Blázquez, Rouco, Cañizares… ¡Sed felices, lo demás se os dará por añadidura!

No sé si este comentario llegará a vosotros, pues estáis muy ocupados. Ni sé si os recordáis de mí, pues ha pasado mucho tiempo, unos treinta años, desde que estuvimos y enseñamos juntos en la Universidad Pontificia de Salamanca. Vosotros habéis tomado un camino muy importante como obispos principales (o de los principales) de este país. Yo sigo donde estaba entonces, con los mismos pensamientos e ilusiones, retirado sin retirarme, en un pueblo donde huelen las ovejas y ya pronto crecerán las mieses. Sé que tenéis cosas muy importantes que hacer y enseñar magisterialmente, en medio de inmensos problemas (de la sociedad, de la Iglesia, de vuestras diócesis), pero quiero deciros, con la vieja confianza, una cosa que sigue nueva tras dos mil años de historia cristiana: Sólo tenéis una tarea de verdad: ¡Ser felices e irradiar felicidad! Todo lo demás vendrá por añadidura. Si queréis seguir leyendo, en medio de los preparativos para la Gran Asamblea, os comentaré ese tema, ojeando para vosotros mi vieja Biblia Griega, la misma que tenía cuando enseñábamos en Salamanca.
¡Sed felices, lo demás se os dará por añadidura!
Ya sé que la Biblia dice “buscad ante todo el Reino y su justicia y todas las demás cosas se os darán por añadidura” (Mt 6, 33). Pero el Reino y su justicia se identifica, según Jesús, el Maestro, con la felicidad, la vuestra y la de los otros (primero la vuestra, para que podáis hacer felices a los otros). Por eso os digo: ¡Sed felices! Si no lo sois ¿qué podéis ofrecer a los demás?
Me gustaría veros radiantes de gozo, a los tres y a los demás obispos, vuestros compañeros, ahora que los políticos que mandan y quieren mandar parecen serios, amargados, echándose los trastos unos a los otros. ¿Les habéis visto, a Zapatero y Rajoy en lo otro día en la tele? Sólo aguanté cinco minutos. No resisto ver a dos hombres enfadados en público, sin saber lo que hay detrás de su enfado, además de los beneficios y maleficios del poder. Pero me vais a perdonar si os digo que también vosotros me parecéis enfadados, preocupados, serios, cada vez que os veo en la tele. Antes no erais así, sabíais reír, me parecíais evangélicos, es decir, felices. Ahora no sé que decir, aunque os digo que con la seriedad que mostráis (sin felicidad) no se resuelven los temas del hombres, según el evangelio.
No sé cómo sois ahora en privado, hace tiempo que no os trato, pero hacia fuera dais la impresión de andar siempre enfadados, echando la culpa a los demás (¡qué mal anda el mundo, qué perdida la juventud, que equivocado el gobierno, que torcidas las costumbres, sobre todo ahora, que las mujeres no son como antes!). Os veo, sobre todo, condenando a los teólogos, amenazando a la sociedad, haciendo cosas secretas que nadie entiende (nombrando misteriosamente a los obispos, sin claridad ninguna, y pidiendo a los políticos que sean claros, transparentes como el agua…). Una última cosa. Estos días, los que hablan de vuestra Gran Asamblea próxima parece que sólo ven en ella disputas de poder secreto, pactos no claros…. Ya sé que tenéis otras intenciones, otros valores, pero el conjunto de la sociedad no logra verlos.
Por eso es digo ¿por qué no intentáis ser felices y todo lo demás se os dará por añadidura?. Ya os he hablado bastante (si alguno me habéis leído). Es normal que me dejéis aquí y no sigáis con el texto, pues tenéis muchas cosas que hacer, pero ya que he empezado voy a seguir diciendo, para mis lectores del blog, unas palabras sobre la felicidad. Ellos tienen más tiempo, aunque hay también algunos que parecen casi siempre enfadados. Ahí va el comentario, unas palabras que añado a lo que dije el 2 de este mes, al exponer (en la palabra del domingo) las bienaventuranzas
Obispos y todos: sed felices, bienaventuranzas:
La primera tarea de los hombres y mujeres es vivir y ser felices, porque la vida que poseen (han recibido) es un don y Jesús les dice (nos dice) que pueden descubrirlo y expresarlo precisamente en sus condiciones concretas de pobreza y hambre, de opresión y llanto. Hombres y mujeres son (han de ser) ante todo felices pues para eso les ha hecho Dios, como dice de manera impresionantes el texto de Lucas:
Sed felices vosotros, los pobres, porque es vuestro el reino de Dios.
