La Cárcel, una institución que se debe suprimir/superar

He tratado en este blog varias veces de la cárcel, introduciendo en los últimos días el ejemplo del penal de las Islas Marías. En momentos de atentados terroristas, de violaciones y crímenes de fondo sexual resulta poco popular hablar de “superación/abolición” de la cárcel, como ha hecho mi amigo M. M. García, de México, a quien dedico estas reflexiones, que recogen temas que ya ha venido exponiendo en otros posts. No es popular decir que se superen las cárceles, pero las palabras del evangelio están ahí: “El Espíritu del Señor me ha ungido para liberar a los encarcelados…” (Lc 4, 18). Sólo cuando el tren de la vida no necesite parar en la de la cárcel, porque está vacía, sólo cuando las cárceles no tengan ya ninguna función que cumplir y se cierren por inútiles (y superadas) podremos afirmar que hemos vencido en la “guerra de la vida” de Dios, que se expresará al final en un mundo sin muerte (cf. 1 Cor 15, 26). Evidentemente, quiero un tipo de “corrección” y transformación social, creo que no podemos pedir en libertad sin más a los asesinos. Pero, si queremos ser humanos, debemos tender hacia un mundo nuevo, donde las cárceles no sean necesarias.

Las cárceles, la última guerra


Ésta parece la última guerra. Supongamos que se han cumplido los sueños de Kant y de otros muchos utópicos racionalistas, de forma que sólo hay en el mundo un único Estado y no existen ya guerras militares externas (cosa que podría suceder quizá pronto). Sería quizá hermoso. Pero, aún en caso seguiría existiendo (y quizá crecería) la guerra carcelaria, como sucede actualmente en las sociedades más avanzadas, como en USA, donde parece imponerse una especie de “lógica penal” que divide a la sociedad entre los libres (¿encarceladores?) y los encarcelados. Ésta será probablemente la última y más dura de todas las anti-guerras, para la que apenas estamos preparados, pues ella exigiría un cambio muy fuerte en nuestra forma de existencia.
Vivimos en una sociedad que quiere extender sobre el mundo el ideal de la igualdad-libertad-fraternidad, pero seguimos sometidos a una guerra superior, que no se libra ya entre estados, sino entre el conjunto social y ciertos grupos que parecen más violentos. En este contexto se puede hablar de guerra contra el crimen, contra las mafias organizadas, contra diversos tipos de terrorismo callejero… una guerra múltiple, que desemboca de manera intensa en las cárceles donde la sociedad “libre” (legal) encierra de manera “legítima” (según ley de Estado) a los que parecen un riesgo para el conjunto de la población. Es un problema sangrante. Se podrá vencer el hambre (por la que mueren cada día unas 40.000 personas), se podrán superar incluso las guerras entre estados y ejércitos; pero (a no ser que cambien las condiciones personales y sociales), seguirá habiendo violencia y aumentarán las cárceles, como símbolo esencial de nuestra sociedad.

La cárcel (del latín coerceo: refrenar) implica por esencia privación legalizada de libertad. La administración judicial (que forma parte de la razón del sistema) no quiere castigar físicamente a los culpables (como se hacía antaño, con penas de muerte y torturas), sino privarles de libertad y tenerles aislados, vigilados, impidiendo que así puedan dañar a la sociedad. Ese encerramiento violento tiene una finalidad preventiva (que los condenados no puedan seguir dañando) y correctiva (que los culpables, aislados del orden social, vigilados, puedan cambiar de conducta). En ese contexto, podemos indicar ya desde ahora que, para ser creadora de paz, la Iglesia ha de ser un campo de inserción para encarcelados y excluidos en línea de evangelio. La paz del futuro está vinculada a esa función de la cárcel, como seguiremos indicando.


