Espíritu de Dios (1) La creación, entre el carisma y la guerra

De la vida cósmica venimos, somos humanos (humus o tierra que se sabe, tiene conciencia de sí), aliento encarnado de Dios, que ha “insuflado” su Espíritu en el barro, y de esa forma hemos nacido, como seres duales, soplo de Dios, tierra del cosmos (Gen 2, 7). En esa línea, el Concilio de Constantinopla I dirá que el Espíritu es una realidad poderosa y vivificadora (Credo: Dominum et Vivificantem), que actúa y se expresa en todo lo que existe y de un modo especial en la experiencia y vida de los hombres, tal como se centra y culmina en Cristo.

El Espíritu es una realidad, pero no una cosa; es la acción primera, el poder de realidad y presencia de Dios, un principio de comunicación vivificadora, que se expresa de un modo especial en los hombres. La misma etimología de la palabra, del latín spiritus (aliento, respiración), que corresponde al hebreo ruah y al griego pneuma, nos pone en buen camino: El Espíritu es la forma que los hombres tienen de vivir (no sólo ellos, pero ellos de un modo especial), porque existen (como las cosas), porque respiran (como los animales), porque piensan/hablan…

Desde ese fondo expongo tres motivos centrales del Espíritu de Dios en el AT: (1) Una creación múltiple, en el Espíritu de Dios somos. (2) Carisma y guerra, entre la visión de Dios y la violencia. (3) El Espíritu de Dios y los profetas. Buen día a todos.


Espíritu, una realidad múltiple

‒ Espíritu del cosmos: gran Vida del mundo. Así respondieron algunos filósofos griegos y muchos científicos modernos, afirmando que somos parte de un gran mundo que está vivo y respira (viento y tormenta aparecen como el hálito divino del cosmos). De la vida del mundo venimos, en la vida del mundo moramos, a ella tornaremos. Ciertamente, hay algo especial en los humanos, pero nada propio que permanezca para siempre. Muchos ecologistas actuales, en una línea vitalista, añaden que debemos ser fieles al "espíritu del cosmos": no tenemos más Dios que la Vida, ni más religión que el respeto al proceso viviente del cosmos .

‒ Espíritu de Dios, Espíritu del hombre. En sentido estricto, en un plano cristiano, sólo puede hablarse del Espíritu Santo allí donde se afirma que hay un Dios que existe en sí (no es puro mundo), pero que al mismo tiempo actúa de manera creadora y amorosa. Dios no es Espíritu en cuanto ser cerrado (esencia inmaterial aislada), sino como Relación de todas las relaciones, Poder sustentante y Presencia animadora: se abre y entrega a sí mismo como Vida radical y Fuente de comunicación para los humanos. El ser del Espíritu es darse: Apertura creadora, Aliento de amor generoso que sólo "se tiene a sí mismo" (en autopresencia) al regalarse. Por eso, siendo reales, las cosas se realizan en Dios; siendo autónomo, el hombre sólo puede hacerse humano en el Espíritu divino.

Desde esa perspectiva (por decirlo de un modo algo complejo), el Espíritu podría interpretarse como auto-presencia extática y comunicativa de Dios, como vida profunda de su Vida en la que nos movemos, vivimos y existimos (cf. Hch 17, 28), de manera que el mismo Dios viene a revelarse así como “ruah”, aliento de vida del hombre. Desde ese fondo podemos volver a la Biblia, para descubrir allí los dos primeros rasgos del Espíritu, sus dos primeras apariciones en el texto:

‒ Espíritu creador (Gen 1, 2). La Biblia empieza suponiendo que hay un Dios personal (es autoposesión) que quiere comunicarse de manera libre, no imponerse, y que así ha creado todo lo que existe: “En el principio... la tierra era caos y confusión y oscuridad sobre el abismo. Pero el Espíritu de Dios aleteaba por encima de las aguas. Y dijo Dios: "hágase la luz..."; y dijo Dios "sepárense las aguas..." (cf. Gen 1, 1-6). El Espíritu, simbolizado como huracán de Dios, planea sobre el abismo de un mundo que cerrado en sí mismo sería caos confuso. Pues bien, sobre ese fondo aparece y actúa el Espíritu como presencia creadora, extática, de Dios, que pronuncia también su Palabra (y dijo Dios...) para así comunicarse.