Sed felices los que ahora estáis hambrientos, porque habéis de ser saciados.,
Sed felices los que ahora lloráis, porque vosotros reiréis (Lc 6, 20-21).
Jesús no habla aquí, de manera directa, a los obispos, sino a los campesinos y a la gente de la calle de Galilea, a los que llama (y hace) bienaventurados. En vez de lamentarse de (o con) ellos por su desventura, Jesús les ofrece o, mejor dicho, les enseña a ver la felicidad del Reino (Dios en ellos) y les pide que cultiven esa felicidad, precisamente ellos, los pobres, hambrientos y oprimidos (los que lloran), sabiéndose “señores” de todo lo que existe, porque tienen el señorío de Dios (que es el Reino). Jesús no habla aquí para los obispos (al menos no piensa directamente en ellos), pero estas son también palabra para obispos que, si quieren ser algo, han de ser ante todo cristianos y vivir las bienaventuranzas
Habría que mirar a los obispos a los ojos, tomándoles las manos y decir: ¡Ohé, qué felices sois! ¡Qué bueno ser obispos o como los obispos! (no lo digo yo, lo dice el Pablo de i Tim 3, 1). Tendríamos que decir: ¡Yo quisiera ser obispo para ser feliz e irradiar felicidad! Eso es lo que dice, además, San Dionisio Areopagita, cuando habla de los obispos como irradiadores de felicidad/santidad (una doctrina que se encuentra todavía en Santo Tomás de Aquino).
No les llama felices simplemente por aquello que tienen en un nivel externo (¡para que queden así, como pobres u obispos!), sino porque Dios está presenta ya e ilumina la verdad de lo que son, de tal manera su Presencia (¡Dios es Presencia!) cambia su suerte, la suerte de todas las cosas y personas. Dios les alumbra por dentro y ellos le descubren de tal forma que se sienten y saben en Dios “propietarios” de todas las cosas (su herencia es el Reino de Dios, no una herencia o propiedad de registro catastral o mercantil). Dios mismo es su herencia o su obispado (cf. Sal 16, 5), les ha tocado un “lote” hermoso, la suerte de Dios, de tal forma que ahora pueden ver (sentir, gozar) todas las cosas de manera diferente.
En el principio de la vida humana no está el “ser” (un tipo de dignidad ontológica), como realidad neutral, ni siquiera la “admiración” de la que hablaron los filósofos griegos (Aristóteles, Metafísica I, A 980ss), sino una experiencia de felicidad, es decir, de afirmación radical y amorosa de la vida. Esa misma felicidad (aceptación gozosa de la vida) es para Jesús las primera y más honda “confesión de fe”. Creer en Dios es ser felices, irradiando felicidad como él.
Para el que quiera seguir leyendo. El texto de Mateo.
En las circunstancias actuales, los obispos no son pobres/pobres, como aquellos de los que hablaba el texto de Lucas. Para ellos (y para gente como ellos) ha añadido Mateo el texto que dice:
1. Bienaventurados los pobres de espíritu (Mt 5, 3). Son pobres de espíritu aquellos que acogen (eligen) y viven la pobreza como medio de trasformación evangélica de la vida; no sólo por necesidad, sino por opción, al servicio del Reino (es decir, de los más necesitados). Éstos son los que “se hacen” pobres porque quieren vivir según el evangelio, para trasformar de esa manera el mundo desde la misma pobreza bienaventurada (desde la aceptación gozosa y gratuita de la vida). No son pobres sin amor, como aquellos que Pablo ha condenado (los que pueden dar todos sus bienes y entregar a las llamas su cuerpo: cf. 1 Cor 13, 3), sino pobres amorosos, por opción de gratuidad, pobres que son felices al amar y darse de esa forma a los demás, abriendo y compartiendo así un camino de felicidad. Eso tenéis que ser vosotros,obispos, pobres amistosos y felices, sobre todo felices, para que os podamos poenr como ejemplo de iglesia y de humanidad, pues sois la "ciudad elevada sobre el monte" (Mt 5, 14). Mirad que os ven: ¡Tendrías que estar desnudos, irrandiando belleza y felicidad, vosotros y los que están a vuestro lado. Mientras no seaís felices y nos ayudéis a ser felices no podemos creer en vuestro episcopado y muchos no creerán ni siquiera en el Dios de los cristianos.