2. Las cárceles de la miseria del sistema.

Tomo el título del libro de L. WACQUANT, Las Cárceles de La Miseria, Alianza, Madrid 2001


Los encarcelados (culpables o no) son los perdedores de la gran guerra en que estamos implicados. El sistema ha puesto la propiedad, producción y consumo de bienes al servicio del capital, diciendo que quiere libertad para todos (liberalismo), pero imponiendo un fuerte cautiverio sobre muchos hombres y mujeres a quienes afirma servir, marginando a los grupos menos favorecidos en un plano económico y social, personal y sanitario. En esa línea, de un modo “consecuente”, para mantener su estructura y la forma de vida de los privilegiados, el Estado (representante del “buen” sistema) expulsa y encierra cada día a más personas en la cárcel, respondiendo con su “guerra” penitencial a la presunta guerra criminal de los encarcelados.
Estamos ante una guerra social sin precedentes. Podíamos haber ordenado la cultura al servicio de la vida compartida, en línea de evangelio; pero la hemos puesto, en general, al servicio de un sistema opresor, que ha extendido su cautiverio violento sobre todos y que amenaza con la cárcel a los desajustados (delincuentes). Ciertamente, muchos encarcelados pueden ser y son culpables en línea de sistema, pues van en contra del orden social, responsables de un tipo de guerra. Pero, en general, ellos son hombres no-insertados, seres que están fuera del tejido social, a veces por su “culpa” (se han separado ellos mismos), pero, casi siempre, a causa de la sociedad (que les expulsa o no logra integrarles).

Por eso, la guerra carcelaria no puede resolverse con una simple re-inserción (y re-educación) de los delincuentes, sino que exige un cambio de la sociedad en su conjunto. El ideal de paz israelita (asumido por Jesús, según Lc 4, 18-19), la paz mesiánica implica la apertura y superación de las cárceles. Pues bien, esa apertura exige un intenso cambio social: no puede ser una vuelta a la situación anterior (a la injusticia del orden actual), sino que implica una gran transformación, una nueva forma de diálogo y encuentro entre el conjunto social y los encarcelados (es decir, entre todos), de manera que puedan surgir vínculos y redes de amor/solidaridad que antes no existían. La paz sin cárceles no puede tomarse como restauración de un orden anterior, sino como creación de uno distinto.

Éste (año 2009) en un momento clave, en una guerra carcelaria cada vez más intensas, una guerra sin fin entre las instituciones del estado y los pretendidos delincuentes. Conforme a todo lo que venimos indicando, el sistema penal/judicial resulta incapaz de resolver la violencia, pues responde a la dureza con dureza, al mal con otros males, situándose en un nivel de ley y juicio vengativo, que sirve para contener unos males con otros, no para curar a los hombres y hacerles capaces de vivir en libertad. Por eso, para superar la guerra carcelaria, los cristianos deben ofrecer a los encarcelados y al conjunto de la sociedad unos motivos de esperanza y libertad, para una convivencia en paz (sin opresiones).

3. Iglesia oficial, defensora de las cárceles.


Ciertamente, los cristianos quieren que las cárceles actualmente existentes funcionen mejor (su finalidad es buena: “reeducar y resocializar…”, Const. Española, núm. 25. 2:), pero en el fondo ellos quieren (con Lc 4, 18-19) que no existan más cárceles. Por eso se comprometen a proclamar en ellas (con gestos, más que con palabras) la paz de Cristo, que quiere liberar a todos los encarcelados: una paz social sin este tipo de instituciones punitivas y penitenciales.
Los cristianos saben que el mismo Dios creador se ha revelado en Cristo como amigo de los presos, sufriendo con ellos y comprometiéndose por ellos. Por eso quieren enunciar e iniciar en el entorno carcelario un camino de trasformación, dirigido por igual a encarcelados y libres, sabiendo que (por lógica mesiánica) son los libres los que deben “expiar” por los encarcelados y redimirles, ayudándoles de esa forma a liberarse, visitándoles y ofreciéndoles su ayuda (cf. Mt 25, 31-46).

En ese contexto debemos recordar que la Iglesia no es representante de una justicia civil (ni está al servicio del orden del sistema), sino que es expresión (encarnación) de la gracia de Dios y de la utopía del Reino. A pesar de ello, desde una perspectiva judicial, tomándose como representante de unos “derechos naturales”, que pueden aplicarse a todos (incluso a los no cristianos), la jerarquía católica ha recogido y expuesto también las implicaciones de la justicia legal del sistema, como muestran algunas proposiciones del Catecismo de la Iglesia Católica (1992):

La preservación del bien común de la sociedad exige colocar al agresor en estado de no poder causar perjuicio. Por este motivo, la enseñanza tradicional de la Iglesia ha reconocido el justo fundamento del derecho y deber de la legítima autoridad pública para aplicar penas proporcionadas a la gravedad del delito, sin excluir, en casos de extrema gravedad, el recurso a la pena de muerte Las penas tienen como primer efecto el compensar el desorden introducido por la falta. Cuando la pena es aceptada voluntariamente por el culpable tiene un valor de expiación. La pena tiene como efecto además preservar el orden público y la seguridad de las personas. Finalmente, tiene también un valor medicinal, puesto que debe, en lo posible, contribuir a la enmienda del culpable (cf. Lc 23, 40-43) (num. 2266; ed. Castellana, BAC, Madrid 1992 pag 498).