‒ Espíritu humanizador (Gen 2, 7). El mismo Aliento de Dios, respiración creadora, se expresa y actúa de un modo especial en la creación del ser humano: “Formó Dios al hombre con barro de la tierra e insufló en su nariz Espíritu de vida y resultó el hombre un ser viviente... Y le dijo Dios: De cualquier árbol del jardín puedes comer, más del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás…” (Gen 2, 7.16-17). Los hombres aparecen así vinculados a Dios, inmersos en su respiración: han recibido su aliento, pueden dialogar con él en libertad, pero “si comen del árbol del conocimiento del bien-mal” (es decir, si se toman como dueños absolutos de sí mismos) pueden destruirse.

Eso significa que el Espíritu de Dios no puede imponerse de un modo material, externo, sino que deja en libertad a los hombres, haciéndoles capaces de vivir, pero también de destruirse (=morir), si es que se oponen a su aliento. Dios les ha hecho capaces de dialogar con él, pero no les ha impuesto su diálogo. Les abre al amor, pero no les ha obligado a quererse (ni a quererle). En el principio de la vida humana está la Vida de Dios (su Espíritu), pero los hombres pueden invertir el impulso de esa vida y optar por la violencia y la muerte, como he puesto de relieve en el libro Teodicea (Salamanca 2013). Éste es el don y el riesgo del hombre en el principio, como creatura de Dios (cf. Gen 2-3) .

El Espíritu de Dios es Vida que se ofrece, no se impone, es Amor que no esclaviza, sino que eleva en libertad a los seres humanos, para que ellos mismos puedan ser personas y así optar, aceptando el don de gracia de Dios o rechazándolo (encerrados en su propia ley que les termina condenando a la muerte). Ciertamente, los hombre reciben la Ruah, aliento de Dios, pero sólo cuando dejan que su gracia les anime y capacite para vivir en comunión interhumana. Entre la gracia, que viene de Dios, y la muerte que ellos pueden alentar habitan los humanos (cf. Sab 1, 15-16; 2, 23-24), seres paradójicos, llenos de riqueza, en el borde de mayor pobreza.

En esa línea decimos que el Espíritu es Dios, pero no como sustancia objetiva, sino como gracia y presencia de vida que Dios mismo ofrece a los hombres para que así puedan vivir en libertad. Y en esa misma línea podemos añadir que los hombres son Espíritu en el sentido más hondo de ese término, en la medida en que moran y viven dentro de la Vida divina .

El Credo cristiano de Constantinopla (año 381) afirma que el Espíritu habló por los profetas, expresándose de un modo ejemplar en Israel, pero también lo hizo en otros pueblos (como supone Hbr 1,1-3). Hablar significa aquí manifestarse y actuar no sólo con palabras, sino con la misma vida, convertida en expresión del poder y presencia de Dios, en línea de carisma fuerte, de tipo religioso extático, pero también guerrero. Para entender su acción, y situar en ese contexto el mesianismo de Jesús, empezaré hablando de los Hombres del Espíritu en el Antiguo Testamento.

2. Espíritu, carisma religioso. Profetas extáticos


Por la Biblia y otros textos de Oriente (Fenicia, Siria) sabemos que había en tiempos de Israel hombres y mujeres que “hablaban y actuaban” con el poder del (o de un) Espíritu divino: Profetas de Mari y videntes de Siria, Fenicia y Canaán, cuya forma de actuar es parecida a la que aparece en Israel en 1 Re 18, 25 ss o Is 28,7 ss:

Los medios ordinariamente empleados para obtener el estado de máxima excitación religiosa son la música, la danza, movimientos violentos, autolaceración, gritos, fijación de todo lo que es ajeno. Lentamente se va produciendo en el grupo (de nebiim, profetas) el entusiasmo, la exaltación, el delirio, el transporte de la mente... Y así por medios puramente físicos y psicológicos se puede llegar a un estado de delirio, de furor, de éxtasis, en el que cada uno se ha convertido en "otro hombre". Las "bandas de profetas" de Israel pertenecen, a su modo, a este mundo. La música, el contacto con los lugares sagrados, cierta clase de movimientos convulsivos que practican, arrojándose por tierra, contribuyen a ponerles en una atmósfera de tensión religiosa que culmina con el éxtasis .

