Hace dos días presenté un resumen del libro de R. Aguirre (ed.), Así empezó el cristianismo, recordando cada uno de los trabajos que contiene. Hoy me atrevo a retomar su sentido de conjunto recogiendo aquellos que, a mi juicio, son los nueve focos eclesiales (que me atrevo a llamar, con palabra exagerada, nueve cristianismo), que aparecen cuando se realiza una lectura de fondo de sus diversos trabajos.
Ciertamente, el libro (desde la introducción de R. Aguirre hasta la “conclusión” de F. Rivas sobre el “nacimiento de la Gran Iglesia”) presenta el cristianismo primitivo como un despliegue unitario (al menos en su dinamismo originario). Pero la unidad de ese despliegue se expresa y concretiza en diversas trayectorias o focos eclesiales, que son en principio bastante diferentes, como seguiré indicando. Es aventurado hablar aquí de "cristianismo", en el sentido posterior del término; más aún, hablar de nueve cristianismos, pero el sentido del término se entiende.
En la raíz del cristianismo existe una fuerte unidad, pero no impuesta desde arriba, desde algún tipo de Uno superior, sino la unidad de comunión y diálogo que se mantiene y se recrea partiendo de varios focos eclesiales. En esa línea, leyendo el libro de un modo sintético, me atrevo a confesar que he descubierto nueve focos principales, que presentaré de un modo elemental, casi escolar, en las reflexiones que siguen.
En ese momento, hasta el surgimiento final de la Gran Iglesia (hacia el final del siglo II), los cristianos no tenían organizaciones unitarias, ni instituciones fijas, ni medios económicos significativos. Pero hacían algo anterior, más importante: asumían y expandían la experiencia de Jesús, que les capacitaba para recrear y recorrer, de formas convergentes, la gran travesía del Reino, al servicio de la nueva Humanidad, pues el fin se hallaba cerca y debían preparar y, de algún modo, adelantarlo con su vida.
En esa línea, los diversos grupos cristianos (es decir, vinculados a la memoria de Jesus, el Cristo) iban formando comunidades, que se hallaban unidas por una misma experiencia mesiánica de fondo (la llegada del Reino de Dios) y por la memoria y esperanza de un mismo Jesús, a quien veían como Mesías de Israel y portador del Señorío universal de Dios.
Una Iglesia de Jesús, nueve Iglesias distintas
En ese contexto mesiánico surgieron las iglesias, como un proyecto multi-focal, fundado en el judaísmo, pero abierto, de formas distintas, hacia los diversos pueblos del entorno. Ciertamente, las experiencias y tareas de los diversos grupos cristianos eran diferentes, pero, en conjunto, las iglesias de Jesús fueron tomando distancia frente a un tipo de judaísmo nacional y así establecieron sus propias mediaciones simbólicas y organizativas (sacramentos y ritos, funciones administrativas).
Sin duda, todas ellas tenían en común la referencia a Jesús, a quien tomaban como Cristo, y confesaban que había muerto (le habían matado) y que Dios le había resucitado. Pero a partir de ese fondo común esas iglesias se configuraros de formas distintas, siguiendo básicamente los nueve focos que he creído adivinar en el fondo de este libro:
1. Hay un primer foco judeo-cristiano, centrado en Jerusalén, donde se dieron algunas de las primeras experiencias pascuales, vinculadas quizá a las mujeres y al grupo de los Doce, con Pedro. Sin embargo, al poco tiempo, tras la expulsión de los helenistas (cf. Hch 6-7), en este foco quedaron como dominantes los judeo-cristianos de la línea de Santiago (con los parientes de Jesús), que no sólo se establecieron en Jerusalén (como la comunidad de los pobres de los últimos días), sino que enviaron misioneros por los lugares donde se habían establecido las comunidades de Pablo, con la finalidad de que «completaran» el camino de Cristo, asumiendo las prácticas legales del judaísmo (en especial, la circuncisión).
En esa línea podría hablarse también de las iglesias de Judea (cf. Gal 1, 22). Más aún, ampliando este contexto, en un trabajo más especializado debería precisarse mejor el posible foco samaritano, del que conservamos varios indicios, no sólo en el libro de los Hechos (Hch 1, 8; 8, 1-14; 9, 31; 15, 3), sino en el evangelio de Juan, cuya comunidad puede tener unos orígenes en parte samaritanos (cf. Jn 4).
2. Hay un foco galileo, que parece menos atestiguado por los textos del Nuevo Testamento, pero que se encuentra en el fondo de varios de sus estratos más significativos. En este contexto se sitúan, a mi juicio, bastantes tradiciones de los evangelios sinópticos, vinculadas a Pedro y a los Doce, y a otros misioneros, que parecen haber actuado al principio como puente entre las comunidades de Jerusalén y Galilea, al menos hasta el momento en que la figura y grupo de Santiago se vuelve dominante en Jerusalén (cf. Hch 12, 17), en torno al año 41/44 d.C.