Este pasaje apela a la justicia natural (al bien común, propio del Derecho Romano, no del Evangelio) y se presenta como doctrina para todos, no sólo para los cristianos. En ese contexto, la Iglesia aparece como garante de una ley moral universal, abierta al conjunto de los hombres, en línea de ley, de manera que ella se siente capaz de dialogar con los estados, a quienes ofrece su experiencia judicial de siglos:

a. Bien común, compensación. El pasaje anterior supone que la sociedad es justa y que ella acepta (defiende) el bien común, de forma que esa sociedad tiene el derecho de rechazar con armas a los agresores (guerra justa) y castigar por ley a los culpables (cárcel justa). En este contexto de justicia natural, el «orden público» tiende a igualarse con el «bien común», de manera que la cárcel sirva para colocar al agresor en estado de no poder causar perjuicio (es decir, para mantener el bien común). Por otra parte, las penas impuestas al agresor (encarcelado) tienen la finalidad de compensar con un castigo proporcional el desorden introducido por la falta .
b. Penas expiatorias y medicinales. Esta Iglesia concibe la cárcel como medicina para enmienda del culpable y como escuela para educación del ignorante. Esta finalidad es buena (como seguiremos indicando), pero a fin de que se cumpla es necesario un fuerte cambio social, en línea de evangelio, a fin de que el presunto culpable se descubra amado, protegido, potenciado por el resto de la sociedad y que la sociedad no busque venganza, sino concordia entre todos. El Catecismo añade que, para aquellos que reconocen su culpa y aceptan el castigo, la cárcel puede convertirse en lugar y tiempo de expiación .


4. Más allá de las cárceles. Experiencia específica de la Iglesia.


Como acabamos de indicar, la Iglesia ha dicho una palabra matizada sobre la ley de las cárceles. Pero su contribución específica debe situarse en otro plano, superando el nivel de justicia legal del Catecismo. En esa línea quiero recordar la aportación de la praxis penitencial de la Iglesia antigua, que era experta en reinsertar y transformar a los culpables (homicidas, adúlteros, ladrones y apóstatas), sin prisión ni violencia externa.

(a) En un primer momento, la Iglesia ofrecía su perdón a los culpables, sin encarcelarles; pero, precisamente al hacerlo, les invitaba a cambiar (convertirse); por eso empezaba por excomulgarles, haciendo que salieran de la comunidad, por su bien y por el bien de la comunidad donde no podían quedar como homicidas o adúlteros.

(b) Pero esa excomunión se interpretaba como principio de una comunicación más profunda, para lo cual debían comprometerse tanto el penitente como la comunidad, que iniciaba un proceso penitencial de transformación, por voluntad de los mismos culpables, que pedían la reconciliación.

(c) La comunidad participaba en el proceso, especialmente en el tiempo penitencial de cuaresma, asistiendo, ayudando y animando a los penitentes. (d) El final venía marcado por la reconciliación pública y solemne de culpable con la comunidad que había participado en el proceso, y lo ratificaba la celebración de la pascua, con la presidencia del obispo :

1. El punto de partida era el perdón previo de la comunidad, como expresión positiva e incondicionada de gracia (es decir, como esperanza de una vida superior). Ese perdón no es algo que se concede al final del camino, cuando el culpable o delincuente ha realizado su proceso de arrepentimiento, sino que se ofrece desde el principio (por puro amor de Dios) como factor desencadenante de transformación. Según eso, la Iglesia no aparece como portadora de un derecho de castigo, contra el pretendido culpable, sino como mediadora de un perdón que quiere ser real y expresarse en la misma trasformación del conjunto de la sociedad (Iglesia) y de los culpables.

