cultural inferior al nuestro y se loe explote y se les desprecie. Lamentablemente esto ocurre con no poca frecuencia.
Este modo de proceder en Europa está poniendo de manifiesto que el universalismo de la Ilustración, que se volcó en la consecución de la libertad y la justicia de todos los hombres, fue universal sólo en el apasionamiento con que se predicaba, pero en su realización concreta permaneció y sigue siendo pasticular y eurocéntrica.
A pesar de todo, persigue el reconocimiento de la libertad y dignidad individuales de todos los hombres. Por eso este universalismo de los derechos humanos que se desarrolló en el seno de las tradiciones europeas primigenias no debe minimizarse ante el reconocimiento de la pluralidad cultural de los emigrantes que llegan a Europa.
www.porunmundomasjusto
Con unas perspectivas tan miopes no podremos lograr nunca una fructuosa convivencia cultural, salvo casos muy contados. Pues bien, en esta conducta nuestra con los emigrantes están hoy en juego las reservas morales del cristianismo.
Los conflictos que el clamor popular atribuye a los emigrantes la mayoría de las veces no son reales. Lo que existe es nuestro propio conflicto que proyectamos sobre ellos, al considerarlos como un peligro o como enemigos. Es decir, el problema real no son los emigrantes muchas veces, sino la manera como los miramos y tratamos nosotros.
En contra de esta xenofobia que delata el endémico cristianismo que profesamos, están los imperativos bíblicos que facilemente olvidamos. Uno de ellos parte de la experiencia vivida por Israel en su época de extranjería: "No maltratarás al extranjero, ni le oprimirás, porque fuisteis extranjeros en tierra de Egipto" (Ex 22, 20).
Es esta una constante en las tradiciones bíblicas, que la carta a los hebreos formula de esta manera: No olvidéis la hospitalidad. Por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles ( Heb.13, 2).
Ciertamente, nuestras actuales leyes de extranjería no se pueden convertir en la hospitalidad de aquella sociedad agrícola y nómada arcaica, pero sí deben velar para evitar que se trate a los emigrantes como mano de obra barata o que se les considere como portadores de un mundo cultural inferior al nuestro y se loe explote y se les desprecie. Lamentablemente esto ocurre con no poca frecuencia.
Este modo de proceder en Europa está poniendo de manifiesto que el universalismo de la Ilustración, que se volcó en la consecución de la libertad y la justicia de todos los hombres, fue universal sólo en el apasionamiento con que se predicaba, pero en su realización concreta permaneció y sigue siendo pasticular y eurocéntrica.
A pesar de todo, persigue el reconocimiento de la libertad y dignidad individuales de todos los hombres. Por eso este universalismo de los derechos humanos que se desarrolló en el seno de las tradiciones europeas primigenias no debe minimizarse ante el reconocimiento de la pluralidad cultural de los emigrantes que llegan a Europa.
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