En este foco galileo se inscribe de un modo especial el Documento Q, que parece haber influido poderosamente en las tierras vecinas de Siria. Las tradiciones de Galilea resultan básicas en Marcos y Mateo, de tal manera que son muchos los que piensan (pensamos) que ambos evangelios tienen un origen galileo, especialmente el de Mateo, que puede situarse en un tiempo y lugar (entre el 89 y el 90 d.C.) en que también los judíos rabínicos estaban empezando a fijar sus tradiciones en esa misma Galilea.
3. Hay un foco sirio, muy vinculado a Galilea, que puede dividirse en varias zonas.
(1) La costa de Fenicia, que solía tomarse como parte de Siria (cf. Mc 7, 26), donde aparecen discípulos de Jesús desde el principio (cf. Mc 3, 8; Mt, 15, 21; Hch 21, 4).
(2) La ciudad de Damasco y su entorno (incluso la Decápolis), donde Pablo se hace cristiano y comienzo a extender el mensaje (cf. Gal 1, 17; 2 Cor 11, 32; Hch 9, 3-22). En ese entorno y en el conjunto de la Baja Siria, desde Damasco a Fenicia, pasando por el alto Jordán, cerca de Galilea, puede situarse de algún modo la tradición de Marcos.
(3) La metrópoli y entorno de Antioquía, donde la iglesia ha tenido un fuerte desarrollo, de manera que los discípulos de Jesús comenzaron a llamarse allí, por primera vez, cristianos (cf. Gal 2, 11; Hch 11, 20-30), extendiendo desde allí la primera gran misión del evangelio.
En ese contexto de Siria se puede hablar de la primera gran simbiosis entre el mensaje de Jesús y la cultura griega (e incluso siríaca, aramea). Desde ese entorno, vinculado de algún modo con el surgimiento o primer despliegue de algunos textos canónicos del Nuevo Testamento (Marcos, Mateo, Lucas), se expandieron después algunos movimientos ascéticos, gnósticos e institucionales de la iglesia, que se reflejan, por ejemplo en la Didajé y las cartas de Ignacio, lo mismo que en el evangelio no canónico de Tomás. En ese entorno de la Alta Siria, en un camino que se dirige hacía Édesa, cruzando el río Eúfrates, ha surgido pronto una cristiandad muy significativa, de la que debería hablarse quizá más.
4. Hay un foco asiático, que podemos centrar en torno a Éfeso, pero que se extiende por gran parte de la actual Turquía, abarcando zonas que entonces no formaban parte de la provincia romana de Asía. El cristianismo de Éfeso está vinculado de manera intensa a la misión de Pablo, como él mismo confiesa (cf. 1 Cor 15, 32; 16, 8) y como reconocen sus seguidores y, en especial, el libro de los Hechos (cf. Ef 1, 1; 1 Tim 1, 3; 2 Tim 1, 18; 4, 12; Hch 18-19). Este foco asiático puede hallarse representado no sólo por los autores de las cartas de la Cautividad (Colosenses y Efesios) y por Lucas (el autor de Lucas-Hechos), sino también en la literatura del Discípulo Amado y (de un modo más probable) por el grupo del que proviene el libro del Apocalipsis, con sus cartas a las siete comunidades de Asia: Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardes, Filadelfia, Laodicea. Más tarde (a partir del siglo II d. C.), este foco asiático (del que provienen, por ejemplo, Policarpo y San Ireneo) ha venido a convertirse, con Roma, en uno de los centros básicos de la creación de la Gran Iglesia, con su organización y sus tendencias principales. En este contexto, en un sentido extenso, pueden situarse otras comunidades antiguas, vinculadas al proyecto misionero de Pablo (Galacia) y a otros grupos cristianos antiguos, como los que se citan en 1 Ped 1, 1: «Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia».
5. Se puede hablar también de un foco más griego, que se expresa en las iglesias de Macedonia (Filipos, Tesalónica) y Acaya (Atenas, Corinto), a las que escribió Pablo y donde él había realizado gran parte de su ministerios, en los años cincuenta del siglo I. Por la polémica de Pablo, especialmente en las cartas a los corintios (y en Gálatas), conocemos los problemas básicos y el desarrollo de estas iglesias. También podemos estudiar la problemática de la iglesia de Corinto a través de I Clemente (a finales del siglo I d.C.).