2. El penitente asumía su situación, de manera que el proceso comenzaba después que él se había descubierto perdonado y quería “convertirse”. A partir de ese perdón, la Iglesia debía sostenerle y animarle: decirle que no tuviera miedo, que no se sintiera aplastado, dominado por la culpa, que no se creyera incapaz de asumirla y superarla. La responsabilidad fundamental del proceso no caía por tanto, sobre la espalda del culpable, sino en la comunidad que le ofrecía su asistencia. El itinerario penitencial no era, por tanto, un castigo, sino una experiencia del poder de la gracia, expresada a través de la acogida amorosa de la comunidad.

3. El camino penitencial culminaba en una inserción compartida, del penitente y de la comunidad. Para ello, el penitente debía ver en la Iglesia un espacio donde se le acogía de nuevo, de forma distinta, responsable. Según eso, no se trataba de una simple reinserción (retorno del penitente a la Iglesia anterior), sino de un cambio de la iglesia y del penitente (de una transformación compartida). La Iglesia se sabía pecadora y asumía el camino de conversión con sus penitentes, de manera que éstos no se hallaban solos, pues la comunidad asumía y compartía su camino.

Estos momentos del proceso penitencial antiguo pueden y deben aplicarse análogamente a los encarcelados actuales. Para ello ha de darse un doble cambio. (a) La sociedad debe estar dispuesta a acoger a los penitentes y a caminar con ellos (como hacía la Iglesia), trasformando la situación actual de guerra (que conduce a un cautiverio general) en situación de reconocimiento común y transparencia. (b) Los encarcelados pueden y deben asumir el reto del cambio y de volver a insertarse pacíficamente en una sociedad, también transformada, que les acoge y camina con ellos .

5. Reinserción en justicia y libertad.

La mejor manera de reinsertar es prevenir, cambiando la situación actual de aislamiento y abandono en que han vivido (y viven) los encarcelados. En las condiciones actuales de la sociedad (económicas, políticas, culturales) resulta imposible evitar la delincuencia, de manera que, para superar la guerra antisocial de los “delincuentes” y la guerra carcelaria del conjunto del sistema, se debe recrear el orden social y psicológico (económico, familiar, cultural...) del que provienen los encarcelados, destruyendo así las condiciones en las que brota y crece la delincuencia. Si no hacemos eso, mientras hablemos de paz y seguridad, estaremos fomentando la delincuencia. En ese contexto, desde el punto de vida cristiano, la mejor forma de prevención social es que la Iglesia sea fiel a sí misma, es decir, comunidad fraterna y liberadora, haciéndose presente, como signo de comunión y fuente de esperanza, en las circunstancias y lugares más conflictivos de la sociedad.

El hombre no puede vivir en justicia y libertad si no está inserto en un tejido humano en el que sea recibido y pueda crecer. Eso significa que la responsabilidad (culpabilidad) de los individuos no puede separarse de las condiciones sociales de su entorno. Sin duda (para hablar de una forma concreta), en muchos casos, el agresor es agresor y la víctima, victima, pero ambos forman parte de un “nicho social” muy complejo donde las funciones se cruzan muchas veces, de manera que debemos “curar” a unos y otros, creando espacios de justicia donde todos puedan expresarse y madurar en amor. Ciertamente, hay casos insolubles y trágicos, hay mucha maldad en algunos individuos o grupos (¡por causas a veces complejas!), pero el problema no se resuelve castigando sólo al agresor (miembro débil de la trama) y dejando al resto de la sociedad tranquila (y tranquilizada), mientras los “condenados” siguen pudriéndose en la cárcel. Así lo indicaremos, precisando algunos momentos de lo que podría ser un proceso de “pacificación” y curación social en un entorno carcelario, empezando por los culpables .

Sólo se podrá hablar de paz carcelaria (que implica, al fin, la abolición de las cárceles, como supone Lc 4, 18-19) allí donde la misma sociedad se sienta responsable de la situación de muerte de muchos de sus miembros. El sistema sacramental antiguo implicaba un proceso de reconocimiento personal del culpable, que debía satisfacer a la víctima, para restablecer de esa manera la capacidad de diálogo social, e implicaba un compromiso del conjunto de la Iglesia. En contra de eso, gran parte de la justicia penal de la modernidad olvida a las víctimas y trata a los agresores como autómatas (no como personas), buscando sólo el mantenimiento del sistema (sin tener en cuenta las responsabilidades del conjunto social). De todas maneras, la misma sociedad civil ha empezado a vincular el reconocimiento de los culpables y las satisfacción de las víctimas, dentro de un proceso donde se implica toda la sociedad, especialmente en algunos juicios políticos, como ha destacado S. LEFRANC, Políticas del perdón, Cátedra, Madrid 2004.