Estos profetas extáticos se sentían impulsados por la ruah o espíritu divino. En esa línea, debemos añadir que los profetas de Israel empezaron situándose en la línea de otros pueblos del entorno, con un tipo de impulso carismático semejante al de ellos. Sólo a través de un largo proceso social y religioso han “superado” la experiencia sacral del entorno y han trazado una fuerte ruptura antropológica de tipo social y religioso, colocando al pueblo ante la voluntad salvadora de Dios, haciéndole reconocer, por un lado, su trascendencia (¡nada es Dios!), y mostrándole, por otro, la exigencia de una fuerte transformación moral (conversión), como he señalado ya en cap. 3, al hablar de Dios padre/madre en los profetas “escritores” (de Oseas al Tercer Isaías).

Pero ése será el resultado de un largo camino que ahora debo precisar, insistiendo primero en el aspecto carismático de la primera profecía de Israel, para evocar después su mensaje sobre el Espíritu Santo, en una línea ya claramente israelita, vinculada con su mesianismo. En un primer momento, la ruah que mueve a los profetas de Israel no tiene como efecto inmediato la palabra sino el éxtasis emocional y militar. Dios despliega su Espíritu y lo hace de un modo intenso a través de aquellos que se encuentran dotados de una fuerza especial, que les lleva a desbordar los límites normales de la vida, sintiendo, hablando, obrando de un modo carismático.

Resulta evidente que los primeros profetas de Israel no tenían aún clara la idea de la trascendencia de Yahvé, ni de la diferencia de su acción y de su culto respecto a los restantes pueblos del entorno. En ese primer momento, los profetas de Israel eran parecidos a los profetas y videntes de su entorno, y utilizaban los mismos medios religiosos (¡psicológicos!) para suscitar una experiencia de éxtasis o ruptura en el nivel de la conciencia. Es normal que se dejaran inspirar (mover) por la música (cfr. Éx 15, 20 ss; Jc 4,4 ss) o por otros medios aptos para entrar en trance. La ruah de Yahvé aparecía así como fuerza que les sacaba de sí (cf. 1 Re 18, 20 ss), sumiéndoles en un estado de emoción y/o transformación mental que les parecía divino (cf. 1 Sam 16, 14; 1 Sam 18, 10). Los nebiim o profetas que entraban de esa forma en trance aparecían como hombres sagrados, y ofrecían un testimonio de la presencia de Dios, como profesionales de la experiencia religiosa:

Los efectos que se le atribuyen (a la ruah) son de proporciones anormales, extravagantes. No es el fenómeno místico tranquilo del contacto con la divinidad. Es una excitación, erupción religiosa, que no tiende a la unión con Dios, sino a proclamar que Dios está operando allí... El Israel de esta época atribuye todo lo que sobrepasa las fronteras de lo normal a la acción del ruah de Yahvé, y viceversa, estima que Yahvé usa de estas formas para manifestarse presente en su pueblo. Con sus arrebatos de fanatismo proclaman que éste es el pueblo de Yahvé y que Yahvé está presente en medio de su pueblo. Por su misma naturaleza, son un testimonio elocuente, férvido, del Yahvismo. Bien puede ser que el fenómeno le haya nacido a Israel del contacto con los pueblos vecinos; pero su sentido es auténticamente israelita .

La "actuación de la Ruah" de Yahvé en los profetas extáticos constituye un dato fuerte de la historia de Israel, pero, en sí misma, esa actuación ha de entenderse desde la experiencia religiosa del entorno, y no ofrece rasgos explícitamente israelitas. Si Israel hubiera permanecido en ese plano se hubiera diferenciado poco de los pueblos vecinos, sin aportar una experiencia específica de Dios, que desemboca en la Trinidad cristiana, como seguiremos indicando.