En un sentido extenso, el despliegue y sentido de estas iglesias de Grecia se encuentra vinculado al de las iglesias ya citadas de Asia Menor, de manera que los textos de Lucas/Hechos podrían situarse en este mismo entorno. En este contexto ampliado pueden ubicarse igualmente las Cartas Pastorales atribuidas a de Pablo, que están vinculadas también con Creta.
6. Hay un foco romano, que conocemos por las cartas de Pablo (Rom) y por el relato de Hechos (que termina en Roma) así como por numerosos testimonios del Nuevo Testamento (como pueden ser 1 y 2 Pedro y quizá Hebreos), vinculados de forma directa o indirecta con la capital del imperio. La iglesia romana se expresa además en otros textos muy importantes del cristianismo primitivo (entre los que pueden citarse. 1 Clemente y Papías).
Todo nos permite suponer que esa iglesia fue al principio bastante tradicional, de tendencia judeo-cristiana. De todas maneras, la memoria de Pedro (y de Pablo), martirizados allí, y el hecho de que Roma fuera capital del imperio (y meta de la misión de Pablo, según Hechos) han venido a convertirla (con Éfeso y su entorno) en uno de los focos de despliegue y consolidación fundamental del cristianismo primitivo (pues las cristiandades de Siria y de Egipto siguieron caminos algo diferentes).
7. Quizá podríamos hablar también de un foco alejandrino o egipcio, que en un primer momento resulta poco conocido. Hch 6, 9 alude ya a la Sinagoga de los Libertos de Jerusalén donde había judíos alejandrinos que discutían con Esteban sobre el sentido de Jesús. Pablo habla también de un misionero llamado Apolo (1 Cor 1, 12; 3, 4-6.22; 4, 6; 16, 12), a quien el libro de los Hechos (18, 24; cf. 19, 1) presenta como «natural de Alejandría, hombre elocuente y poderoso en las Escrituras». Todo nos permite suponer que la primera iglesia de Alejandría se movió en la línea de este Apolo y parece haber desembocado en un tipo de gnosis judeo-cristiana, antes de integrarse en la gran Iglesia (que se moverá más en la línea de las comunidades de Asia y de Roma).
Sea como fuere, la primera Iglesia de Alejandría (y de Egipto) debió tener mucha importancia, relacionándose con las iglesias de Siria, en una línea donde se mezclan rasgos que después se tomarán como gnósticos o como ortodoxos, según los casos.
8. En un sentido algo distinto, no vinculado a un lugar, se podría hablar de un segundo foco judeo-cristiano, que sigue relacionado con el primero (el de Jerusalén, donde domina la figura de Santiago), pero que (tras la guerra del 67-70 d.C.) adquiere una fisonomía distinta y se extiende por diversos lugares (especialmente hacia Transjordania y Siria y más al oriente, hacia Mesopotamia), manteniendo la vinculación del mensaje y camino de Jesús con varias formas de judaísmo, tal como aparece en algunos evangelios apócrifos (como el de los Hebreos y/o los Nazareos).
Como atestiguan las citas de algunos Santos Padres, han seguido existiendo durante varios siglos comunidades judeo-cristianas de este tipo, pero han quedado marginadas, tras el triunfo de la Gran Iglesia, de tipo más helenista (representada sobre todo por el eje Asia/Roma, al que hemos aludido). Un mejor conocimiento y una recuperación más intensa del mensaje y camino de estas iglesias constituye un elemento importante para el conocimiento posterior del cristianismo.
9. En un sentido parecido se podría hablar también de un foco gnóstico, cuyas manifestaciones más explícitas pertenecen a tiempos posteriores, pero que se ha originado muy pronto, quizá en los años setenta, en un contexto sirio, para expandirse y ampliarse después, por Oriente y Occidente (especialmente en Egipto). Este foco constituye el resultado de la lectura e interpretación sapiencial de algunos de los dichos de Jesús, que aparecen ya en el documento Q (en Galilea), para desarrollarse después de una manera independiente, en un contexto de sabiduría donde las formulaciones apocalípticas tienden a interpretarse de un modo espiritualizado. Este foco gnóstico transmite y recrea una parte muy valiosa (aunque quizá limitada) de la tradición de las iglesias de Jesús… pero de todo habría que seguir hablando aún más (y así lo haremos, Dios mediante, en días próximos).
Baste lo dicho para acentuar la importancia de este libro, y la aportación que ofrece a los que quieren conocer mejor el origen múltiple de la iglesia de Jesús. Siguen pendientes temas importantes, como el "lugar" de la tradición del Discípulo Amado y la función de las mujeres (temas estudiado de un modo especial por C. Bernabé y por E. Estévez...), pero de todo eso habrá que hablar (si es posible) de un modo más preciso. Por ahora baste lo dicho.