1. Aceptación personal:


Sólo se puede superar la guerra carcelaria si el agresor (delincuente) asume y confiesa, de algún modo, su responsabilidad. Esta “confesión” no es una simple táctica para conseguir la amnistía, ni un medio para delatar a otros posibles compañeros de “crimen”, ni un tipo de humillación sádica o patológica, sino un momento clave del proceso de reconocimiento personal, en el que pueden colaborar algunos trabajadores profesionales (asistentes sociales, psicólogos, jueces, ministros de las diversas iglesias o religiones...) y otros voluntarios (cristianos o no), que sean capaces de acompañar a los delincuentes, pero siempre desde una experiencia humana de diálogo. Esta confesión no es un acto de reconocimiento ante un tribunal superior de tipo sagrado (como en la práctica cristiana antigua), ni una declaración judicial legalista, sino una aceptación personal de la culpa y un reconocimiento de los lazos que vinculan a todos los hombres .

2. Reconocimiento social.

Sólo una sociedad que reconoce su falta y se declara en algún sentido “co-culpable” de los crímenes de sus miembros puede iniciar un proceso de transformación pacífica. No se pueden superar las cárceles e insertar socialmente a los presos, sin que el conjunto social se implique en ello, reconociendo sus injusticias y carencias y queriendo crear condiciones humanas de vida en libertad y concordia, para el conjunto de los ciudadanos. En ese contexto se puede aplicar lo que hemos dicho sobre el proceso penitencial de la iglesia antigua. Ciertamente, sin un tipo de reconocimiento o confesión del culpable no puede haber reconciliación ni reinserción. Pero tampoco puede haberla si la sociedad no acepta su responsabilidad y decide cambiar (para ofrecer un espacio distinto de vida a los “culpables”). Lógicamente, es necesario el cambio del penitente y del grupo social. Sólo se puede superar la guerra si las dos partes lo quieren e inician un camino. Sólo una sociedad pacificada podrá abolir las cárceles, superando la actitud fácil (y quizá violenta) de los que los que desean que sólo los presos expíen (¡que se pudran en la cárcel!) y la de aquellos que sólo condenan a la sociedad y toman a los “delincuentes” únicamente como víctimas.


3. Mediación.

En ese contexto adquiere su importancia la mediación penal, en un plano jurídico, pero, sobre todo, en un sentido humano. En sentido jurídico el caso está claro (y empieza a aplicarse en ciertos países): Cuando agresor y víctima lo aceptan, el juez o su representante puede convertirse en "mediador" entre las partes (entre el agresor y el agredido…), procurando que inicien un proceso de diálogo, con la finalidad básica de resolver los problemas de la mejor manera posible (que la víctima sea reparada, que el agresor supere su violencia, dentro de una sociedad que está implicada en el proceso penitencial). De esa forma, la justicia deja de ser la expresión de un poder racional abstracto (estatal) y se convierte en experiencia de comunicación concreta entre personas. En sentido humano, esa mediación puede tomarse como tarea específica de grupos pacificadores, como la Iglesia, que se esfuerzan por crear condiciones específicas de justicia social y reconciliación humana. La Iglesia no puede usurpar el lugar del Estado, ni condenar de raíz sus instituciones judiciales (a no ser que vayan en contra de los derechos fundamentales de la persona), pero puede y debe actuar como institución supra-judicial, mediadora entre estados e individuos y entre diversos individuos. En esa línea, quisiéramos que fuera una mediación pacificadora significativa, al menos en el contexto occidental .