3. Carisma y violencia militar, los liberadores

En una línea parecida se mueven los guerreros carismáticos, militares profesionales que luchan impulsados por un tipo de impulso extático de ruah de Dios, como en otras culturas (en algunas hasta el día de hoy). El buen guerrero se ha considerado un "santo", un hombre poseído por la fuerza de Dios. Así aparece también en Israel, donde ha surgido una mística guerrera del Espíritu, como vemos en el libro de Jueces, que ha teologizado a interpretado fuertemente esa experiencia, desde una perspectiva posterior, de tipo “deuteronomista” (en torno al siglo VII a.C.) :

– El pueblo peca y cae bajo el castigo de Dios, quedando en manos de sus opresores. La derrota militar y la opresión social que siguen aparecen así como consecuencia de un pecado del pueblo, al que Dios retira su Espíritu, su fuerza protectora.
– Los oprimidos gritan (como aparecía ya en Ex 2) y Dios les escucha, se apiada de ellos y envía un salvador lleno del Espíritu Santo, un “juez” para liberarlos. Juez (sophet) significa en este caso salvador, quizá mejor liberador: es el hombre que recibe el Espíritu de Dios y logra vencer a los enemigos y liberar al pueblo oprimido.
– El guerrero, hombre del Espíritu. Retomando una tradición antigua, actualizada como he dicho por el Deuteronomista (en la línea de la tradición del Éxodo), el libro de los Jueces dice, una y otra vez, que el Espíritu de Dios descendió sobre un juez, excitándole con ardor guerrero, para derrotar a los enemigos y liberar al pueblo (cf. Jc 2, 11 19; 3, 10; 11, 29; 13, 25, etc.).

Este es uno de los “dogmas” principales de la primera identidad teológica de Israel, forma parte de su experiencia histórica, tal como ha sido fijada en torno al tiempo del exilio (587-539 a.C.). El Espíritu de Dios no se revela en el amor tranquilo, ni en un tipo de experiencia interna, ni en el trance individual, sino en el entusiasmo compartido de la guerra, liderada por un juez/caudillo en el que se vinculan santidad y violencia, fuerza de Dios y victoria militar. Lógicamente, el Espíritu del juez (líder militar) anima a los soldados, haciéndoles luchar y vencer en guerra santa .

– El Dios que se desvela por la Guerra es Yahvé Sebaot, Señor de los ejércitos, comandante supremo (celeste y terrestre del ejército israelita), que se “apodera” del combatiente israelita, infundiéndole su Espíritu y haciéndolo sacramento de salvación para el pueblo.
– El juez es un líder carismático, hombre de Espíritu, un “poseso” que combate en una guerra que no se ha racionalizado todavía, sino que aparece en su realidad más honda como expresión de una violencia (presencia) "sobrenatural". El Espíritu de esta guerra se entiende aquí de forma salvadora, pero no ética, en el sentido posterior del término .

Para enfocar mejor el tema debemos unir estas dos experiencias antiguas del Espíritu de Dios que se revela en el éxtasis sacral y en la excitación guerrera, vinculando religión y guerra, espiritualidad y violencia. En ambos casos, el hombre sale fuera de sí, queda en manos de un poder que parece transformarlo, haciendo que actúe y viva de un modo más alto. Tanto el guerrero santo como el nabi/profeta son un instrumento de Dios, al servicio de la “salvación” del pueblo. El profeta ofrece el testimonio de la presencia de Yahvé como poder de transformación religiosa. El guerrero es un testigo viviente de su fuerza protectora, liberando a su pueblo de los enemigos del entorno .