2. Bienaventurados los que sufren (Mt 5, 4). El evangelio de Lucas ponía los que lloran (hoi klaiontes), destacando quizá el llanto como tal (sin más connotaciones). Mateo pone hoi penthountes, que parece referirse más bien a los que “saben” sufrir, es decir, a los que aceptan el dolor como forma de maduración y como medio para entender y ayudar a otros. Sólo aquellos que son capaces de sufrir y son felices en su sufrimiento pueden servir a los sufren, renunciando a su propia satisfacción inmediata por razón del bien ajeno, pero no por sacrificio (¡incluso quejándose por ellos!), sino por felicidad. Aólo aquellos que son felices y cultivan su felididad puden hacer felices a los otros. Unos obispos que aparecen como sufrientes y “condenantes” y no como felices y hacedores de felicidad se destruyen a sí mismos como personas y hacen mucho mal a la Iglesia.
3. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra (Mt 5, 5). Mansos son los que actúan sin imponerse, porque no tienen medios de poder (dineros, ejércitos, obispados como cargos) o porque renuncian a ellos para desplegar su vida y cultivar su amor entre la gente, desde abajo Sólo estos mansos felices pueden acompañar de verdad a los violentos y así trasformarles, desde su pobreza feliz, no para dominarles (¡incluso para bien, según la propaganda del sistema), sino para que todos puedan compartir la libertad gozosa de la vida, en un mundo que es de todos. Jesús ha sido manso de esa forma y así ha podido decir: «Acercaos a mí todos los que estáis rendidos y abrumados, que yo os daré respiro. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde…» (Mt 11, 28-29). Éste es el yugo de los pobres que aceptan el Reino, siendo felices, y de esa forma son capaces de curar a los ricos que les acogen. Esos pobres reciben así la herencia de la tierra (¡no la conquistan!), pero no para ellos solos (¡tendrían que defenderla por guerra, dejando de ser mansos!), sino para todos, una tierra que es “herencia de Dios” (heredad que el mismo Dios nos ha legado), no para que sea lugar de dominio para algunos, sino espacio de presencia compartida de todos.
4. Bienaventurados los hambrientos de justicia (Mt 5, 6). Ciertamente, son bienaventurados los carentes de comida (cf. Mt 25, 31-46: el Cristo/Rey habita en ellos), pero hay también hambrientos mesiánicos, que quieren alimentarse de justicia, para ponerse al servicio de los demás. Éstos son los hambrientos creativos, entre quienes destaca Jesús, portador de la justicia del reino (cf. Mt 6, 33). No son los “justicieros implacables” que van lanza en ristre o pistola en mano, imponiendo su “justicia infinita” por la gran llanura de la vida, llenándola de sangres y de más violencias, sino los que expanden la justicia por felicidad (o, mejor dicho, como felicidad). Éste es el problema del mundo actual, el problema de la justicia violenta que se impone por armas, el problema de la justicia religiosa que se impone con sermones… Vosotros, obispos, os habéis hecho hombres de justicia por la fuerza; queréis imponer en el mundo vuestra justicia sobre todos… ¿Por qué no empezáis siendo felices, vosotros, simplemente felices, ofreciendo vuestra felicidad a los demás, en los balcones de vuestras catedrales y en las calles de vuestras ciudades? No sé cómo lo veis vosotros, pero desde aquí (Madrigalejo, la Castilla profunda) se os ve siempre riñendo y mandando, imponiendo vuestra justicia. Os digo que la gente no os entiende, la gente de pueblo. Os quiere felices, que irradiéis felicidad. ¿Qué os parece?
5. Bienaventurados los misericordiosos (Mt 5, 7). Ya sé que sois servidores del Mesías misericordioso, Hijo de David, que tiene piedad de los oprimidos y enfermos (cf. Mt 9, 27; 25, 22; 20, 30-31). Pero puede haber una misericordia que se impone por deber o por deseo de prestigio, sin tener en cuenta la propia felicidad y la felicidad de aquellos a quienes ofrecemos aquello que tenemos (pan, agua, casa, libertad: Mt 25, 31-46); en el fondo, ésa no es misericordia, sino una forma de imposición. La verdadera misericordia es la felicidad expandida y compartida, por encima de las razones técnicas y tácticas, para bien de la tente concreta, superando de esa forma el plano de ley en que se mueve el sistema (social, económico e incluso religioso).