6. Guerra carcelaria, última guerra.


La paz futura resulta inseparable de la creación de unos tejidos sociales que impidan (o hagan muy difícil) el surgimiento de la delincuencia. En este contexto hablamos no sólo de reeducación, sino también de «reinserción social» de los presos. Para que la cárcel cumpla su función, ella debe ofrecer a los presos aquellos medios y condiciones de vida que les permiten integrarse (cambiados) en una sociedad también cambiada, de una forma sana y creadora, descubriendo de nuevo (o por primera vez) muchos valores de la vida que esos presos habían ignorado (les habían sido usurpados), en un plano afectivo, familiar, laboral... etc. Las cárceles han de concebirse, por tanto, como escuelas de vida, en una sociedad que quiere aprender a vivir en humanidad (como dice la Const. Española, 25. 2). Sin ese cambio de la sociedad no podrá nunca superarse la guerra de las cárceles, que puede condensarse en tres momentos:

1. Transformación. Es necesario que, partiendo de aquello que ahora existe, tanto la vida social como la condición de los presos cambie por dentro, en línea de humanidad. Eso significa que las cárceles deben ofrecer más posibilidades de contacto de los presos con familiares y amigos, de manera que así puedan iniciar unas formas sanas de convivencia y trabajo. Evidentemente, eso implica un cambio en la vida del conjunto social, que ha de volverse más sensible hacia los encarcelados.

2. Sustitución. La sociedad debe ofrecer instituciones de acogida y educación de los presos actuales, siguiendo el modelo de algunas que ya existen, promovidas por grupos de inspiración humanista (en las que colaboran muchos cristianos). La mayoría de los encarcelados actuales deberían compartir la vida en casas u hogares educativos, bajo normas de vigilancia o seguimiento, pero en condiciones de libertad, pues sólo con libertad se aprende a ser libre, sólo viviendo sociedad se aprende a ser social y sólo creciendo en espacios de amor se aprende a querer. La Iglesia en su conjunto debería convertirse en hogar de inserción y desarrollo para una parte considerable de los presos: casa para los sin casa, hogar para aquellos que no tienen sin hogar.

3. Abolición. La misma sociedad ha de cambiar, superando sus condiciones actuales de violencia, para que puedan abolirse las cárceles actuales, entendidas como sistema penal. Es evidente que para casos de extrema peligrosidad (enfermos sexuales, asesinos maníacos...) deben mantenerse algunos tipos de encerramiento (entendidos más como hospitales que como cárceles). Pero la inmensa mayoría de los encarcelados de la actualidad deberían reinsertarse y rehacer su vida en un contexto social distinto, que aún no conocemos del todo (pues aún no existe), pero que debe surgir pronto, a no ser que queremos que la agresividad y violencia del mundo actual nos acabe destruyendo. La paz social resulta absolutamente imposible si se mantiene el orden actual de las cárceles.

Las cárceles actuales cumplen ciertamente una función, por ahora, pero son producto de una ideología de poder y de mentira, al servicio de la sociedad clasista establecida. Son una mentira, pues, en contra de lo que se dice, no protegen al resto de la sociedad, ni sirven para superar la delincuencia, ni para reeducar y resocializar a los pretendidos culpables, sino para seguir manteniendo la guerra entre la clase dominante de la sociedad y sus miembros más débiles. Al mismo tiempo, ellas son expresión de una ideología de poder, pues sirven para que el Estado justifique su violencia (y su misma existencia) y se presente como garante de un orden que se impone oprimiendo a los pretendidos culpables (¡los más débiles del grupo social!), pues sólo el Estado puede encerrarles y aislarles.
Los estados han cumplido distintas funciones a lo largo de los últimos siglos, pero una de las más importantes en la actualidad es, de hecho (a pesar de las buenas intenciones de textos como la Const. Española. 25. 2), la de reprimir un tipo delincuencia, presentándose así como institución de “seguridad nacional”, no tanto hacia fuera (contra enemigos exteriores), sino hacia adentro, contra unos riesgos que provienen de nuestra misma forma de vida. En esa línea, las cárceles son signo y consecuencia de una guerra social que ha venido aumentando de forma alarmante en los últimos decenios y que puede convertirse en la más dura de todas las guerras. Cuando acaben los enfrentamientos entre los estados actuales, por razones económicas y políticas (y podrán acabar pronto), cuando hayan terminado las guerras de tipo más o menos ideológico y/o nacionalista que dominan actualmente sobre el mundo (y podrán acabar pronto), seguirá existiendo la guerra de las cárceles, es decir, la violencia de una parte de la sociedad que expulsa y encierra a los peligrosos que ella misma ha suscitado.