4. De la ruah a la palabra. Profetas “canónicos”

Pasado un tiempo, en el siglo VIII a.C. surgieron en Israel nuevos profetas, que no eran ya extáticos, ni guerreros, sino que expresaban la presencia y voluntad de Dios a través de la Palabra, como destacaré en cap. 4. Pues bien, esos nuevos profetas apenas aludirán al Espíritu de Yahvé, de forma que la presencia y acción de Dios se independiza del éxtasis carismático y militar, para vincularse con un mensaje teológico y moral, en contra de lo que sucedía todavía en el siglo IX a.C. (en tiempos de Elías y Eliseo, con los antiguos nebiim). Antes importaba el éxtasis carismático, de tipo militar o emocional. Ni los guerreros, ni los “posesos” del Espíritu hablaban con discursos, ni escribían, pues su experiencia y su palabra se situaban más allá de la ordenación racional de la vida. Pues bien, en contra de eso, los nuevos profetas de Israel son ante todo mensajeros de una palabra nueva y distinta, de manera que sus oráculos se conservan y recuerdan, y terminan recogidos por escrito.

Por eso, es normal que los grandes profetas como Oseas o Jeremías tampoco hablen del Espíritu, o que Isaías y Miqueas lo evoquen raramente. Esa ausencia puede estar basada en el hecho de que ellos quieran distanciarse de las bandas de profetas carismáticos, que parecen haberse identificado con el orden sacral del sistema, vinculándose al mismo tiempo a la guerra, de manera que no ofrecen al pueblo la exigencia de fidelidad y rigor ético que anuncian los nuevos portadores de la palabra. Por eso, estos nuevos profetas no se presentarán como hombres o mujeres del Espíritu de Dios, sino como oyentes y transmisores de su palabra, como dice Amós al sacerdote Amasías:

Ya no soy profeta ni hijo de profeta, sino un pastor y cultivador de sicómoros. Pero Yahvé me tomó de detrás del rebaño. Y me dijo Yahvé: "Ve y profetiza a mi pueblo Israel”. Y ahora escucha… (cf. Am 7, 14 16).

Este mensaje de Amós no está garantizado por la presencia carismática de Dios que se manifiesta por medio de fenómenos extáticos, de posesión sagrada, ni a través de palabras intraducibles, proclamadas en trance. El nuevo profeta no es hombre de éxtasis ni guerra, sino el promotor de la nueva conciencia israelita, alguien cuyo poder fundamental es la palabra de Yahvé, la denuncia por la injusticia del pueblo de Israel (y de los pueblos del entorno) y el anuncio de una nueva intervención de Dios. Este paso del poder carismático y guerrero al “espíritu” que se vuelve Palabra está en el punto de partida de la nueva conciencia bíblica. Antes, los israelitas eran un pueblo más entre los pueblos del entorno. Ahora empiezan a ser distintos.

En el profetismo extático y guerrero los hombres experimentaban la presencia divina en clave de éxtasis psicológico, de forma que Dios sacralizaba la misma vida humana, con su capacidad de ruptura racional y de experiencia carismática. Pues bien, ahora, los nuevos profetas de la palabra han destacado la transcendencia personal de Dios, presentándole, al mismo tiempo, como alguien que puede hablar con los hombres en diálogo de alianza. Según eso, la experiencia extática (carismática) no vale en sí misma, sino sólo en la medida en que capacita a los hombres para escuchar la palabra de Dios, transmitiéndola al pueblo, como voz de denuncia por el pecado y de anuncio de la nueva y más honda intervención de Dios.

Pasaremos así, desde el siglo VIII a.C., de la experiencia extática (carismática) del Espíritu, que se manifiesta en el trance mental y en la guerra, a la sobria experiencia personal de la presencia de Dios, que habla a unos hombres y mujeres a través de su propia conciencia personal y de su reflexión orante. Estos nuevos profetas (de Amós y Oseas al Zacarías y el Tercer Isaías), siguen siendo “videntes”, pero en un sentido distinto, como intérpretes de la presencia de Dios y de su acción en la historia de los hombres (y especialmente de Israel). En el lugar donde actuaba el espíritu extático viene a desarrollarse ahora una nueva “inteligencia” de Dios y de la historia, una comprensión más honda de la voluntad de Dios y de su diálogo con los hombres.

