La blanca cigüeña,
como un garabato,
tranquila y deforme, ¡tan disparatada!
sobre el campanario.
Antonio Machado
Capítulo Cuarto
En medio de un mundo secular
(Cont., viene del día 23)
El imperio bizantino continuaba en la línea del cesaropapismo, y frente a él los Papas seguían sacando a colación lo de el laicismo del Estado y la libertad religiosa. Así Gelasio I, el año 495, en un documento muy importante y sugestivo, llamado "Tomo acerca del vínculo del anatema"; Gregorio II, entre 726 y 730, en carta al Emperador León III Isauro; Nicolás I en una carta escrita el año 865 al Emperador Miguel.
En cambio, en el Occidente, al hundirse el Iperio, lo que queda de su herencia cultural lo recoge la Iglesia (la "clerecía") y esto, unido a la pronta conversión de los "bárbaros (o extranjeros) facilita una situación de "tutela" de la Iglesia sobre los reyes cristianos, que da origen al sistema medieval de "cristiandad".
El reino hispano-visigótico (tras la conversión del arriano Recaredo al catolicismo)fue uno de los focos donde tuvo origen la idea medieval de una Iglesia de la que el Estado forma parte:el Estado de los cristianos es concebido como "eclesiástico" y queda subordinado a la jerarquía de la Iglesia. La concepción fue elaborada temáticamente en el siglo VII por San Isidoro de Sevilla en sus "Sentencias" (lob.3,c,51,nn 3-6).
La tendencia a fundir el Estado y la Iglesia en una sola y misma sociedad "cristiana" se hace sentir cada vez más a partir del año 800, en cuya Navidad el Papa León III impuso a Carlomagno la corona imperial del Emperador de los Romanos.
En el sistema de "cristiandad" la sociedad de los cristianos es totalmente(totalitariamente) cristiana, y ser cristiano es también un deber social y cívico.
El condicionamiento que imponía a cada uno de los sujetos una comunidad de este tipo era tan fuerte, que resultaba
imposible que los hijos de cristianos en un país cristiano no fuesen ellos mismos cristianos. Con esta situación, contraria al evangelio, vino a articularse la costumbre, que acababa de prevalecer de un modo absoluto, de bautizar a los niños en la primera infancia.
Esta práctica, que carece de toda base teológica sólida y sólo puede invocar hoy a su favor la secular tradicón, introduce la enorme ambigüedad en que se debate el cristianismo actual. Donde todos somos cristianos no hay modo de saber quiénes somos y lo que somos los cristianos. Pero los responsables eclesiásticos prefieren no tocar este asunto, por miedo a ver disminuir las cifras estadísticas de cristianos. Lo importante es que sigamos siendo "todos católicos".
Cabría pensar, con un granito de humor, que por el afán de que todos seamos bautizados, quizá nos hayan llevado a la paradógica situación de que ningumo de nosotros lo esté. Porque la teoría sacramentaria general afirma, con toda congruencia, que nadie puede recibir válidamente un sacramento, si no tienen alguna forma de intención de recibirlo. Pero, en el caso del bautismo de un bebé, suponen que debe haber un sacramento válido, no obstante la falta de intención del rorro, que, evidentemete, no sabe nada de nada.
Parten de un supuesto muy inconsistente: que algo que la Iglesia está haciendo desde hace siglos, tiene que estar bien hecho, o sea, que Dios tiene que pasar por el aro que a la Iglesia se le antoje ponerle.
Por otra parte no hay que preocuparse de que los bautizados en la primera infancia no estemos en realidad válidamente bautizados con el sacramento del agua. Porque lo que Juan Bautista anunció, según los cuatro Evangelios, es que Jesús bautizaría con Espíritu Santo (Marcos, 1,8; Mateo, 3, 11; Lucas 3, 16; Juan 1,33). Y tenemos la esperanza de que ese bautismo no nos falte.