7. Conclusión.


En su forma actual, las cárceles nacieron a finales del siglo XVIII, con la finalidad de superar una estructura anterior de violencia más directa, que castigaba y mataba a los presuntos delincuentes. Nacieron cuando terminaba la era anterior de esclavitud y se iniciaba la del cautiverio, aparentemente iluminada por la Ilustración, defensora de las libertades. Nacieron como producto “estrella” de la nueva sociedad ilustrada y no servían para castigar sino, para aislar y vigilar a los delincuentes, en un nuevo tipo de guerra, a fin de que la sociedad libre (y sana) pudiera disfrutar su libertad. Con el mismo fin se crearon hospitales psiquiátricos (manicomios) y otros centros de aislamiento, adoctrinamiento y trabajo, al servicio del sistema. Pues bien, pasados dos siglos, descubrimos que las cárceles no han cumplido su finalidad, no han curado la violencia, no han impedido la injusticia, ni han logrado reeducar y reinsertar a los encarcelados, sino que ellas siguen siendo el signo más duro y la expresión legal más fuerte de la última de todas las violencias, la guerra del sistema contra aquellos que lo amenazaban. Ellas no sirven para curar a los detenidos, ni para mejorar la sociedad, sino para mantener la guerra del sistema, al servicio de sus privilegiados.
Las cárceles son signo de la guerra final y en ella sufren su derrota los últimos vencidos, los expulsados de la sociedad, los condenados, que son el signo del mayor de los fracasos sociales de la modernidad, la expresión concreta de una guerra final, que se sigue combatiendo, de una forma implacable, con medios básicamente legales (por eso menos perceptibles), entre el sistema político-judicial y los encarcelados. En su forma actual, ellas son un campo de batalla y para que cumplieran su misión pacificadora, tendrían que convertirse en espacios de encuentro intenso con la vida, es decir, con aquellos valores que la sociedad no había logrado ofrecer a los reclusos (o que ellos no habían descubierto).
Nos hallamos en una situación muy parecida a la de los principios de la Iglesia. Jesús inició su movimiento de Reino entre los expulsados del orden social de Galilea (hambrientos, desposeídos…). También la Iglesia actual debe iniciar (o, mejor dicho, re- iniciar) su camino entre los expulsados y encarcelados de la sociedad actual. Éste es un camino cuya meta aún no conocemos, pero que ha de estar en la línea del Reino de Jesús, como el primer día, el día en que Jesús proclamó en Nazaret su proyecto de liberación de los encarcelados. Si no fuera capaz de anunciar el Reino de Dios en el contacto penitenciario no sería la Iglesia de Jesús.
Sólo un cambio radical de la sociedad hará posible que se cumpla ese deseo de Jesús, su misión de liberar a los encarcelados (Lc 4, 18-19). Si no asume ese proyecto de abolición de las cárceles, introduciendo en este campo su experiencia pacificadora, como quiere Jesús (¡el Espíritu del Señor me ha ungido… para liberar a los encarcelados”: Lc 4, 18), la Iglesia dejará de ser cristiana.

He desarrollado el tema en El Dios Preso, Sec. Trinitario, Salamanca 2005. Cf. D. JOVER, La formación ocupacional. Perspectivas para la inserción, la educación permanente y el desarrollo local, Popular, Madrid 2001; S. LEFRANC, Políticas del perdón, Cátedra, Madrid 2004; N. MORRIS, El futuro de las prisiones, Siglo XXI, México 1978; J. RÍOS MARTÍN y P. J. CABRERA CABRERA, Mil voces presas. ICAI-ICADE-Comillas. Madrid, 1998; A. SOLAS (ed.), Alternativas a la prisión, Instituto de Criminología, Barcelona 1996.

Las cárceles nos siguen situando ante el misterio de la Cruz, pues ellas son el mayor recordatorio de fracaso de nuestra sociedad ilustrada (conforme al título de un hermoso libro de L. CENCILLO, Guía de Perdedores Fundación, Madrid 1992). Ciertamente, Jesús quiso abrir una utopía cuya meta era liberar a los encarcelados (cf. Lc 4, 18-19). Por eso inició su camino en una sociedad que creaba encarcelados, anunciando y promoviendo la llegada del Reino de Dios, entendido como reconciliación universal. Los cristianos del siglo XXI han de tomar su relevo. Pero, al mismo tiempo, ellos deben saber que éste es un tema de difícil solución, que nos sitúa ante el misterio del Dios de la Cruz y de la Pascua.
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