6. Bienaventurados los limpios de corazón (Mt 5, 8). Frente a la pureza de una Ley puesta al servicio de los fuertes (piadosos y cumplidores), que la utilizan para dominar a los demás, Jesús ha destacado la limpieza del corazón, abierta en forma solidaria a todos, especialmente a los expulsados del “buen orden social”. Así ha querido superar el orden de ciertas rabinos judíos (¡no todos, ni los mejores!) , centrados en la exclusión de algunos y en la exigencia de conversión de otros. Perdonad que lo diga, peo así me parecéis vosotros y vuestros portavoces en la Televisión, que es donde os veo, cuando predicáis y dais ruedas de prensa. Os parecéis más a aquellos rabinos que a vuestro Jesús. Parece que andáis mirando el pecado ajeno, siempre con la lanza de vuestra justicia infinita en la mano. Pero Jesús ha buscado otra pureza, hecha de cercanía de corazón y de apertura a los necesitados, desde los más pobres, una pureza de corazón, que debe ser lo vuestro. Ess misma limpieza de corazón es la felicidad: dejar transparente el corazón, limpiarlo para que se vea, vivir a nivel de corazón. Esa es la felicidad radical, esa es la fuente y agua del Reino de Dios. Esa tiene que ser vuestra felididad, la del corazón limpio, transparente a Dios y transparente a los demás. Estos limpios de corazón que “ven a Dios” son los que saben “ver” el corazón de los demás, amándoles así como personas, irradiando vida, compartiéndola con ellos. ¡Qué hermoso y claro es ser felices, eso es Dios!
7. Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios (Mt 5, 8). Algunos grupos judíos podrían haber proclamado la bienaventuranza de los guerreros de Dios que conquistar el reino del mundo (un tipo de celotas). En esta línea se sitúa la bienaventuranza de los luchadores que se esfuerzan por conquistar nuevas cotas de poder o de influjo sobre otros, son los que quieren “redimir” el mundo desde arriba, dictando su paz sobre los demás. Perdonad que os diga, pero me parecéis más luchadores de un Dios de justicia que pacificadores al modo de Jesús. Os lo digo desde la calle, junto al río a cuya vera me siento para dar gracias a Dios. No parecéis pacificadores, de verdad os lo digo, con tristeza os lo digo. Ya sé que no tenéis que estar al viento de cualquier propaganda de turno. Pero la forma en que decís vuestros grandes sermones públicos no sirve para pacificar. No os puedo dar recetas, pero sí os puedo ofrecer un camino: ¡Sed felices! Sólo son pacificadores de verdad los hombres y mujeres que son felices, los que están gozosos por el don que han recibido, por aquello que son, irradiando así su felicidad a los demás. En esa línea, Jesús eleva la bienaventuranza de aquellos que acogen y despliegan el Reino de Dios a través de caminos de paz, pues sólo en la paz actúa el Dios creador y sólo por felicidad podrá darse la paz. Mientras los hombres y mujeres del mundo no sean felices no podrán tener paz. Sólo aquellos que han recibido el don de la felicidad (lo han aprendido, lo han cultivado) pueden irradiar la paz. Éstos son los “hijos de Dios” porque realizan su obra, actuando como él, al servicio de la reconciliación, vinculada a la plenitud mesiánica, es decir, al shalom escatológico. Así acaban las bienaventuranzas: la paz del Reino de Dios es la felicidad de los hombres.
8. Conclusión. (Dejo para otro día el num 8: Bienaventurados os perseguidos….). A vosotros por más conocidos (Blázquez, Rouco, Cañizares…) y a otros también conocidos (González Montes, Julián López, Uriarte, Camino…) quisiera desearos, con todo el corazón: ¡Se felices! Sed felices vosotros, pues sólo así podréis irradiar la felicidad de Jesús, en este mundo que necesita mucha, mucha, mucha felicidad, como don de Dios y como terapia. Y buena suerte a todos en la Gran Asamblea.