El triunfo de la Torá


Teofanía histórica: La Hierocracia: El Dios de los Sacerdotes

En los desastres y tragedias familiares suelen aparecer o los amigos o los crérigos. El amigo lleva el calor humano. El clérigo lleva a Dios. Cuando el enfermo está en las últimas y aparece el cura alguien comenta "es que ya no hay nada que hacer".

Israel estaba a punto de desaparecer. Había perdido su soberanía. Se había convertido en un pueblo sometido, humillado. Sus señas de identidad políticas y religiosas pisoteadas. Sus cantos se convirtieron en llantos:

Junto a los canales de Babilonia
nos sentamos a llorar con nostalgia de Sión;
en los sauces de las orillas
colgábamos nuestras cítaras.

Allí los que nos deportaron nos invitaban a cantar,
nuestros opresores a divertirlos:
"cantadnos un cantar de Sión".

¡Cómo cantar un cántico del Señor
en tierra extranjera!
Si me olvido de tí, Jerusalén,
que se me paralice la mano derecha;
que se me pegue la lengua al paladar.

La historia se repite: pueblos humillados por catástrofes naturales, por fanáticos ben Laden, por salvapatrias analfabetos, por redentores engreídos, por generales con cerebro de cerdo. Además de blasfemia, es increíble la facilidad en el recurso a Dios para explicar, frenar y justificar la barbarie humana o la ebullición de un planeta.

Le he cogido rabia y miedo a las banderas, a los cañones, a los estandartes con dioses, a los pozos de petróleo y a los credos oficiales.
Aunque quizá sea preferible un terremoto a un fanático con un libro en una mano y en la otra un mandato de Dios.

Israel no ha curado, todavía, su humillación. Justo es reconocer que fueron los sacerdotes los que más bálsamo derramaron en sus heridas. No se trataba entonces de anestesiar con una salvación eterna o un paraíso al estilo musulmán. Eso de la eternidad no estaba claro en aquellos tiempos. Era la identidad histórica de Israel y su fe en un incomprensible Yahvé lo qyue estaba en juego. No había Rey, ni Templo, y Jesrusalén yacía profanada. ¡Qué buen momento para secularizar el mundo y buscar a un Dios distinto y nuevo!

--L. Alemán Mur, La ingenuidad de Jesús. El triunfo de la Torá
Ed. Utopiía, Madrid 2002.
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