Estos nuevos profetas de la “acción del Espíritu en la historia”, cuya voz se escucha en Israel desde el siglo VIII al V a.C. constituyen un fenómeno nuevo y único en la historia de la humanidad. Antes (y en otros lugares) había videntes carismáticos y chamanes, adivinos y echadores de suertes, astrólogos, hechiceros y vaticinadores, como sabe Dt 18, 9-22. En Israel y sólo en Israel ha surgido una serie impresionante de profetas del más hondo Espíritu de Dios, que es trascendente, por encima de todas las posibilidades humanas. Ese Dios nos desborda pero, al mismo tiempo, dialoga en intimidad con los hombres y mujeres que le invocan y escuchan su palabra, ofreciéndoles una más honda visión de su historia.
Esta nueva visión de la profecía de Israel no tiene par en la cultura de la humanidad, aunque puede compararse, en otro plano con los sabios de China, los místicos de la India y los filósofos de Grecia, en una línea que ha sido evocada por K. Jaspers en su estudio sobre el tiempo-eje (siglos VIII-V a. C.). He estudiado el tema en otro contexto, aquí sólo quiero ofrecer una breve comparación con el surgimiento de la gran filosofía griega :

‒ Los filósofos de Grecia han querido trascender la experiencia extática del pneuma apelando a la claridad racional del logos (es decir, de la mente o nous humana). Así han ido más allá de la sacralidad cósmica y de la magia, situando al ser humano ante la verdad de su propio despliegue intelectual, dentro de un mundo que tiene sentido y debe ser ordenado de un modo racional, en una línea que culmina en la filosofía y después en el pensamiento científico moderno.

‒ Los profetas de Israel han superado la experiencia extática a través del diálogo personal con Dios, en clave de palabra (es decir, de alianza), insistiendo en la importancia de la fidelidad ética, tal como se expresa en la historia de Israel y del conjunto de los pueblos, en línea de justicia. De esa forma han podido iniciar una nueva visión de la historia, abriendo una línea nueva de humanidad, que se funda en la confesión de la trascendencia de Dios y en la certeza de que él revela a los hombres su palabra .

Estas dos han sido y siguen siendo, de algún modo, las experiencias fundamentales de la historia de occidente: El descubrimiento y cultivo de la racionalidad del pensamiento/ciencia y de la vida social (Grecia) y la experiencia de de la trascendencia de Dios, con la posibilidad de establecer con él un diálogo de alianza, en línea de fidelidad ética y de apertura mesiánica hacia un futuro de reconciliación humana, en clave de historia (Israel). Estas perspectivas no se contradicen; pero son distintas y deben entenderse como tales para que puedan fecundarse mutuamente.

En una línea que en algún sentido es paralela a la de Grecia, la gran profecía de Israel ha superado una experiencia extática de guerra y una visión carismática de Dios (en la línea del éxtasis sagrado). Dios no se revela en los guerreros, ni se manifiesta en el entusiasmo de los nebiim que actúan y hablan en trance. En gesto de fidelidad impresionante, siguiendo su nueva concepción del diálogo con Dios, esos profetas (Oseas, Isaías, Miqueas...) han venido a presentarse como defensores de una no violencia activa, en plano de fidelidad creyente y, al mismo tiempo, como promotores del diálogo personal con Dios a través de una palabra que tiene un hondo contenido ético (como indica el primer gran profeta “escritor”, que es Amós, en el siglo VIII a.C.).Estos nuevos profetas ya no ven a Dios en la guerra ni en el éxtasis mental, sino más bien en la escucha de una palabra y en el compromiso personal de vida .

Humanamente hablando, la propuesta de estos nuevos profetas (desde Oseas al Segundo Isaías, desde Amós a Zacarías, pasando por Isaías, Jeremías y Ezequiel, cf. cap. 3) parece humanamente inviable y carece de sentido, pues son muchos los que dicen que a la guerra sólo puede responderse con la guerra (conforme al principio del talión) y a Dios se le conoce únicamente a través de fenómenos extáticos. Pues bien, superando ese nivel, en un momento determinado (siguiendo en la línea de sus grandes profetas), Israel ha renunciado a la defensa armada (al Espíritu que alienta en los guerreros) y al cultivo de una religión extática, centrada en los sacrificios animales y en la experiencia del éxtasis mental.
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